ADENTRARSE EN EL LABERINTO
Buena gana de calentarse la cabeza, de complicarse, de meterse en camisas de once varas. Bastantes complicaciones ya tenemos, como para que con motivo de la Cuaresma además se nos invite a dejar las comodidades en las que nos hemos instalado, para internarnos en otro lío del que no sabemos si nos llevará a algún sitio, y ni siquiera si esa supuesta salida es adonde queríamos llegar. Lo habitual suele ser quedarnos en la trinchera, tal y como estamos e ir campeando el temporal según vaya viniendo; es decir limitarnos a una pasividad temerosa. ¿Pero acaso la vida es sólo eso o en algún momento habrá que atreverse a algo por lo demás necesario? Sea como sea, hay un poderoso impedimento que nos tiene paralizados a la mayor parte de los mortales, y por ello terminamos conformándonos con unos mínimos vitales que no nos satisfacen. Somos más, aspiramos a más, pero nos quedamos en mucho menos.
Ahora bien, el camino cuaresmal, si es que estamos dispuestos a afrontarlo, nos va a llevar a un atolladero, a todo un laberinto existencial del que no sabemos a ciencia cierta si sabremos resolverlo. ¡Ay de aquellos que nunca jamás se atrevan a cruzar por ese laberinto o desierto que portamos dentro de nosotros! ¿Cómo plantearnos nuestra propia identidad sin buscar en nuestro propio interior laberíntico? Puede que eso que creemos ser, y que nos suele venir dado desde parámetros externos a nosotros, no sea más que un disfraz coercitivo que nos impide mostrar nuestro verdadero rostro. Habrá que escapar de identidades incompletas o incluso faltas que hemos ido asumiendo.
Al menos en Cuaresma toca tratar de ponerse en verdad ante nosotros y ante Dios, sin engaños, sin tapujos y sin excusas. Y ello requiere ponerse en marcha, atreverse, adentrarse en ese exilio voluntario de inadaptación y comenzar a lanzarse preguntas de largo alcance. De igual manera que un árbol no puede llegar a alcanzar todo su desarrollo si no crece hacia adentro en la tierra, en lo secreto, y allí encontrar el fundamente en que sostenerse, cada uno de nosotros no podrá desarrollar su potencial si a la vez no indaga en lo profundo y echa raíces potentes que le permitan sostenerse con firmeza. Claro que les va a costar trabajo a las raíces abrirse paso en la oscuridad de la tierra, pero es esa la manera de poder afianzarse para después extender tronco y ramas con poderío y gracia.
Abrán, que presta atención a la voz de Dios por encima de otras voces y ruidos, emprende su viaje dejando atrás aquello que era y poseía buscando lo que no sabía, lo que en verdad debía ser. Tras esa partida y el recorrido en post de lo intuido ya será Abrahán. En este tiempo de Cuaresma también hemos de aventurarnos nosotros en esa búsqueda que nos conduzca a la proximidad con lo que Dios nos tiene preparado. Si no acudimos al encuentro con el Dios más íntimo a nosotros que nosotros mismos, no aprovecharemos ese itinerario que se nos ofrece. El laberinto primero te llevará adentro, al secreto, y de allí saldrás transformado, con una certeza que brotará de la experiencia, y habrás echado raíces que te nutrirán y sostendrán.
Durante ese viaje interior no vas a estar solo sino guiado por Aquel que te llama. Él te aguarda y te acompaña, Él cuida de ti y te sostiene, Él es la brújula que te orienta para cruzar el desierto o el laberinto sin posibilidad de extraviarte. Amárrate bien al timón que te mantendrá en el rumbo correcto. Cuentas con la fuerza de su misericordia y los vientos son favorables. Sal de tu tierra, emprende tu viaje.
Si sigues, y Él te lo permite, podrás también ascender con Cristo al monte Tabor. Vas a participar en algo insólito. Allí, en lo secreto, te va a ser mostrado lo que permanece y permanecerá oculto: la verdadera naturaleza de Jesús, enteramente hombre y Dios, ese, el Hijo amado en el que se complace el Padre y que hemos de escucharlo para tener verdadera Vida y verdaderas raíces. Es el monte de la transfiguración, el que asciende allí, como si se hubiera sumergido de lleno en el misterio de Dios, bajará del monte también transfigurado. Ya no serás el mismo que subiste, tal y como el que ha sido capaz de encontrar la salida del laberinto, en sí llevará también la zarza ardiendo, esa llama que abrasa pero no se consume; esa que otorga Dios a los que aprenden a transfigurarse en la llama del amor.
Si superamos comodidades, reparos, perezas, miedos y bloqueos y nos atreveremos a adentrarnos en el laberinto, aunque haya pruebas y soledad, también habrá hallazgo y verdad. Si activamos nuestra libertad personal fundamental, la que tiene sed de Dios, aprovecharemos esta Cuaresma también para transformarnos con Él. Vamos hacia Jerusalén con Jesús. Ha de ser un camino de desprendimiento y liberación, una purificación. Vamos a la entrega del Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Podemos ascender con Él, podemos ser sus seguidores, o por contra quedarnos al margen, como si lo que aconteció, acontece y acontecerá no fuera con nosotros.
Es necesario superar lo que todavía no se es, atravesar la oscuridad del sinsentido, para descubrir a Aquél que se nos transfigura, el que es luz del mundo y puede ser la luz en la que reconocer el rostro del Dios humanado, del rostro del hermano y de también de tu propio rostro humano. A su luz, a la luz posible por la oración. Caminemos, pues, hacia la claridad, aunque sea incierto aún el camino.



