sábado, 26 de febrero de 2022

¿Dónde está el enemigo?


¿Dónde está el enemigo?



Nos dice el libro del Eclesiástico (Eclo 27, 4-7) que al final sale a relucir nuestra verdad en todo lo que decimos y en todo lo que hacemos. La vida, pues, nos enseña, pero también nos pone a prueba, y va saliendo a la luz la realidad de nuestro ser: nuestros aciertos, nuestras apuestas, nuestros amores, así como nuestros vicios y errores. Y por mucha careta y mentira en que tratemos de ocultarnos, siempre termina por descubrirse la grandeza y la miseria de lo que uno es o ha ido decidiendo ser. En esa misma línea, en el Evangelio de este domingo octavo de tiempo ordinario, Jesús nos dice que "al árbol se le conoce por sus frutos". 


Nos podemos imaginar que todo aquel que ha sido educado para ser agente de la KGB, o de la CIA, o de cualquier otra institución que actúa en lo encubierto, en la que el fin justifica los medios, habrá aprendido necesariamente a distorsionar el modo de entender la realidad y de concebir al otro, al semejante. No es de extrañar que los que perciben al otro como enemigo, precisan una cura urgente, o de lo contrario arrastran a cuantos puedan a la destrucción.


En estos momentos parece que volvemos a revivir la ominosa y lamentable situación de Europa atacada por los artífices del ver al otro como un enemigo a combatir y a toda costa terminar por imponer al otro la propia voluntad. Les parece bien -y hasta meritorio- volver a regar de sangre Europa, del mismo modo que siguen ensangrentando el resto del mundo con tal de engreírse como seres poderosísimos. Su maldad y su crueldad es asombrosa, pero no hace mella en su pútrida conciencia.


¿Dónde está el enemigo a combatir para estos depredadores de la libertad? Pues sí, digámoslo alto y claro: está en ellos mismos. Su proceso de maduración como persona ha sido tan deficitario que se han convertido en seres incapaces de amar y de amarse, de aceptar y aceptarse, de tolerar y tolerarse, de perdonar y perdonarse. ¿En qué se han convertido? ¿De dónde les surge tanto odio? ¿Adónde les lleva tanto odio? 


Por ahí deberían buscar la única victoria laudable y benéfica para todos. Traten de poner paz en su corazón. Dejen de ver a nadie como su enemigo, sino confíen y establezcan lazos desinteresados de benevolencia con los demás. Encuéntrense ya de una vez con el bien y la bondad que todos custodiamos en nuestros corazones. Déjense convertir a la misericordia del Dios misericordioso, hacedor de la vida y la libertad, y déjenos a todos vivir en paz. Sean ya de una vez humanos y no cainitas y fratricidas. Den una oportunidad a la paz.


¿Dónde está la batalla?


Sí, hay que dar la batalla, pero ni con sables ni cañones, ni tanques ni ametralladoras, ni con misiles y bombarderos. La única batalla que aún no se han atrevido a dar es la gran batalla que les espera dentro a todos los que no han logrado ver más que enemigos fuera. La batalla pendiente es la que no se han atrevido a protagonizar. Allí no pueden mandar a otros para que combatan y mueran por sus mezquinos intereses. Allí han de combatir ustedes a pecho descubierto contra sí mismos.


Atrévanse a derrotar a la maldad que acampa a sus anchas en su alma. Mírense a la cara con detenimiento. Enfréntense a su único enemigo, pues les está destruyendo por dentro. Y una vez pacificados -si es que se vencen-, vengan a propagarnos el bien a los cuatro vientos. Mientras tanto, lo mejor que pueden hacer es dejarnos a todos en paz.


Señores de la guerra -hipócritas, en el lenguaje evangélico-, hagan el favor de sacarse primero la viga de sus ojos y entonces verás claro… para apostar por la vida de los ucranianos y de todo hombre de buena voluntad.






domingo, 20 de febrero de 2022

COMO DOS GOTAS DE AGUA

 COMO DOS GOTAS DE AGUA



Quien ha subido alguna vez a la montaña, y ha recorrido cumbres, laderas, bosques y valles, se habrá tenido que encontrar necesariamente con arroyos, fuentes y pequeñas cascadas en las que corre el agua con una claridad y una frescura insólitas. Parece que esa agua nos remitiera por su pureza al mismo paraíso terrenal, a ese orden originario descrito al comienzo del Génesis, tan remoto hoy en el tiempo y en el espacio para nosotros, los urbanitas del siglo XXI. ¡Qué remanso de paz! ¡Qué sereno ambiente natural! Uno quisiera contagiarse de esa idílico sosiego. ¿Es posible?

Los antiguos no entendían la creación artística exactamente igual a como nosotros la entendemos hoy. Para ellos era fundamental que toda creación artística fuera armónica y proporcionada, pero, además, que fuese mimética, es decir que copiara, no solo lo real, sino también otras grandes obras artísticas precedentes, que a su vez se basaban en las ideas platónicas, que eran los cánones a imitar. Y si no cumplía con esa mímesis, no podía ser considerada con propiedad arte.

Así ese agua transparente del que hablamos no solo se adapta a la orografía del terreno por el que va transcurriendo, sino puede también reflejar aquellos paisajes en su superficie, si esta se encuentra tranquila, convirtiéndose así en un espejo natural. De forma parecida, quizás, nosotros podríamos llegar a copiar esa belleza pacificada que vemos en el entorno dentro de nosotros.

Pero hoy deberíamos acercarnos a otra fuente, a otras aguas aún más prístinas, las preciosas palabras de Jesucristo en el evangelio de este domingo séptimo de tiempo ordinario (Lc 6, 27-38): "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará..."

Qué locura si llegáramos a imitar el modo de amar de Dios Padre, ese mismo que Jesucristo realizó completamente con su vida. Todo lo perdonó, todo lo dio, todo por entero hasta el escándalo, pues fue capaz de amar incluso a los que le tenían a Él por un enemigo. Él devolvía bien por mal, bendiciendo a los que le maldecían, amando sin medida a todos.

Imitemos pues a los mejores modelos para alcanzar la mejor versión posible de nosotros; y el mejor modelo es Cristo, el que nos muestra y nos explica cómo hemos de amar, y seamos parecidos a Él, como dos gotitas de agua, que reflejan prodigiosamente en pequeño aquello inmenso que les ilumina. Imitemos su modo de actuar y nuestra vida será arte auténtica y valiosísima.


 

sábado, 12 de febrero de 2022

Otro mundo

 OTRO MUNDO



Tal vez uno de los grandes males de este mundo nuestro -que acumula muchos e inmensos-, sea el de la indiferencia generalizada. Aquí a veces parece que cada uno va a lo suyo exclusivamente. Y así nos va. Hace apenas unas semanas se nos muere congelado de frío y soledad un hombre caído en una calle céntrica de París, sin que ningún transeúnte se pare a preguntar, a tratar de ayudar o al menos dar aviso a algún teléfono de emergencias. Desolador, pero cierto.

Si no movemos un dedo por ayudar a un anciano que está a nuestro lado, seguramente tampoco vamos a movilizarnos por auxiliar a otros que ni siquiera vemos.

No ayuda mucho enterarnos que, días después, mueren congelados dos bebés en un campo de refugiados de Siria. Esta es la bofetada que nos propina este mundo, pero nosotros seguimos a lo nuestro, a nuestros problemas, a nuestros agobios, a nuestra actividad frenética, a este vivir sin parar y sin saber bien ni por qué ni para qué. Hartos de hartura y de distracciones múltiples para que no tomemos conciencia del mundo inmundo en el que estamos metidos. 

Al parecer debemos estar enfermando de indiferencia. ¿No nos estaremos deshumanizando? ¿Y hay algún modo de frenar esto? ¿Es posible otro mundo? ¿Podemos empezar a gestar otro modo de habitar este mundo para transformarlo en otro bien distinto?

Sí, claro que sí. Para empezar no quedándose cómodamente sin hacer nada de nada para que la pandemia de indiferencia deshumanizadora se siga extendiendo. Después que te duele el dolor de los otros, pues será que aún conservas un corazón que siente y se conmueve. Y Después, junto a otros ponerse a aportar soluciones.

Este domingo celebramos la campaña contra el hambre. Ayudemos, colaboremos, hagamos posible ese otro mundo que Jesús reclama hoy con fuerza en el Evangelio de las bienaventuranzas. Tengamos hambre de justicia. Miremos al ser humano como Él nos enseña a mira: posibilitando, dignificando, amando, poniendo remedio a toda necesidad. Construyamos juntos ese Reino de Dios, y este mundo será otro. ¿Puede haber un empeño más hermoso y urgente?

