sábado, 11 de abril de 2026

Con sencillez de corazón

CON SENCILLEZ DE CORAZÓN


La nueva vida, que brota de la resurrección de Jesucristo, debería hacerse palpable, o al menos notoria, en lugar de pasar inadvertida entre el ruido de los bombardeos. En ningún caso puede pasar desapercibida la gran noticia de que verdaderamente ha resucitado. Nos hemos acostumbrado los cristianos a no armar jaleo, a la discreción, a la modestia para no causar demasiadas molestias, a que nuestras celebraciones pasen exclusivamente dentro de los templos, o como mucho en alguna que otra procesión, siempre en fechas señaladas y contando con la autorización de la autoridad competente. Es verdad que en el pasado había que esconderse, porque afirmar que el que había muerto en la cruz estaba vivo, acarreaba unas drásticas consecuencias. Sin embargo, ahí estaban dando un valiente testimonio que con frecuencia les costaba la propia vida. Aunque hoy en día en muchos sitios sigue habiendo una persecución de cristianos, en nuestro entorno no suele ir más allá de ser mal mirados y tachados si acaso o de ilusos, soñadores o carcas recalcitrantes. En cualquier caso, esto no puede impedir que mostremos en nuestros rostros la alegría pascual que nos desborda. Pues si hemos muerto con Cristo, y afirmamos que Él ha resucitado, todos nosotros debemos resucitar con Él. Que se digan: "Mirad, estos que se denominan cristianos, viven con un optimismo que no sabemos de dónde les vendrá."

Cierto es que si uno levanta la cabeza y contempla lo que está aconteciendo, se le deberían bajar seriamente los ánimos y la esperanza: cerrazón, oscuridad, hostilidades, corrupción, egoísmo feroz y falta de humanidad. Pero aunque no pinte bien, aunque el panorama no sea demasiado halagüeño, sí que se están dando indicios, a los que bien podríamos denominar con José Luis Martín Descalzo como motivos para la alegría y para la esperanza. Cristo ha resucitado y está resucitando, ¿acaso no lo percibís? Hay mucha gente ya está buscando algo más, mucha gente, ya desengañada del mundo exclusivamente material que nos tratan de vender; numerosas personas que retoman esa inquietud espiritual tan propia de los seres humanos. Parece que hay personas que están despertando, a pesar de los esfuerzos de algunos poderosos manipuladores por lograr una alienación completa, atajando cualquier inquietud o curiosidad en los seres pensantes.

En la primera lectura de este segundo domingo de Pascua podemos ver a los primeros discípulos empezando a configurar con la sencillez de corazón las primeras comunidades cristianas. Capaces de romper con el sistema imperante tan sólo sustentados en la experiencia de la resurrección. Nada ni nadie han podido acabar desde entonces con aquello que empezó siendo sólo un débil movimiento religioso que se iniciaba y que parecía condenado a un rotundo fracaso; pero continuó y sigue continuando, transformando la historia, porque no era cosa sólo de hombres, sino también de Dios, y el mundo precisaba entonces -e igualmente precisa hoy- la orientación del revolucionario mensaje de Jesús. Ningún otro libera tanto a los seres humanos y los capacita para desplegar las mayores expectativas. Ya ni la muerte ni el mal nos limitan, porque el Nazareno vive y nos surte de su Vida.

Insensatamente la ciencia anda promoviendo unas mejoras, e incluso la superación de lo específico de la identidad de la naturaleza humana, puesto que parten de una comprensión rotundamente negativa de nuestra condición. Estas posturas son conocidas como transhumanismo y posthumanismo. Pero desde la experiencia pascual ya queda extraordinariamente ampliada la visón de lo que somos: auténticos hijos de Dios muy amados y llamados a participar de una vida plena, aquí y en la vida eterna. No puede haber perspectiva mejor ni más optimista, ya que, por el origen y por la transformación pascual, llevamos el don de la vida divina. Desarrollemos, pues, la condición del hombre en toda su potencialidad y apoyémosla reconociendo su dignidad, en lugar tratar de anularla con procedimientos tecnológicos y tecnocráticos.

Con sencillez de corazón descubrieron a Jesucristo absolutamente vivo y presente en sus vidas, en sus afanes diarios, y por ello creyeron, no en un fantasma, sino en el mismo Jesús resucitado, que tal y como les había prometido resucitaría y estaría con ellos hasta el final de los tiempos. Y es que la fe ya en sí es un pasar de la muerte a la vida, del desencanto al entusiasmo, de no ver salida al ver todas las posibilidades que andaban ahí ocultas. Y es que la fe requiere un nuevo mirar que llega a descubrir aquello que, además de los sentidos y de la razón, requiere poner el corazón y el alma. Creer es una apuesta a lo grande y que transforma la vida.

En evangelio aparece plasmado ese cambio radical operado en Santo Tomás: de no creer en lo que no ve ni puede tocar, a poder tocar y ver porque se cree. Y para ello se precisa esa sencillez de corazón para fiarse de las cosas admirables de Dios, ese Dios que no impone, sino que nos invita a reiventarnos por la fe y el aliento transformador de Jesús. Entonces va a ser que la segunda creación ya no es la que nos narra el Génesis, sino la que podemos desplegar aprovechando que Jesús ha resucita y nos resucita. Es una segunda creación en cada uno de nosotros y también en el nosotros que perseveraban unidos en la fracción del pan. En esta ocasión la segunda creación cuenta con nuestra libertad para creer y para crear otro yo y otro mundo que todavía casi no podemos ver ni tocar, pero sí hacer posible. Es el Reino de Dios, que empieza cuando creemos y, junto con los hermanos y con Cristo presente en medio de nosotros, vamos a hacer posible.

Sí, es cierto, hace falta tener sencillez de corazón y buena voluntad, capacidad de salir de uno mismo, apertura, ilusión, amor generosidad, implicación y mucho espíritu. Y hay veces que el corazón, con todo los que nos están echando encima, parece que está condenado a meramente ir tirando, pero no es así; es posible la vida con mayúsculas, la vida de veras, la vida que Jesucristo al resucitar nos da en abundancia. Esto es la Pascua, pasar de la muerta a la verdadera Vida, porque ni el mal ni la muerte pueden tener ya la última palabra, sino que el sí, sólo tu sí, marca la diferencia. ¡Sí, Señor, voy con la sencillez de mi corazón para con el resto de mis hermanos acudir a Galilea para lo que Tú nos propongas!

sábado, 4 de abril de 2026

Resucita

RESUCITA


Resucita cada día, cada vez que asoma por el horizonte
el sol que quiebra la noche y la disipa
en abrazo deslumbrante y nos regala
la luz generosa y la esperanza prístina.

Nada pueden ya los miedos
ni los funestos augurios que ocultos acechan y tienden
a cubrirnos de amargo sinsentido con su mortaja.

¡Y es que hoy es nuestra Pascua!

Resucita cada día, siempre haciéndolo nuevo,
en el pan reciente, en el saludo fraterno, y en los afanes cotidianos
a que nos comprometemos por un mundo todavía humano,
todavía posible, realizable y pendiente de ser llevado a cabo.

Resucita Cristo también con el que no se deja vencer
tampoco esta vez por la inercia de la traición continuada,
de la mera apariencia y de la pantomima embaucadora;
resucita el que aún afirma las ganas de ser
más cristalino, real y auténtico,
fiel a su original condición.

Resucita con aquel, que sin salir indemne de lo ya pasado,
prosigue con la mirada del corazón indómita,
dispuesto a amar con inocente ternura,
transformando las heridas en abundante bálsamo sanador, 
en comprensión compasiva y fiel confianza,
para que el amor haga posible
la potencia del ahora insondable.

¡Y es que hoy es nuestra Pascua!

Resucita con fuerza firme el Resucitado
y quedan oficialmente inaugurados los sueños nunca perdidos,
y el ser humano de nuevo se encuentra libre
para quebrar el carril férreo del algoritmo reductor;
regresan entonces los pájaros con sus cantos,
y la palabra recobra su sentido nítido:
avanzar aún hacia conquistas irrenunciables.

Resucita aquel que no cede al mal cruel y destructivo,
al egoísmo ciego, al abrupto individualismo depredador,
ni al olvido del vínculo con el rostro hermoso del hermano.

Resucita y hace que caigan los muros
del hielo feroz que nos apresaban el corazón de pesadumbre,
despuntando el inocente milagro de la primavera en el espíritu.  

Resucita cada día -bendito sea el Señor bueno-,
y con Él se reestablecen nuestras fuerza para volver a apostar
por lo que el amor redignifica,
por lo que en verdad merece la pena desvivirse,
por lo que descubre el corazón, sabio y atento.

¡Y es que hoy es nuestra Pascua!

Resucita en la mirada atenta, sincera, bondadosa,
capaz de callar, aceptar, comprender
y decir una palabra sincera de aliento fraterno.
Y es que ahora en las distancias cortas nos jugamos
el dulce triunfo de lo pequeño,
de valor inmenso para el que nos ha glorificado en sus llagas.

Resucita cada día -y si quieres tú con Él-
a un protagonismo de tu propia existencia no vivida en vano,
no malgastada, no frustrada en una muerte anticipada, 
sino para dar vida plena en la afirmación
de un encuentro recíproco, unitivo,
dentro de la comunidad que cree y celebra
la inmensidad del don de la Vida
que el Cristo nos regala.

¡Y es que hoy no podemos callar,
porque es nuestra Pascua!

sábado, 28 de marzo de 2026

Entrar para salir

ENTRAR PARA SALIR


Parece que ya no se acostumbra poner aquel famoso cartel que nos recordaba que antes de entrar había que dejar salir. Debe ser que como todos tenemos muy bien asumidas ya las normas básicas de cortesía, resulta del todo innecesario. Tampoco es preciso explicar que para poder salir es necesario haber tenido que estar dentro, haber entrado previamente, sólo entonces se dispone de la posibilidad de abandonar el lugar en el que se estaba.

De igual modo, aprender implica también dejar atrás poco a poco la ignorancia, para optar por la adquisición de un conocimiento liberador y progresivo. Sin embargo, algunos creen saber más de lo que en realidad saben, aunque sólo atesoren saberes meramente preconcebidos, y, salvo que se encuentren con algún Sócrates que les hagan caer en la cuenta de la inconsistencia de su inexistente sabiduría, ahí se plantan, sin ejercitarse en la duda ni en el sano ejercicio de cuestionarse lo más mínimo. Serían aquellos que no saben siquiera que no saben nada. No esperemos de estos ignorantes recalcitrantes que lean ni que pregunten nunca, no sea que se desestabilicen y vayan a entrar en terreno peligroso.

Llegados a este punto, no creo yo que a nadie se le escape que en este fin de semana se cambia la hora, por lo que empezamos la primavera con una hora que nos es escamoteada de nuestro descanso. Pero además también este domingo es el Domingo de Ramos, y con él celebramos la entrada triunfante de Jesús en la ciudad santa de Jerusalén. Es reconocido y acogido por muchos como el profeta que había de venir, el mesías, el esperado. Él entra humildemente en la gran ciudad, sabiendo lo que le espera. Nosotros a su vez hacemos la entrada a la Semana Santa, para vivir con Jesucristo esa entrega a la voluntad del Padre y a la incomprensión y crueldad de los que su cerrazón de corazón les impidió reconocerle. Y es que los seguros en su propia preconcepción, esos poco receptivos a entrar en lo que desconocen, han de anular al que viene de Dios y a Dios vuelve.

En esta pasión de Jesús cada uno de nosotros podrá descubrir aspectos distintos de los sentimientos de  Aquel que va a ser llevado como cordero al matadero. Entra en Jerusalén y es aclamado por el pueblo, pero va a cambiar pronto su suerte, están ya esperándole para acabar con el que se ha dicho Hijo de Dios, porque lo era y lo venía demostrando con signos y acciones salvíficas. Pero a los poderosos, bien instalados en sus privilegios, no se ha de molestar o contrastar, lo que ellos piensen ha de hacerse, pese a quién pese, con tal de mantenerse ellos aferrados al poder. No hay ética ni moral que les ponga freno, estás dispuestos a llevarse por medio a los que fuera, y a tapar la verdad que les suele delatar a toda costa.

Con frecuencia, ayer, hoy y siempre, queremos que Dios se amolde a nuestras expectativas, aún cuando debería ser justamente al contrario. Los saduceos, herodianos y fariseos, siempre tendentes a enfrentarse entre ellos en continuas mezquinas traiciones, traman juntos esta vez un plan para llevar al patíbulo a la víctima inocente, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Cristo va a dar la vida por todos los pecadores, también por los mismos que le condenan a muerte. El Dios de la misericordia hecho hombre, no va a hallar ni una leve muestra de misericordia.

Cristo haces su entrada triunfante y ya está todo preparado para su condena. Acude a la trampa, no la elude, sabe de quién se ha fiado, el Padre que no defrauda. ¡Qué rápido van a cambiar de opinión los que le querían proclamar Rey! ¡Qué fácil les resulta escamotear la verdad a los que gobernaban, y manipular las emociones de la gente sencilla! Los que ayer le aclamaban van a estar prestos a creer a los acusadores y gritar: "crucifícalo". Se trataba de gente que en realidad no han llegado a reconocer a quién tienen delante, que físicamente entran con Él en Jerusalén, pero no han dejado que Cristo entre en sus vidas.

Nosotros hoy, tal como ayer podemos asemejarnos a algunas de las personas que aparecen en las narraciones de la pasión del Señor. Podemos ser como Pilatos y lavarnos las manos, no queremos saber nada de lo que vuelve a acontecer, queremos permanecer al margen y la Semana Santa es sólo un tiempo vacacional más, sin sentido ninguno, o si acaso el que cada uno le dé. Dios muere crucificado, pero la realidad del dolor nos espanta, nos complica la vida y procedemos muy decorosamente a alejarnos para que no nos manche. Pero podemos parecernos a los que le acompañan y se vuelven compungidos sabiendo que hemos matado a un hombre justo. Hoy la muerte de una persona justa no suele consternar ya a muchos, pues en la cultura del descarte las numerosas víctimas están a la orden del día.

Pero, por contra, podemos entrar con Jesucristo y participar en su pasión, muerte y resurrección. Él que entrega su vida lo hace también por cada uno de nosotros. Por el bautismo nos hemos unido a Jesús muerto y resucitado, somos parte suya, participamos de su vida, por ello podemos aprovechar de nuevo esta Santa Semana para unirnos aún más íntimamente a Él. Como el Cireneo tratar de aliviarle la cruz que lleva a cuestas; como la Verónica, que su santo rostro se quede impregnado en nuestro alma, o con María y San Juan permanecer al pie de la cruz.

Siéntate a la mesa a la cena con el Señor. comparte su pan y su vino, pues es su propio cuerpo y su sangre, derramada por nosotros. Procura no ser de los que le traicionan, de los que le venden ante la mínima decepción. Aprende a que sólo sirviendo y lavándonos los pies los unos a los otros es como se ama de verdad. Por mucho sueño y cansancio que tengas, trata de velar con Él en el Huerto de los Olivos. Cante o no cante el gallo, no lo niegues más; y si puedes, a primerísima hora, antes de que despierte la aurora, con la Magdalena corre al sepulcro, a presenciar que no está allí, sino que nosotros ahora somos ese cuerpo de Cristo llamado a resucitar este mundo sepultado.

Si entras y te adentras de veras en su pasión, saldrás transformado. Serás uno de sus discípulos, uno de sus amigos, y su misión será ya tu misión. No morirás para siempre, porque habrás muerto al pecado y a la muerte que conlleva, y recibirás vida nueva, la suya, la que Él te regala.

sábado, 21 de marzo de 2026

El amor más fuerte que la muerte

 EL AMOR MÁS QUE LA MUERTE


Si hay un tema recurrente en la literatura universal, este bien podría ser el de la victoria del amor sobre la muerte. Los seres humamos vivimos y aprendemos a vivir siendo amados y a ir vinculándonos con otras personas también amándolas. La felicidad -tantas veces buscada por todos- parece lograrse sólo con esa meta del amar y sentirnos amados. Un amor fiel que cuida y nos acompaña a lo largo de la vida nos da plenitud y sentido. Sin embargo, a lo largo de la vida hemos también de aprender también a despedirnos, pues ese amor esencial de y hacia los demás que nos colma y nos hace sentir vivos, no puede mantenerse para siempre, como efectivamente quisiéramos. La muerte irrumpe y destroza esa estabilidad que nos resulta indispensable para seguir viviendo. Cada vida posee un inicio y un fin, al menos biológicamente hablando, y esto, por duro que sea hay que asumirlo y aceptarlo.

Dicen que hay muchas experiencias llamadas cercanas a la muerte, donde algunos pacientes clínicamente muertos, misteriosamente regresan a la vida. Como si fuese pronto para partir, como si aún tuviesen que continuar viviendo a partir de esa experiencia que después tratan de expresar como luminosa. De alguna manera, además, la vida implica necesariamente un morir, una renovación celular continua y un paso del tiempo que de modo natural nos acerca al final, como si se tratara de un libro, que cada palabra, cada renglón, cada página, nos permite ir dejando atrás otras muchas y nos va conduciendo a la página en que la lectura concluye nuestra lectura.

El pensador y divulgador Eduard Punset solía recordar que la pregunta no era sólo si había vida después de la muerte, sino que había que preguntarse también si hay vida antes de la muerte. Y es que entre unas cosas y otras, lo más importante se nos puede estar pasando sin que ni siquiera nos enteremos. Se trata de vivir conscientemente una vida humana, pues si sólo prestamos atención a lo urgente, a la actividad incesante que apremia por doquier, estaremos sobreviviendo como podemos, se nos quedarán cortas las veinticuatro horas del día, y estaremos seriamente ansiosos por tratar de abarcar lo inabarcable, pero no nos estaremos más que de hacer, pero no de ser. Y la vida, sin duda está para serla, desarrollarla, desplegarla y compartirla con los demás, sea o no sea primavera. La vida es proyecto no mera eficacia.

Y si así andamos muchos, otros hay aún peor: sin saberlo se han esclavizado a sus smarphones, andan subyugados a la poderosa pantalla de las distracciones banales, mirando y mirando sin pausa aquello que ni son ni van a ser, sin advertirse que bien podrían ocuparse de su propia libertad. Y es que la paradoja es que se creen poderosamente libres, cuando han renunciado a todo por el ejercicio de hiperatención obnubilante que les posee. Sí, si prestas atención verás en derredor muertos vivientes, sin rumbo ni más meta que conseguir contenidos y emociones fáciles, esa es su tarea despersonalizadora, ese es su soma y su perdición. Creen ser felices, sólo porque no saben en qué consiste eso de la libertad y de la felicidad. ¡Ay, si abrieran los ojos y descubrieran un horizonte inmerso que se abre más allá de lo digital!

Y es que en este V domingo de Cuaresma se nos habla de que estamos vivos y hemos de vivir de veras. Que tenemos que disponernos a romper con las ataduras de una mortaja que aún no toca. Que Dios es un Dios de vivos, que nos regala su Espíritu vivificador. Que estamos hechos para la vida, una vida realizada en el amor y que es mucho más fuerte y poderosa que la muerte. Dios es eterno y al asumir nuestra condición mortal, nos capacita para vivir sin límite. Ya no acabará la vida con la muerte, sino que la vida continúa precisamente en el amor de Dios. Aceptemos esa inhabitación del Espíritu liberador que sana y aviva. Habrá sin duda una vida nueva antes y después de la muerte, porque sí, el amor es y será siempre más fuerte que la muerte.

Lo escuchamos en la profecía de Ezequiel, en el salmo 129 y en la carta de San Pablo a los Romanos: hemos de pasar ya de la muerte a la vida. Es posible dejar las obras de la muerte y empezar a ser de una manera nueva y plena, vivos porque Dios nos vive dentro y nos hace ver todas las cosas y personas de manera nueva. Es seguro que esta Cuaresma nos lleva hasta Jerusalén, allí Jesús hará su entrada triunfal, pero ese reconocimiento traerá sus consecuencias, van a traicionarlo, a abandonarlo y a condenarlo a morir en el suplicio. Pilatos dirá de Él que he aquí el hombre, ese Dios y hombre verdadero que no se reservará nada de sí, porque el amor en Él es de tal manera que superará la muerte. Con su muerte nos da la vida a todos, el Resucitado nos resucita a los que con Él hemos optado por unirnos a su amor.

En el evangelio vemos a Jesús con Marta y María, las hermanas de Lázaro, su amigo. Jesús se conmueve ante su muerte, descorre la lápida de la muerte, le llama, y aunque ya llevaba varios días bajo el dominio de la muerte, de devuelve a la vida, porque el amor es mucho más fuerte que cualquier limitación. Jesús es la Resurrección y la Vida, quien cree en Él y le ama, no morirá para siempre, sino que en ese mismo amor estará ya vivo para siempre. ¿Crees esto? ¿Estás dispuesto a vivir de veras?

sábado, 14 de marzo de 2026

En un abrir los ojos

EN UN ABRIR LOS OJOS


Un privilegio extraordinario, una maravilla enorme, la capacidad de poder ver. Aquellas personas privadas del sentido de la vista aprenden a vivir con esa limitación y afinan la percepción con otros sentidos. Pero los que sí disponemos de la capacidad de ver, deberíamos mirar y admirar esta realidad luminosa que se nos ofrece a través de los ojos. Aunque ciertamente da pena que cada vez vayamos reduciendo el uso de tales órganos para solo contemplar ese mundillo virtual que las pantallas nos ofrecen. ¿No será mejor alzar los ojos de la pantalla para atender a las personas, a los parajes, al cielo, al arbolado que se desvive en esta primavera? ¿Qué hemos hecho con nuestra sana curiosidad y dónde se nos ha quedado la sensibilidad?

Al igual que los salmistas se refieren a las efigies de los dioses, que tienen ojos pero no ven, tienen oídos pero no oyen, tal vez a nosotros también nos esté pasando algo parecido, pues cada vez vemos menos por estos ojazos que tenemos, y cada vez escuchamos menos y peor con estas orejas enganchadas permanentemente a unos potente auriculares que nos ensordecen voluntariamente. Y sí, admitámoslo: este tipo de sorderas y cegueras elegidas, que nos impiden apreciar la realidad tal cual es, no proceden sino de un uso torpe de nuestra libertad, una libertad no liberada, que no se atreve a vivir conscientemente como seres humanos, porque preferimos renunciar a ella.

Esas cegueras y sorderas son precisamente las que Jesucristo puede liberar, puesto que está siempre dispuesto a ello si nosotros así lo deseamos, aunque a menudo son también estas las que motivan que no reconozcamos a Aquel que viene a encontrarse con nosotros y nos alejemos. Ese camino de encuentro con Él es la Cuaresma, el tiempo para lograr quitarnos de tanto lastre que nos hemos ido echando a las espaldas. Pero Él, a través de su palabra nos facilita el medio en que podemos abrir los ojos y reconocer al Dios que nos invita a su amor. Cristo sí que nos quiere ver a nosotros. Aunque estemos lejos o ciegos o sordos o perdidos o escondidos, nos ve bien cercanos, no nos rechaza ni se escandaliza, sino que nos acepta incondicionalmente.

Es por eso que a este cuarto domingo de Cuaresma se le denomina "Laetare". Hemos de alegrarnos porque la Cuaresma no es un itinerario tortuoso a evitar, sino una vía de descubrimiento y liberación que nos propone la Iglesia para reconocer y amar a Jesús, nuestro Salvador. Es un tiempo para abrir los ojos a la gran verdad de lo que somos y podemos ser. Si vamos avanzando en la transformación cuaresmal, en esa limpieza requerida para apreciar el don de Dios, podremos efectivamente sentir el júbilo de ir realizando un buen trabajo cuaresmal, un crecimiento interior.

Cuando Samuel va a la casa de Jesé siguiendo las mociones del Espíritu, en el hijo más pequeño. que ni siquiera constaba, el último de todos ellos, justo en ese el profeta identifica al que el Señor sabe ver, no como miramos los hombres, por la mera apariencia exterior, por una primera impresión superficial, sino como nos ve Él, por nuestra capacidad de amar y hacer el bien. Dejémonos también nosotros mirar así, como miran los que aman, sin miedo ni vergüenza, con aprecio, y aprendamos a abrir los ojos, los ojos del espíritu, para mirar como Dios nos mira. David, el más joven, es el que es elegido para protagonizar esa aventura de libertad y amistad con Dios.

Que al igual que Jesús abre los ojos al cielo de nacimiento en el evangelio de hoy, dejémonos abrir también nosotros los ojos por Él. Dejaremos atrás el mundo feroz de la oscuridad para empezar a ser hijos de la luz, hacedores de bien y verdad, artífices y servidores alegres del Reino. Frente a la necedad intransigente de los fariseos, que ni siquiera se alegran por el bien recibido de la vista en el ciego, pues se oponen a Jesús, que sana y salva a los hombres porque lo hace incluso en sábado. Resulta que son ellos los auténticos ciegos para distinguir las acciones de Dios, la luz del mundo presente y actuante. Sin embargo, el ciego no sólo recupera la vista, también, además, se le abren los ojos de la fe para contemplar al Hijo del hombre delante de sí. Ve y se deja ver por el Mesías.

Pues si nosotros vamos abriendo los ojos como nos pide la transformación cuaresmal, también podremos situarnos junto a Él, acompañarle hasta Jerusalén; ver y vivir intensamente estos días que se acercan de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Veremos de una manera radicalmente nueva a toda criatura, de forma semejante a como la ve el mismo Resucitado. Somos su pueblo, el nacido de la pascua, y ya no podemos ver un mundo abocado a la disputa permanente, a la polarización, al conflicto fratricida y al absurdo, sino que vemos con esos ojos en que siempre triunfarán la misericordia y el amor de nuestro Padre.

sábado, 7 de marzo de 2026

Más claro que el agua

MÁS CLARO QUE EL AGUA


De las grandes dificultades que el desierto ofrece a los que han de subsistir allí, una de las más importantes es la ausencia de recursos hídricos. No somos del todo conscientes, pero el acceso al agua no es un problema menor para muchos seres humanos, y al igual que otros recursos energéticos, explican las tensiones geopolíticas en que estamos inmersos. El agua es esencial, vital, necesaria. En pleno itinerario cuaresmal hemos pasado primero por desierto, después por el monte Tabor, y ahora nos toca llegar hasta el brocal del pozo por la escasez de agua, por la sed y el cansancio del camino. Y es que este recorrido por los símbolos sí importa, porque nos están hablando de realidades dotadas de un gran significado.

Estamos bastante mal acostumbrados a no valorar demasiado lo que usamos habitualmente; tanto es así que en no pocas ocasiones malgastamos el agua, y eso cuando no nos da por contaminarla sin recato alguno. Sabemos que el agua es vida, y la calidad del agua es vital, tanto para nosotros como para el resto de seres vivos con el compartimos el mismo planeta. Dicen, además, que para mantener estos agentes de IA que tanto proliferan, no sólo se requiere un torrente desorbitado de energía eléctrica y de soportes de almacenamiento de datos, también gran cantidad de agua para refrigerar el calentamiento globalizado de tanta tecnología como requerimos. Hoy más que nunca precisamos agua, y no sólo para hacer abluciones o circuitos termales, también para que las máquinas piensen y trabajen por nosotros. Entre unos y otros vamos a terminar bebiéndonos los recursos acumulados. Al menos este año va siendo lluvioso, y por tanto no tenemos que andar todavía intranquilos.

Por supuesto, todos hacemos un uso externo del agua, para la higiene e hidratación necesarias del cuerpo; pero si hace unos días Jesús le recordaba a Satanás que no sólo de pan vive el hombre, hoy nos permitimos añadir que tampoco sólo de agua ha de beber el hombre, pues que hay un hambre y una sed que no se apagan ni con pan ni agua. ¿Qué clase de hambre y de honda sed es la que nos puede demandar el ser entero? ¿No serán hambre y sed de verdad, de sentido, de plenitud humana, de Dios y de fraternidad?

Jesús, cansado, se sienta a descansar al mediodía junto al pozo de Sicar, y llega una samaritana a sacar agua del pozo. Él tiene sed y le pide que le dé agua, saltándose así la prohibición que había para dirigirle la palabra a una mujer de Samaría. Y en el diálogo que se establece aparece una sed más profunda que la samaritana tiene en lo más íntimo de su ser. Es un agua viva que sí que puede hacer brotar Jesús dentro, de manera similar a como Moisés había hecho que manara agua de la roca en Massá y Meribá. Si escuchas a Jesús y crees en Él, descubrirás que en lo más hondo del pozo que uno es y lleva dentro, brota la luz de su presencia que ilumina y disipa la tiniebla. Ahora sí que podrás ver lo que dentro guardas, quedará manifiesto, podrás superar los miedos y gozar de esas corrientes claras, cristalinas que mansas transcurren en ti, porque Él hará que brote un surtidos hasta la vida eterna.

Puedes optar por no atreverte a conocerte, por no acercarte al territorio donde te puedes encontrar con Jesús, huir de su palabra y de esa luz que te permitirá reconocerte y admitir tu verdad entera; pero si lo haces malograrás tu Cuaresma. Habrás de seguir yendo a buscar a otros pozos que no sacian la sed más radical, la que no admite engaños. Renunciarás así a ese caudal de gracia disponible para aquellos que reconocen su voz y le siguen. Esa agua te transformará y tanto tu rostro como el rostro buscado de Dios se irán volviendo más claros que el agua: te reconocerás en Él como en el reflejo vivo que forma en su superficie las aguas tranquilas. 

Al igual que la samaritana se dejó descubrir por ese desconocido que le pidió a ella agua, pero que le ofreció un agua de certidumbre y gozo sin parangón, nosotros hemos de acudir a esa fuente que la Iglesia nos ofrece. Es tiempo de transformarnos en verdaderos adoradores en espíritu y verdad, tal y como prefiere el Padre, con libertad, con sinceridad, con entrega, a la manera del Hijo y de los santos, los verdaderos adoradores.

Ese agua, del que no debemos privarnos, es el amor desbordante de Dios; es el agua mediante el cual nos vinculamos por el bautismo a Cristo y su Iglesia; es el agua del perdón de los pecados, porque la misericordia de Dios no tiene límites; es el agua de la nueva vida por el Espíritu, en la que quedan superadas las distancias y las diferencias, porque en el otro reconocemos un hermano; es el agua que acrecienta la esperanza y capacita para amar al estilo de nuestro Salvador. tNo hay agua igual, y mana libre para ti, para que encuentres y realices tu libertad.

sábado, 28 de febrero de 2026

Adentrarse en el laberinto

ADENTRARSE EN EL LABERINTO


Buena gana de calentarse la cabeza, de complicarse, de meterse en camisas de once varas. Bastantes complicaciones ya tenemos, como para que con motivo de la Cuaresma además se nos invite a dejar las comodidades en las que nos hemos instalado, para internarnos en otro lío del que no sabemos si nos llevará a algún sitio, y ni siquiera si esa supuesta salida es adonde queríamos llegar. Lo habitual suele ser quedarnos en la trinchera, tal y como estamos e ir campeando el temporal según vaya viniendo; es decir limitarnos a una pasividad temerosa. ¿Pero acaso la vida es sólo eso o en algún momento habrá que atreverse a algo por lo demás necesario? Sea como sea, hay un poderoso impedimento que nos tiene paralizados a la mayor parte de los mortales, y por ello terminamos conformándonos con unos mínimos vitales que no nos satisfacen. Somos más, aspiramos a más, pero nos quedamos en mucho menos.

Ahora bien, el camino cuaresmal, si es que estamos dispuestos a afrontarlo, nos va a llevar a un atolladero, a todo un laberinto existencial del que no sabemos a ciencia cierta si sabremos resolverlo. ¡Ay de aquellos que nunca jamás se atrevan a cruzar por ese laberinto o desierto que portamos dentro de nosotros! ¿Cómo plantearnos nuestra propia identidad sin buscar en nuestro propio interior laberíntico? Puede que eso que creemos ser, y que nos suele venir dado desde parámetros externos a nosotros, no sea más que un disfraz coercitivo que nos impide mostrar nuestro verdadero rostro. Habrá que escapar de identidades incompletas o incluso faltas que hemos ido asumiendo.

Al menos en Cuaresma toca tratar de ponerse en verdad ante nosotros y ante Dios, sin engaños, sin tapujos y sin excusas. Y ello requiere ponerse en marcha, atreverse, adentrarse en ese exilio voluntario de inadaptación y comenzar a lanzarse preguntas de largo alcance. De igual manera que un árbol no puede llegar a alcanzar todo su desarrollo si no crece hacia adentro en la tierra, en lo secreto, y allí encontrar el fundamente en que sostenerse, cada uno de nosotros no podrá desarrollar su potencial si a la vez no indaga en lo profundo y echa raíces potentes que le permitan sostenerse con firmeza. Claro que les va a costar trabajo a las raíces abrirse paso en la oscuridad de la tierra, pero es esa la manera de poder afianzarse para después extender tronco y ramas con poderío y gracia.

Abrán, que presta atención a la voz de Dios por encima de otras voces y ruidos, emprende su viaje dejando atrás aquello que era y poseía buscando lo que no sabía, lo que en verdad debía ser. Tras esa partida y el recorrido en post de lo intuido ya será Abrahán. En este tiempo de Cuaresma también hemos de aventurarnos nosotros en esa búsqueda que nos conduzca a la proximidad con lo que Dios nos tiene preparado. Si no acudimos al encuentro con el Dios más íntimo a nosotros que nosotros mismos, no aprovecharemos ese itinerario que se nos ofrece. El laberinto primero te llevará adentro, al secreto, y de allí saldrás transformado, con una certeza que brotará de la experiencia, y habrás echado raíces que te nutrirán y sostendrán.

Durante ese viaje interior no vas a estar solo sino guiado por Aquel que te llama. Él te aguarda y te acompaña, Él cuida de ti y te sostiene, Él es la brújula que te orienta para cruzar el desierto o el laberinto sin posibilidad de extraviarte. Amárrate bien al timón que te mantendrá en el rumbo correcto. Cuentas con la fuerza de su misericordia y los vientos son favorables. Sal de tu tierra, emprende tu viaje.

Si sigues, y Él te lo permite, podrás también ascender con Cristo al monte Tabor. Vas a participar en algo insólito. