sábado, 25 de abril de 2026

Remontar la corriente

REMONTAR LA CORRIENTE


Por inercia nos vamos dejando llevar por la costumbre, o por las numerosas influencias de que somos blanco fácil. Aunque podemos hacer las cosas de otra manera, o incluso hacer otras nuevas, al final terminamos repitiendo las mismas, lo esperado, reproduciendo sencillamente lo que vemos en otros. Se suele decir que somos hijos de nuestro tiempo, y efectivamente es así, asumimos las tendencias, gustos y modas del momento, sin ni siquiera pararnos un momento a pensar si es o no lo mejor.
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Se podría decir también, que para estar a la altura del presente, nos mimetizamos los unos con los otros para no sentirnos del todo bichos raros, pero es que además los medios de comunicación, las series, las redes sociales y la publicidad poseen una enorme influencia para indicarnos cómo hablar, cómo vestir, cómo pensar, qué valores tener y demás, y es que son los grandes uniformadores. Se equivoca tal vez el que se crea que el el colegio el que influye de manera definitiva en los valores que va a asumir una persona. sobre todo es el ambiente, la cultura vigente a la que nos vamos adaptando. Por ejemplo, hoy en día, al menos en Europa, cuando se viaja al centro de una ciudad, se encuentra uno los mismos establecimientos, las mismas marcas, la misma comida rápida, como si uno no se hubiese movido del lugar de origen. Debe ser por aquello de la tan cacareada globalización. Cada vez todo menos singular y más uniformado.

En cuanto a las ideas, parece que por doquier abundan los populismos, es decir, que triunfa con asombrosa facilidad la manipulación ideológica, puesto que mayoritariamente tenemos más interés por consumir que por pensar con criterio. Aunque, por supuesto, sí hay personas que, aún perteneciendo también a una época y lugar determinados, son capaces de vivir según su propia singularidad desde la coherencia. Si te fijas un poquito, aunque puedan parecer clones, hay algo que les distingue, ni imitan ni se afanan en distinguirse, tan sólo aciertan a ser ellos mismos. Porque el ahora, con toda su riqueza, puede funcionar con un determinismo que nos termina anulando, o justamente al revés, para posibilitar el despliegue de aquello que verdaderamente se es. Donde muchos se encierran libremente, otros andan sueltos.

Algo tendrán los clásicos, cuando ni llegan a ser superventas ni jamás quedan desfasados. Tal vez porque no fueron escritos para venderse a las tendencias ni buscaron adaptarse tanto a estas que lograran meramente un éxito pasajero, sin tampoco ser un completo unos textos inadaptados a su tiempo que se anularan su significado contextualizado. Los salmones, por ejemplo, saben nadar a favor de la corriente cuando es necesario, pero también remontan por la encrespada corriente de los ríos para regresar al lugar en que nacieron y poder allí reproducirse. Como animales remontan sin saber qué ni por qué realizan ese viaje de retorno, aunque para ello hayan de superar la fuerza de una corriente enormemente impetuosa. Ojalá los humanos fuéramos capaces de enfrentarnos también a las corrientes poderosamente moldeadoras, que a menudo soportamos, para conseguir alcanzar la verdad que escapa de las apariencias vigentes de la temporada. ¿Pero quién tendrá esa fuerza de voluntad y esas convicciones para superar las aguas torrenciales del pensamiento único?

El cristiano, el que reconoce vivo a Jesús en el presente, ya se sitúa entre aquellos que, frente a la corriente arrolladora del mundanal ruido, logra ir justamente en sentido contrario. No se deja llevar por los valores dominantes, sino que trata de remontar en esa búsqueda de la autenticidad que da el Espíritu. Si se vive en modo pascual, ya se ha empezado a no ser meramente pasto de la muerte anuladora, pues la semilla de la vida eterna, don del amor de Jesucristo resucitado, ha empezado a arraigar en este tiempo. Cristo ha muero y ha resucitado para que nosotros ya seamos germen de esa vida en Cristo. Seguimos en el mundo, pero el mundo no nos posee ni nos domina, puesto que reconocemos en nuestras vidas la voz del Pastor que da la Vida y que nos da de su Vida.

Creer ha de ser vivir, escapar del sometimiento a los falsos pastores que anuncian lo que no pueden dar, para saber gozar de una libertad comprometida al servicio de los hombres y de la construcción del bien común. Creer ha de ser vivir de forma sanada, con valentía y con sentido, sin reducirse a quedar recluido en uno mismo. De ahí que una conversión profunda, radical y continuada sea necesario. Hay que pasar por la puerta del corazón de Cristo Salvador, Buen Pastor. Tenemos en él la puerta abierta para entra por ella y obtener la libertad verdadera, superando ese condicionamiento impuesto por los cánones de lo comúnmente asumido.