Sí, claro que sí es posible. Podemos hacerlo posible si vencemos nuestra indiferencia y actuamos más desde el corazón luchando por un mundo más humano y fraterno.

¿VAMOS A UNIR NUESTRAS MANOS POR LA MEJOR VERSIÓN DEL MUNDO?

  

domingo, 6 de febrero de 2022

Mar adentro

 MAR ADENTRO


Siempre más allá, siempre la propuesta de Dios nos invita a no quedarnos en lo conocido, en lo seguro, más bien al contrario, a romper con lo establecido, con las inercias adheridas, con lo habitual y cómodo.

Hoy se habla mucho de innovación, ya que en un mundo cambiante por la aparición de las nuevas tecnologías, hay que adaptarse a esas nuevas oportunidades que se nos ofrecen para seguir estando al día. Y es bueno que no nos quedemos desfasados en los métodos que empleamos para realizar nuestros objetivos. Sin embargo, el encuentro con Jesús lanza a un replanteamiento más radical, a dar un giro copernicano a nuestras vidas, porque ese encuentro con el Resucitado lo pone todo patas arriba. Hay un antes y un después, si quieres. Supone un reinicio completo y a empezar de nuevo. No según tus propias expectativas y conjeturas, sino según el plan de Dios, que es siempre más arriesgado.

En el Evangelio de San Lucas de este domingo V de Tiempo Ordinario se nos dice hoy:

"Subiendo a una de las barcas, la de Simón, le pidió que se apartase un poco de tierra. Se sentó y se puso a enseñar a la multitud desde la barca. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: —Boga lago adentro y echa las redes para pescar. Le replicó Simón: —Maestro, hemos bregado toda la noche y no hemos sacado nada; pero, ya que lo dices, echaré las redes. Lo hicieron y capturaron tal cantidad de peces que reventaban las redes."

¿Cómo vamos a arriesgar en los tiempos tan inciertos que estamos pasando? ¿Es que hemos perdido la cabeza? ¿No habrá por el contrario que aferrarse a lo seguro y conocido?

Pues para nada, justamente eso: perdamos no solo la cabeza, sino también enteramente el corazón. Démosle una oportunidad a la propuesta aparentemente insensata de Jesús e internémonos en ese inmenso mar del del amor de Dios. Quedemos a la merced del oleaje de su espíritu y seremos llevados a los bancos de peces que el quiera, no a los que nosotros con nuestros cálculos habríamos pensado. Solo así alcanzarás tu mejor versión y la pesca será sobreabundante, impensada, extraordinaria, porque nos hemos dejado llevar por Él, que nos habrá convertido en pescadores de hombres o en lo que sea su voluntad.

No cambiemos solo las formas y maneras -aunque sea muy necesario-, cambiemos también los fines y las metas. Porque aspiramos a realizar en sueño muy grande que nos excede con creces, pero para el que podemos faenar ayudados por la gracia de Dios que transforma a simples pescadores en apóstoles, a perseguidores en perseguidos, y a pecadores en santos.

¿Te atreverías?

Para ser discípulo hay que saber dejar a tiempo -ahora- las redes en que nos dejamos atrapar por nosotros mismos, y lanzarse a la aventura más hermosa jamás soñada: el Reino de Dios. Por mapa llevas el Evangelio, por vela el corazón en el que sopla el viento del Espíritu. Tu singladura merece muchísimo la pena. Rema mar adentro y verás.

SUELTA LAS RIENDAS Y REMA MÁS ADENTRO

domingo, 30 de enero de 2022

A POR LO MÁS VALIOSO

 

A POR LO MÁS VALIOSO



En la primera carta de San Pablo a la comunidad de los Corintios, que se ha leído este domingo IV de Tiempo Ordinario, nos encontramos con párrafos admirables. En uno de ellos se nos dice que deberíamos "Aspirad a los carismas más valiosos. Y ahora os indicaré un camino mucho mejor. Aunque hable todas las lenguas humanas y angélicas, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo estruendoso. [Aunque posea el don de profecía y conozca los misterios todos y la ciencia entera, aunque tenga una fe como para mover montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque reparta todos mis bienes y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve."

Es una verdad de Perogrullo que si pretendemos ser la mejor versión posible, habremos de seguir el consejo de San Pablo y aspirar a los carismas más valiosos. Sin embargo ¿qué es lo más valioso? ¿Podría ser que lo que es muy valioso para mí no lo sea para ti en modo alguno? ¿Dependería en último caso de los valores con los que cada uno decide vivir su vida o lo más valioso lo es para todos los seres humanos independientemente de sus circunstancias?

Para respondernos a esta pregunta, tal vez demasiado complicada, te invito a que rebobines tu historia, a que vuelvas a pasar por la memoria del corazón tu biografía: ¿cuál o cuales han sido los momentos más felices de tu vida? ¿Cuales los menos felices? Puedes tomarte todo el tiempo que precises e interrumpir aquí la lectura de esta entrada, porque vale la pena sondearse a uno mismo con alguna que otra frecuencia.

Pudiera equivocarme, pero muy posiblemente tus momentos esterares habrán sido -y ten por seguro que lo serán-  aquellos en los que te sentiste verdaderamente querido y pudiste querer a lo grande. Sí, es el amor lo que nos colma y da plenitud a todos los hombres, por encima de credos, nacionalidades, gustos y colores. Por ello, San Pablo está muy acertado en su exposición y lo que les escribía a los corintios tiene completa validez también para todos nosotros hoy: aspiremos a los carismas más valiosos, no escojamos lo meramente vistoso.

Y solo el Amor puede posibilitar la mejor de las versiones de cada persona: ama y sé amado, todo lo demás es secundario. Prioriza el amor en tu día a día, en tus relaciones, en tus opciones, y no te quedes en otras ambiciones menos nobles, aunque estén muy consideradas socialmente y cotizadas en las redes sociales. No busques esencialmente los honores, la grandiosidad, el lujo, la opulencia, el poder, el reconocimiento o la vanagloria; busca mejor amar siempre, y solo así encontrarás el tesoro escondido.

El Dios Amor, que Jesús ha encarnado, ya supo vivir así, y nos por ello nos capacita con su amor, con su palabra y con gracia, para que nosotros también podamos vivir como Él, con ese inmenso corazón generoso. Ese es el mayor de los carismas a los que podemos aspirar. Esa es la mejor de las versiones posibles.

¿CUÁNTO ERES CAPAZ DE AMAR?

sábado, 22 de enero de 2022

A vueltas con la paz

A VUELTAS CON LA PAZ



Dicen que las palabras se las lleva el viento, y así es en gran medida, pero no siempre. Puede que haya palabras y palabras. Me explico: son las mismas, esas que estoy empleando en este momento o esas que la Real Academia Española estudia, clasifica, limpia, fija y da esplendor. Pues parece que del todo no se las lleva ninguno de los vientos que soplen, vengan de dónde vengan.

Tampoco se ha llevado las palabras que dijo el que es la Palabra, esto es, Jesucristo, porque la Iglesia a través de la historia, del devenir no siempre proclive a valorar y mantener lo valioso, ha sabido custodiar y proclamar a los cuatro vientos.

También en los anaqueles de la bibliotecas descansan innumerables tesoros de palabras escritas a la espera de su lector. Y mientras aguardan no pierden ni un ápice de su belleza, de su intensidad, de su grandiosa propuesta.

Por tanto, tal vez ocurra que lo que difiere entre esas palabras volátiles, que se lleva el viento sin más ni más, y esas otras que permanecen tan vivas, sea lo qué dicen y el cómo lo dicen.

Hoy vamos a darle la oportunidad a las palabras escritas con el corazón por un hombre admirable, sencillas, pero audaces, porque merecen la pena volver a escucharse y aprender de ellas una vez más.

LA PAZ NUESTRA DE CADA DÍA por José Luis Martín Descalzo

Mi amigo Pepe Cóleras es un antimilitarista furibundo. Vive, desde hace algunos años, obsesionado por el tema de la guerra. Se sabe de memoria el número de cabezas atómicas que tiene cada uno de los posibles contendientes, la instalación de los misiles, la capacidad de sus portaaviones y bombarderos, la cifra de posibles megatones que podrían hacer estallar.

Pero Pepe no se contenta con conocer las cosas: las pone en acción. No hay manifestación antibelicista o ecologista en la que no tome parte. Es experto en pancartas, en slogans, en canciones pacifistas. No fue objetor de conciencia porque descubrió el antimilitarismo cuando ya quedaba lejos el servicio militar, aunque aún sueña a veces con los años de cárcel que hubiera podido pasar en caso de haber sido tan gloriosamente objetor.

Para compensar este retraso, Pepe Cóleras se ha encadenado ya cuatro veces a la puerta de otros tantos cuarteles y ha participado ya en varias marchas contra centrales nucleares, y nada menos que en cuarenta y dos -contadas las lleva- manifestaciones contra la OTAN. Aún enseña con orgullo la cicatriz («la condecoración», según él) que una pelota de goma le dejó en el pómulo y la oreja derechos.

Lo extraño es que todo este pacifismo se le olvida a Pepe en su vida cotidiana, que parece más inscrita bajo el signo de su apellido que de sus planteamientos antibélicos. Porque Pepe es discutidor y encizañador en la oficina, intolerante con su mujer, duro con sus hijos, despectivo hacia su suegra, áspero con su portero y sus vecinos. Y toda la paz que sueña para el mundo se olvida de cultivarla en su casa.

Escribo esta pequeña parábola no para devaluar la acción pública contra la guerra (en un mundo tan loco como éste en que vivimos, todo servicio a la paz merece elogios), sino para recordar que, al fin, la gran paz del mundo sólo se construirá con la suma de muchos millones de pequeñas porciones de paz en la vida de cada uno.

Yo tengo la impresión de que muchos de nuestros contemporáneos viven angustiados ante la idea de que un día un militar o un político idiota apretarán un botoncito que hará saltar el mundo en pedazos, y no se dan cuenta de que hay en el mundo no uno, sino tres mil millones de idiotas que cada día apretamos el botoncito de nuestro egoísmo, mil veces más peligroso que todas las bombas atómicas. Y a mí me preocupa, claro, la gran guerra posible; pero más me preocupa que, mientras tememos esa gran guerra, no veamos siquiera esas mil pequeñas guerras de nervios y tensión en las que vivimos permanentemente sumergidos.

¡Qué pocas almas pacíficas y pacificadoras se encuentra uno en la vida cotidiana! Hablas con la gente, y a la segunda de cambio te sacan sus rencorcillos, sus miedos; te muestran su alma construida, si no de espadas, sí, al menos, de alfileres. ¡Qué gusto, en cambio, cuando te topas con ese tipo de personas que irradian serenidad; que conocen, sí, los males del mundo, pero no viven obsesionados por ellos; que respiran ganas de vivir y de construir!

Hace años se publicó una novela que se titulaba La paz empieza nunca. A mí me gustaría escribir algo que se llamase «la paz empieza dentro». Porque me parece que creer que una posible futura guerra depende, ante todo, de los nervios o de la dureza de los que gobiernan hoy, como se echa la culpa de las pasadas a Hitler o Stalin, es una simple coartada: la fabricación de chivos expiatorios para librarnos nosotros de nuestras responsabilidades. El mundo tiene líderes violentos cuando es el propio mundo violento. Si el mundo fuese pacífico, los líderes violentos estarían en sus casas mordiéndose las uñas. La guerra no está en los cañones, sino en las almas de los que sueñan en dispararlos. Y los disparan.

Me gusta, por eso, que el Diccionario cuando define la palabra «paz» ponga como primera acepción la interior y la defina como la «virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos a la turbación y a las pasiones».

Con esta definición ciertamente el mundo está ya en guerra. Porque ¿quién conoce hoy ese don milagroso de un alma tranquila sosegada? ¿Quién no vive turbado y con todas las pasiones despiertas? Nunca floreció tanto la angustia; nunca abundó tanto la polémica; nunca fueron tan anchos los reinos de la cólera y la ira. Basta abrir un periódico para comprobarlo.

Y, como es lógico, no estoy hablando de la falsa paz de los cementerios, de la que ya hablara hace un montón de siglos Horacio, el poeta latino. «Hacen un desierto y llámanlo paz.» Hablo, por el contrario, de la paz como florecimiento de la vida, según aquello de Gracián que recordaba que «hombre de gran paz, hombre de mucha vida». 0, si se prefiere, según la mejor definición que de la paz conozco, la que diera Santo Tomás al presentarla como «la tranquilidad activa del orden en libertad». Hoy, es sabido, oscilamos entre el orden sin libertad y la libertad sin orden, con lo que nos quedamos sin tranquilidad y sin acción.

Habría que empezar, me parece, por curar las almas. Por descubrir que nadie puede traernos la paz sino nosotros mismos. Y que cuando se dice que hay que preparar la guerra para conseguir la paz, eso sólo es verdadero si se refiere a la guerra interior contra nuestros propios desmelenamientos interiores.

Las únicas armas verdaderas contra la guerra son la sonrisa y el perdón, que juntos producen la ternura. De ahí que alguien que quiere a su mujer y a sus hijos sea mucho más antibelicista que quienes acuden a manifestaciones. De ahí que un buen compañero de oficina que siempre tiene a punto un buen chiste sea más útil para el mundo que quienes escriben pancartas. O que quien sabe escuchar a un viejo y acompañar a un solitario sea mil veces más pacificador que quien protesta contra la carrera de armamentos. Porque el armamento que más abunda en este siglo xx es el vinagre de las almas, que mata a diario sin declaraciones de guerras.

No puedo ahora recordar sin emoción a uno de los más grandes pacificadores de este siglo, el querido Papa Juan XXIII. Hizo mucho, ciertamente, con su Pacem in terris, pero esta encíclica ¿qué otra cosa fue sino el desarrollo ideológico de lo que antes nos había explicado con su sonrisa? Con mil hombres serenos, sonrientes, abiertos, confiados y humanamente cristianos como él, el mundo estaría salvado. Pero no se salvará con pancartas y manifestaciones.

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domingo, 16 de enero de 2022

Con alegría plena

 CON ALEGRÍA PLENA

El evangelio de hoy, segundo domingo de tiempo ordinario, nos presenta el primer signo de Jesús con el que Él, obligado por las circunstancias y solicitado por su madre, interviene como Dios en ayuda de nosotros los hombres. Es sobradamente conocido el pasaje narrado por San Juan de las Bodas de Caná, en donde ante la escasez de vino, y a instancias de María, siempre providente, transforma seis grandes tinajas de agua en el mejor de los vinos para que pueda seguir la celebración.

Es verdad que nosotros también andamos escasos de alegría, dado lo que hemos venido pasando en estos últimos tiempos de incertidumbre, contagios, confinamientos, tristezas, etc. Tanto es así que precisaríamos también una intervención de Jesucristo para recuperar esa ilusión para vivir sin tantos miedos ni tantas medidas de prevención y alejamiento de los demás. Y es que entre unas cosas y otras, se nos ha aguado por completo la fiesta de la vida, que es encuentro espontáneo y confiado entre unos y otros.

Unos queremos ver ya próximo el momento de poder recuperar nuestro acostumbrado modo de vivir y relacionarnos con todos desde el cariño y la amistad, sin mantener esa horrible distancia de separación, sin tapar por más tiempo nuestras sonrisas cómplices y recuperando la necesaria cercanía y el afecto.

Y nosotros a la luz de este evangelio ¿hemos de hacer algo? ¿No nos lanza una propuesta?

Pues sí, lo primero, dejar de quejarnos y compadecernos de nosotros mismos. Después, confiar en María, madre solícita que conoce bien lo que nos pasa, y que nos propone el remedio: que hagamos lo que Él, su Hijo, nos diga; y finalmente escucharle, y cumplir aquello que el Cristo nos indica. Eso es todo.

Es muy fácil, verás: solo con vaciar tus vasijas de egos, miedos y apegos y llenarlas de agua clara, libre y limpia. Entonces Él transformará nuestras aguas y realidades cotidianas en el mejor de los vinos posibles, en la mejor de las versiones que seamos capaces, tan solo porque nos hemos dejado liberar y amar por Él, el amor divino hecho hombre, o si quieres, el hombre hecho amor divino. Su presencia en nosotros y en medio de nosotros ya transforma el agua en vino, lo cotidiano en extraordinario.

Sí, es posible, si te dejas, si te entregas, Él te va a ir transformando en el vino de la vida, de su Vida, en el vino de la alegría, en el vino del amor, y podrás lograr también que la vida de los que aún están tristes sea una fiesta.

CON CRISTO NUNCA SE AGOTA EL VINO QUE DA LA ALEGRÍA PLENA