Si quieres ser tú, no te confundas de puerta, pues algunas son sólo puertas de escape en falso, otras más bien de huida. Escucha su voz, su palabra, y fíate, pues es la voz que reconoces más íntima a ti mismo que la tuya propia, es la voz que te va a guiar hacia las fuentes tranquilas y los verdes prados, a aquella luz irrenunciable que portas. Ciertamente has de lograr zafarte de las imposiciones, de los moldes, y remontar, escapar de una instalación comodona y resignada de tu refugio, para arremangarte y ponerte a trabajar por un mundo según la voluntad de Dios. Es un proceso, pero Él viene en tu rescate y te va a ayudar a encontrarte. No pongas reservas.

sábado, 18 de abril de 2026

Promesa cumplida

PROMESA CUMPLIDA


Lo normal sería poder fiarse de la palabra dada. Según parece, antes era costumbre ampliamente extendida cumplir con lo que se decía, porque la palabra comprometía y había que mantenerla o perder todo el prestigio. Tanto es así que para llegar a un trato no se precisaba contrato alguno, con el acuerdo verbal bastaba y sobraba. Al que después no se atenía a lo fijado se le reclamaba aquello de "Donde dije digo, digo Diego". El figura que no se atenía a lo que había dicho, perdía el respeto del resto y no sabía ya dónde meterse, pues se echaba tan mala fama encima, que tal vez no lograría quitársela jamás y perdía toda la credibilidad. Hoy, sin duda, con esto de la evolución y el progreso, hemos debido mejorar mucho, puesto ya no es preciso mantener lo que se dice, está del todo obsoleto: nada compromete. Hoy se puede afirmar cualquier cosa y mañana, con toda la cara dura del mundo, se puede negar haberlo dicho. Total no pasa nada, pues el que trata de engañar a toda costa mediante la artimaña de que su supuesta sinceridad, se va a imponer sobre tu escasa y obtusa memoria. Él es el listo, el resto unos incautos.

Y así nos va, pues con la entrada de lleno en el terreno yermo de la desconfianza, abrimos la veda para la mentira descarada. Se niega la mayor, lo evidente, puesto que nadie asumirá su responsabilidad, y asunto zanjado. Todo vale, con tal siempre no se pueda demostrar quién no cumplió con lo prometido. Si ni los unos ni los otros ya no vamos a intentar responde ni mantener los acuerdos, aunque estos sea de mínimos, salta por los aires toda posibilidad de entendimiento, de convivencia, de diálogo, y nos encontraremos entonces, por propio mérito, en las puertas de la barbarie, porque las posibilidades para la civilización terminarán por agostarse. Habremos acabado con ella. El hombre contra el hombre estará servido.

Pero que no cunda el pánico, puesto que ni todo el mundo se ha pasado ya al lado oscuro ni está por hacerlo. Así pues, a pesar de esos que se caracterizan por un comportamiento tan indecoroso, no van a ser capaces de destruir a una comunidad, que sí es capaz de aguantar el tipo y cumplir con sus compromisos. No salen en los medios de comunicación, pero andan entre nosotros, tienen nombre, apellidos y domicilio; pasean por nuestras calles y no tergiversan de buenas a primeras lo que dijeron. Son sencillamente personas de las que uno se puede fiar, y nos consta por experiencia su nobleza y ausencia de doblez; estos sí que mantienen y mantendrán su palabra.

En el Antiguo Testamento leemos una serie de promesas en forma de alianza que Dios establece con los hombre. Esa promesa mesiánica Dios la cumple, y lo hace de manera imprevista en su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador. No eran ni fanfarronadas, ni meros delirios de los hombres ahítos de la vastedad del cielo y del desierto, sino que eran profecías de las que sí merecía la pena fiarse. Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, bien claro lo afirma. Poco margen de duda queda, en el que murió en la cruz es posible reconocer al Salvador, porque no sólo pasó por la vida haciendo el bien a todos, anunciando la irrupción del Reino de Dios y su justicia, es que además ha resucitado para resucitarnos también. No han podido con Él ni los temores de los poderosos y sus tramas, ni la crueldad extrema de los que se ensañaron con Él, ni tampoco las múltiples traiciones de sus amigos, porque la fuerza del que no abandona, el Padre, en quien se sostenía, estaba cumpliendo la promesa dada. Por ello, los que reconocen el cumplimiento de las promesas de Dios en Jesucristo se convierten y cambian radicalmente su manera de orientarse en la vida. Han descubierto que la palabra dada por Dios y renovada en Jesús no defrauda.

Que bueno sería, que seguros en el cumplimiento de la Palabra que se encarna y salva, que se nos abrieran los ojos a una realidad nueva y resucitada. Iban dos inmersos en su decepción, pues los sueños que se habían atrevido a trazar parecía que de un recio golpazo se les habían venido abajo. El Maestro, por el que habían apostado, había acabado como un auténtico perdedor. Sin embargo, ahí estaba con ellos, haciéndose el encontradizo con ellos y de esta forma poder abrirles el entendimiento e iluminarles la realidad que no llegaban a descubrir.

Y es que a menudo vivimos sumidos en una lógica humana eminentemente básica, valida para nuestros afanes, pero inservible por completo para las cosas de Dios, para las cosas del espíritu. Hay que resucitar con el resucitado para empezar a descubrir todo lo que está ahí, más íntimo a nosotros que nosotros mismos, más intrínseco a la realidad en que nos movemos y existimos, para llegar a percibir esa presencia diáfana y misteriosa de Jesucristo resucitado y resucitante entre nosotros. Con sólo creer ya le estás dando permiso a Dios para que empiece a operar esa transformación silenciosa en ti, que es producto de esa nueva vida que Él nos otorga. Él dio la vuelta y del fin hizo el gran comienzo. También nosotros podemos hacer realidad lo que su Pascua supone. 

Que en este tiempo pascual recorramos el camino de regreso a Emaús, como aquellos dos discípulos de los que nos habla hoy el Evangelio. Él se nos va a aproximar y va a propiciar un encuentro que nos va a marcar. Cristo es el Dios con nosotros, verdadero encuentro, dispuesto a salir al camino de toda oveja perdida. Detectemos los signos que nos avisan que la verdad de Dios está ahí proponiéndonos ese reconocimiento del definitivo cumplimiento de la promesa de su amor, para que le descubrirle en la fracción compartida del pan y regresemos prestos también nosotros al encuentro con nuestros hermanos. Entonces ya sí podremos ser testigos veraces, hombres de palabra, que hablan desde la experiencia de Dios, que es absolutamente de fiar, porque siempre está cumpliendo su promesa salvífica.

sábado, 11 de abril de 2026

Con sencillez de corazón

CON SENCILLEZ DE CORAZÓN


La nueva vida, que brota de la resurrección de Jesucristo, debería hacerse palpable, o al menos notoria, en lugar de pasar inadvertida entre el ruido de los bombardeos. En ningún caso puede pasar desapercibida la gran noticia de que verdaderamente ha resucitado. Nos hemos acostumbrado los cristianos a no armar jaleo, a la discreción, a la modestia para no causar demasiadas molestias, a que nuestras celebraciones pasen exclusivamente dentro de los templos, o como mucho en alguna que otra procesión, siempre en fechas señaladas y contando con la autorización de la autoridad competente. Es verdad que en el pasado había que esconderse, porque afirmar que el que había muerto en la cruz estaba vivo, acarreaba unas drásticas consecuencias. Sin embargo, ahí estaban dando un valiente testimonio que con frecuencia les costaba la propia vida. Aunque hoy en día en muchos sitios sigue habiendo una persecución de cristianos, en nuestro entorno no suele ir más allá de ser mal mirados y tachados si acaso o de ilusos, soñadores o carcas recalcitrantes. En cualquier caso, esto no puede impedir que mostremos en nuestros rostros la alegría pascual que nos desborda. Pues si hemos muerto con Cristo, y afirmamos que Él ha resucitado, todos nosotros debemos resucitar con Él. Que se digan: "Mirad, estos que se denominan cristianos, viven con un optimismo que no sabemos de dónde les vendrá."

Cierto es que si uno levanta la cabeza y contempla lo que está aconteciendo, se le deberían bajar seriamente los ánimos y la esperanza: cerrazón, oscuridad, hostilidades, corrupción, egoísmo feroz y falta de humanidad. Pero aunque no pinte bien, aunque el panorama no sea demasiado halagüeño, sí que se están dando indicios, a los que bien podríamos denominar con José Luis Martín Descalzo como motivos para la alegría y para la esperanza. Cristo ha resucitado y está resucitando, ¿acaso no lo percibís? Hay mucha gente ya está buscando algo más, mucha gente, ya desengañada del mundo exclusivamente material que nos tratan de vender; numerosas personas que retoman esa inquietud espiritual tan propia de los seres humanos. Parece que hay personas que están despertando, a pesar de los esfuerzos de algunos poderosos manipuladores por lograr una alienación completa, atajando cualquier inquietud o curiosidad en los seres pensantes.

En la primera lectura de este segundo domingo de Pascua podemos ver a los primeros discípulos empezando a configurar con la sencillez de corazón las primeras comunidades cristianas. Capaces de romper con el sistema imperante tan sólo sustentados en la experiencia de la resurrección. Nada ni nadie han podido acabar desde entonces con aquello que empezó siendo sólo un débil movimiento religioso que se iniciaba y que parecía condenado a un rotundo fracaso; pero continuó y sigue continuando, transformando la historia, porque no era cosa sólo de hombres, sino también de Dios, y el mundo precisaba entonces -e igualmente precisa hoy- la orientación del revolucionario mensaje de Jesús. Ningún otro libera tanto a los seres humanos y los capacita para desplegar las mayores expectativas. Ya ni la muerte ni el mal nos limitan, porque el Nazareno vive y nos surte de su Vida.

Insensatamente la ciencia anda promoviendo unas mejoras, e incluso la superación de lo específico de la identidad de la naturaleza humana, puesto que parten de una comprensión rotundamente negativa de nuestra condición. Estas posturas son conocidas como transhumanismo y posthumanismo. Pero desde la experiencia pascual ya queda extraordinariamente ampliada la visón de lo que somos: auténticos hijos de Dios muy amados y llamados a participar de una vida plena, aquí y en la vida eterna. No puede haber perspectiva mejor ni más optimista, ya que, por el origen y por la transformación pascual, llevamos el don de la vida divina. Desarrollemos, pues, la condición del hombre en toda su potencialidad y apoyémosla reconociendo su dignidad, en lugar tratar de anularla con procedimientos tecnológicos y tecnocráticos.

Con sencillez de corazón descubrieron a Jesucristo absolutamente vivo y presente en sus vidas, en sus afanes diarios, y por ello creyeron, no en un fantasma, sino en el mismo Jesús resucitado, que tal y como les había prometido resucitaría y estaría con ellos hasta el final de los tiempos. Y es que la fe ya en sí es un pasar de la muerte a la vida, del desencanto al entusiasmo, de no ver salida al ver todas las posibilidades que andaban ahí ocultas. Y es que la fe requiere un nuevo mirar que llega a descubrir aquello que, además de los sentidos y de la razón, requiere poner el corazón y el alma. Creer es una apuesta a lo grande y que transforma la vida.

En evangelio aparece plasmado ese cambio radical operado en Santo Tomás: de no creer en lo que no ve ni puede tocar, a poder tocar y ver porque se cree. Y para ello se precisa esa sencillez de corazón para fiarse de las cosas admirables de Dios, ese Dios que no impone, sino que nos invita a reiventarnos por la fe y el aliento transformador de Jesús. Entonces va a ser que la segunda creación ya no es la que nos narra el Génesis, sino la que podemos desplegar aprovechando que Jesús ha resucita y nos resucita. Es una segunda creación en cada uno de nosotros y también en el nosotros que perseveraban unidos en la fracción del pan. En esta ocasión la segunda creación cuenta con nuestra libertad para creer y para crear otro yo y otro mundo que todavía casi no podemos ver ni tocar, pero sí hacer posible. Es el Reino de Dios, que empieza cuando creemos y, junto con los hermanos y con Cristo presente en medio de nosotros, vamos a hacer posible.

Sí, es cierto, hace falta tener sencillez de corazón y buena voluntad, capacidad de salir de uno mismo, apertura, ilusión, amor generosidad, implicación y mucho espíritu. Y hay veces que el corazón, con todo los que nos están echando encima, parece que está condenado a meramente ir tirando, pero no es así; es posible la vida con mayúsculas, la vida de veras, la vida que Jesucristo al resucitar nos da en abundancia. Esto es la Pascua, pasar de la muerta a la verdadera Vida, porque ni el mal ni la muerte pueden tener ya la última palabra, sino que el sí, sólo tu sí, marca la diferencia. ¡Sí, Señor, voy con la sencillez de mi corazón para con el resto de mis hermanos acudir a Galilea para lo que Tú nos propongas!

sábado, 4 de abril de 2026

Resucita

RESUCITA


Resucita cada día, cada vez que asoma por el horizonte
el sol que quiebra la noche y la disipa
en abrazo deslumbrante y nos regala
la luz generosa y la esperanza prístina.

Nada pueden ya los miedos
ni los funestos augurios que ocultos acechan y tienden
a cubrirnos de amargo sinsentido con su mortaja.

¡Y es que hoy es nuestra Pascua!

Resucita cada día, siempre haciéndolo nuevo,
en el pan reciente, en el saludo fraterno, y en los afanes cotidianos
a que nos comprometemos por un mundo todavía humano,
todavía posible, realizable y pendiente de ser llevado a cabo.

Resucita Cristo también con el que no se deja vencer
tampoco esta vez por la inercia de la traición continuada,
de la mera apariencia y de la pantomima embaucadora;
resucita el que aún afirma las ganas de ser
más cristalino, real y auténtico,
fiel a su original condición.

Resucita con aquel, que sin salir indemne de lo ya pasado,
prosigue con la mirada del corazón indómita,
dispuesto a amar con inocente ternura,
transformando las heridas en abundante bálsamo sanador, 
en comprensión compasiva y fiel confianza,
para que el amor haga posible
la potencia del ahora insondable.

¡Y es que hoy es nuestra Pascua!

Resucita con fuerza firme el Resucitado
y quedan oficialmente inaugurados los sueños nunca perdidos,
y el ser humano de nuevo se encuentra libre
para quebrar el carril férreo del algoritmo reductor;
regresan entonces los pájaros con sus cantos,
y la palabra recobra su sentido nítido:
avanzar aún hacia conquistas irrenunciables.

Resucita aquel que no cede al mal cruel y destructivo,
al egoísmo ciego, al abrupto individualismo depredador,
ni al olvido del vínculo con el rostro hermoso del hermano.

Resucita y hace que caigan los muros
del hielo feroz que nos apresaban el corazón de pesadumbre,
despuntando el inocente milagro de la primavera en el espíritu.  

Resucita cada día -bendito sea el Señor bueno-,
y con Él se reestablecen nuestras fuerza para volver a apostar
por lo que el amor redignifica,
por lo que en verdad merece la pena desvivirse,
por lo que descubre el corazón, sabio y atento.

¡Y es que hoy es nuestra Pascua!

Resucita en la mirada atenta, sincera, bondadosa,
capaz de callar, aceptar, comprender
y decir una palabra sincera de aliento fraterno.
Y es que ahora en las distancias cortas nos jugamos
el dulce triunfo de lo pequeño,
de valor inmenso para el que nos ha glorificado en sus llagas.

Resucita cada día -y si quieres tú con Él-
a un protagonismo de tu propia existencia no vivida en vano,
no malgastada, no frustrada en una muerte anticipada, 
sino para dar vida plena en la afirmación
de un encuentro recíproco, unitivo,
dentro de la comunidad que cree y celebra
la inmensidad del don de la Vida
que el Cristo nos regala.

¡Y es que hoy no podemos callar,
porque es nuestra Pascua!

sábado, 28 de marzo de 2026

Entrar para salir

ENTRAR PARA SALIR


Parece que ya no se acostumbra poner aquel famoso cartel que nos recordaba que antes de entrar había que dejar salir. Debe ser que como todos tenemos muy bien asumidas ya las normas básicas de cortesía, resulta del todo innecesario. Tampoco es preciso explicar que para poder salir es necesario haber tenido que estar dentro, haber entrado previamente, sólo entonces se dispone de la posibilidad de abandonar el lugar en el que se estaba.

De igual modo, aprender implica también dejar atrás poco a poco la ignorancia, para optar por la adquisición de un conocimiento liberador y progresivo. Sin embargo, algunos creen saber más de lo que en realidad saben, aunque sólo atesoren saberes meramente preconcebidos, y, salvo que se encuentren con algún Sócrates que les hagan caer en la cuenta de la inconsistencia de su inexistente sabiduría, ahí se plantan, sin ejercitarse en la duda ni en el sano ejercicio de cuestionarse lo más mínimo. Serían aquellos que no saben siquiera que no saben nada. No esperemos de estos ignorantes recalcitrantes que lean ni que pregunten nunca, no sea que se desestabilicen y vayan a entrar en terreno peligroso.

Llegados a este punto, no creo yo que a nadie se le escape que en este fin de semana se cambia la hora, por lo que empezamos la primavera con una hora que nos es escamoteada de nuestro descanso. Pero además también este domingo es el Domingo de Ramos, y con él celebramos la entrada triunfante de Jesús en la ciudad santa de Jerusalén. Es reconocido y acogido por muchos como el profeta que había de venir, el mesías, el esperado. Él entra humildemente en la gran ciudad, sabiendo lo que le espera. Nosotros a su vez hacemos la entrada a la Semana Santa, para vivir con Jesucristo esa entrega a la voluntad del Padre y a la incomprensión y crueldad de los que su cerrazón de corazón les impidió reconocerle. Y es que los seguros en su propia preconcepción, esos poco receptivos a entrar en lo que desconocen, han de anular al que viene de Dios y a Dios vuelve.

En esta pasión de Jesús cada uno de nosotros podrá descubrir aspectos distintos de los sentimientos de  Aquel que va a ser llevado como cordero al matadero. Entra en Jerusalén y es aclamado por el pueblo, pero va a cambiar pronto su suerte, están ya esperándole para acabar con el que se ha dicho Hijo de Dios, porque lo era y lo venía demostrando con signos y acciones salvíficas. Pero a los poderosos, bien instalados en sus privilegios, no se ha de molestar o contrastar, lo que ellos piensen ha de hacerse, pese a quién pese, con tal de mantenerse ellos aferrados al poder. No hay ética ni moral que les ponga freno, estás dispuestos a llevarse por medio a los que fuera, y a tapar la verdad que les suele delatar a toda costa.

Con frecuencia, ayer, hoy y siempre, queremos que Dios se amolde a nuestras expectativas, aún cuando debería ser justamente al contrario. Los saduceos, herodianos y fariseos, siempre tendentes a enfrentarse entre ellos en continuas mezquinas traiciones, traman juntos esta vez un plan para llevar al patíbulo a la víctima inocente, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Cristo va a dar la vida por todos los pecadores, también por los mismos que le condenan a muerte. El Dios de la misericordia hecho hombre, no va a hallar ni una leve muestra de misericordia.

Cristo haces su entrada triunfante y ya está todo preparado para su condena. Acude a la trampa, no la elude, sabe de quién se ha fiado, el Padre que no defrauda. ¡Qué rápido van a cambiar de opinión los que le querían proclamar Rey! ¡Qué fácil les resulta escamotear la verdad a los que gobernaban, y manipular las emociones de la gente sencilla! Los que ayer le aclamaban van a estar prestos a creer a los acusadores y gritar: "crucifícalo". Se trataba de gente que en realidad no han llegado a reconocer a quién tienen delante, que físicamente entran con Él en Jerusalén, pero no han dejado que Cristo entre en sus vidas.

Nosotros hoy, tal como ayer podemos asemejarnos a algunas de las personas que aparecen en las narraciones de la pasión del Señor. Podemos ser como Pilatos y lavarnos las manos, no queremos saber nada de lo que vuelve a acontecer, queremos permanecer al margen y la Semana Santa es sólo un tiempo vacacional más, sin sentido ninguno, o si acaso el que cada uno le dé. Dios muere crucificado, pero la realidad del dolor nos espanta, nos complica la vida y procedemos muy decorosamente a alejarnos para que no nos manche. Pero podemos parecernos a los que le acompañan y se vuelven compungidos sabiendo que hemos matado a un hombre justo. Hoy la muerte de una persona justa no suele consternar ya a muchos, pues en la cultura del descarte las numerosas víctimas están a la orden del día.

Pero, por contra, podemos entrar con Jesucristo y participar en su pasión, muerte y resurrección. Él que entrega su vida lo hace también por cada uno de nosotros. Por el bautismo nos hemos unido a Jesús muerto y resucitado, somos parte suya, participamos de su vida, por ello podemos aprovechar de nuevo esta Santa Semana para unirnos aún más íntimamente a Él. Como el Cireneo tratar de aliviarle la cruz que lleva a cuestas; como la Verónica, que su santo rostro se quede impregnado en nuestro alma, o con María y San Juan permanecer al pie de la cruz.

Siéntate a la mesa a la cena con el Señor. comparte su pan y su vino, pues es su propio cuerpo y su sangre, derramada por nosotros. Procura no ser de los que le traicionan, de los que le venden ante la mínima decepción. Aprende a que sólo sirviendo y lavándonos los pies los unos a los otros es como se ama de verdad. Por mucho sueño y cansancio que tengas, trata de velar con Él en el Huerto de los Olivos. Cante o no cante el gallo, no lo niegues más; y si puedes, a primerísima hora, antes de que despierte la aurora, con la Magdalena corre al sepulcro, a presenciar que no está allí, sino que nosotros ahora somos ese cuerpo de Cristo llamado a resucitar este mundo sepultado.

Si entras y te adentras de veras en su pasión, saldrás transformado. Serás uno de sus discípulos, uno de sus amigos, y su misión será ya tu misión. No morirás para siempre, porque habrás muerto al pecado y a la muerte que conlleva, y recibirás vida nueva, la suya, la que Él te regala.

sábado, 21 de marzo de 2026

El amor más fuerte que la muerte

 EL AMOR MÁS QUE LA MUERTE


Si hay un tema recurrente en la literatura universal, este bien podría ser el de la victoria del amor sobre la muerte. Los seres humamos vivimos y aprendemos a vivir siendo amados y a ir vinculándonos con otras personas también amándolas. La felicidad -tantas veces buscada por todos- parece lograrse sólo con esa meta del amar y sentirnos amados. Un amor fiel que cuida y nos acompaña a lo largo de la vida nos da plenitud y sentido. Sin embargo, a lo largo de la vida hemos también de aprender también a despedirnos, pues ese amor esencial de y hacia los demás que nos colma y nos hace sentir vivos, no puede mantenerse para siempre, como efectivamente quisiéramos. La muerte irrumpe y destroza esa estabilidad que nos resulta indispensable para seguir viviendo. Cada vida posee un inicio y un fin, al menos biológicamente hablando, y esto, por duro que sea hay que asumirlo y aceptarlo.

Dicen que hay muchas experiencias llamadas cercanas a la muerte, donde algunos pacientes clínicamente muertos, misteriosamente regresan a la vida. Como si fuese pronto para partir, como si aún tuviesen que continuar viviendo a partir de esa experiencia que después tratan de expresar como luminosa. De alguna manera, además, la vida implica necesariamente un morir, una renovación celular continua y un paso del tiempo que de modo natural nos acerca al final, como si se tratara de un libro, que cada palabra, cada renglón, cada página, nos permite ir dejando atrás otras muchas y nos va conduciendo a la página en que la lectura concluye nuestra lectura.

El pensador y divulgador Eduard Punset solía recordar que la pregunta no era sólo si había vida después de la muerte, sino que había que preguntarse también si hay vida antes de la muerte. Y es que entre unas cosas y otras, lo más importante se nos puede estar pasando sin que ni siquiera nos enteremos. Se trata de vivir conscientemente una vida humana, pues si sólo prestamos atención a lo urgente, a la actividad incesante que apremia por doquier, estaremos sobreviviendo como podemos, se nos quedarán cortas las veinticuatro horas del día, y estaremos seriamente ansiosos por tratar de abarcar lo inabarcable, pero no nos estaremos más que de hacer, pero no de ser. Y la vida, sin duda está para serla, desarrollarla, desplegarla y compartirla con los demás, sea o no sea primavera. La vida es proyecto no mera eficacia.

Y si así andamos muchos, otros hay aún peor: sin saberlo se han esclavizado a sus smarphones, andan subyugados a la poderosa pantalla de las distracciones banales, mirando y mirando sin pausa aquello que ni son ni van a ser, sin advertirse que bien podrían ocuparse de su propia libertad. Y es que la paradoja es que se creen poderosamente libres, cuando han renunciado a todo por el ejercicio de hiperatención obnubilante que les posee. Sí, si prestas atención verás en derredor muertos vivientes, sin rumbo ni más meta que conseguir contenidos y emociones fáciles, esa es su tarea despersonalizadora, ese es su soma y su perdición. Creen ser felices, sólo porque no saben en qué consiste eso de la libertad y de la felicidad. ¡Ay, si abrieran los ojos y descubrieran un horizonte inmerso que se abre más allá de lo digital!

Y es que en este V domingo de Cuaresma se nos habla de que estamos vivos y hemos de vivir de veras. Que tenemos que disponernos a romper con las ataduras de una mortaja que aún no toca. Que Dios es un Dios de vivos, que nos regala su Espíritu vivificador. Que estamos hechos para la vida, una vida realizada en el amor y que es mucho más fuerte y poderosa que la muerte. Dios es eterno y al asumir nuestra condición mortal, nos capacita para vivir sin límite. Ya no acabará la vida con la muerte, sino que la vida continúa precisamente en el amor de Dios. Aceptemos esa inhabitación del Espíritu liberador que sana y aviva. Habrá sin duda una vida nueva antes y después de la muerte, porque sí, el amor es y será siempre más fuerte que la muerte.

Lo escuchamos en la profecía de Ezequiel, en el salmo 129 y en la carta de San Pablo a los Romanos: hemos de pasar ya de la muerte a la vida. Es posible dejar las obras de la muerte y empezar a ser de una manera nueva y plena, vivos porque Dios nos vive dentro y nos hace ver todas las cosas y personas de manera nueva. Es seguro que esta Cuaresma nos lleva hasta Jerusalén, allí Jesús hará su entrada triunfal, pero ese reconocimiento traerá sus consecuencias, van a traicionarlo, a abandonarlo y a condenarlo a morir en el suplicio. Pilatos dirá de Él que he aquí el hombre, ese Dios y hombre verdadero que no se reservará nada de sí, porque el amor en Él es de tal manera que superará la muerte. Con su muerte nos da la vida a todos, el Resucitado nos resucita a los que con Él hemos optado por unirnos a su amor.

En el evangelio vemos a Jesús con Marta y María, las hermanas de Lázaro, su amigo. Jesús se conmueve ante su muerte, descorre la lápida de la muerte, le llama, y aunque ya llevaba varios días bajo el dominio de la muerte, de devuelve a la vida, porque el amor es mucho más fuerte que cualquier limitación. Jesús es la Resurrección y la Vida, quien cree en Él y le ama, no morirá para siempre, sino que en ese mismo amor estará ya vivo para siempre. ¿Crees esto? ¿Estás dispuesto a vivir de veras?

sábado, 14 de marzo de 2026

En un abrir los ojos

EN UN ABRIR LOS OJOS


Un privilegio extraordinario, una maravilla enorme, la capacidad de poder ver. Aquellas personas privadas del sentido de la vista aprenden a vivir con esa limitación y afinan la percepción con otros sentidos. Pero los que sí disponemos de la capacidad de ver, deberíamos mirar y admirar esta realidad luminosa que se nos ofrece a través de los ojos. Aunque ciertamente da pena que cada vez vayamos reduciendo el uso de tales órganos para solo contemplar ese mundillo virtual que las pantallas nos ofrecen. ¿No será mejor alzar los ojos de la pantalla para atender a las personas, a los parajes, al cielo, al arbolado que se desvive en esta primavera? ¿Qué hemos hecho con nuestra sana curiosidad y dónde se nos ha quedado la sensibilidad?

Al igual que los salmistas se refieren a las efigies de los dioses, que tienen ojos pero no ven, tienen oídos pero no oyen, tal vez a nosotros también nos esté pasando algo parecido, pues cada vez vemos menos por estos ojazos que tenemos, y cada vez escuchamos menos y peor con estas orejas enganchadas permanentemente a unos potente auriculares que nos ensordecen voluntariamente. Y sí, admitámoslo: este tipo de sorderas y cegueras elegidas, que nos impiden apreciar la realidad tal cual es, no proceden sino de un uso torpe de nuestra libertad, una libertad no liberada, que no se atreve a vivir conscientemente como seres humanos, porque preferimos renunciar a ella.

Esas cegueras y sorderas son precisamente las que Jesucristo puede liberar, puesto que está siempre dispuesto a ello si nosotros así lo deseamos, aunque a menudo son también estas las que motivan que no reconozcamos a Aquel que viene a encontrarse con nosotros y nos alejemos. Ese camino de encuentro con Él es la Cuaresma, el tiempo para lograr quitarnos de tanto lastre que nos hemos ido echando a las espaldas. Pero Él, a través de su palabra nos facilita el medio en que podemos abrir los ojos y reconocer al Dios que nos invita a su amor. Cristo sí que nos quiere ver a nosotros. Aunque estemos lejos o ciegos o sordos o perdidos o escondidos, nos ve bien cercanos, no nos rechaza ni se escandaliza, sino que nos acepta incondicionalmente.

Es por eso que a este cuarto domingo de Cuaresma se le denomina "Laetare". Hemos de alegrarnos porque la Cuaresma no es un itinerario tortuoso a evitar, sino una vía de descubrimiento y liberación que nos propone la Iglesia para reconocer y amar a Jesús, nuestro Salvador. Es un tiempo para abrir los ojos a la gran verdad de lo que somos y podemos ser. Si vamos avanzando en la transformación cuaresmal, en esa limpieza requerida para apreciar el don de Dios, podremos efectivamente sentir el júbilo de ir realizando un buen trabajo cuaresmal, un crecimiento interior.

Cuando Samuel va a la casa de Jesé siguiendo las mociones del Espíritu, en el hijo más pequeño. que ni siquiera constaba, el último de todos ellos, justo en ese el profeta identifica al que el Señor sabe ver, no como miramos los hombres, por la mera apariencia exterior, por una primera impresión superficial, sino como nos ve Él, por nuestra capacidad de amar y hacer el bien. Dejémonos también nosotros mirar así, como miran los que aman, sin miedo ni vergüenza, con aprecio, y aprendamos a abrir los ojos, los ojos del espíritu, para mirar como Dios nos mira. David, el más joven, es el que es elegido para protagonizar esa aventura de libertad y amistad con Dios.

Que al igual que Jesús abre los ojos al cielo de nacimiento en el evangelio de hoy, dejémonos abrir también nosotros los ojos por Él. Dejaremos atrás el mundo feroz de la oscuridad para empezar a ser hijos de la luz, hacedores de bien y verdad, artífices y servidores alegres del Reino. Frente a la necedad intransigente de los fariseos, que ni siquiera se alegran por el bien recibido de la vista en el ciego, pues se oponen a Jesús, que sana y salva a los hombres porque lo hace incluso en sábado. Resulta que son ellos los auténticos ciegos para distinguir las acciones de Dios, la luz del mundo presente y actuante. Sin embargo, el ciego no sólo recupera la vista, también, además, se le abren los ojos de la fe para contemplar al Hijo del hombre delante de sí. Ve y se deja ver por el Mesías.

Pues si nosotros vamos abriendo los ojos como nos pide la transformación cuaresmal, también podremos situarnos junto a Él, acompañarle hasta Jerusalén; ver y vivir intensamente estos días que se acercan de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Veremos de una manera radicalmente nueva a toda criatura, de forma semejante a como la ve el mismo Resucitado. Somos su pueblo, el nacido de la pascua, y ya no podemos ver un mundo abocado a la disputa permanente, a la polarización, al conflicto fratricida y al absurdo, sino que vemos con esos ojos en que siempre triunfarán la misericordia y el amor de nuestro Padre.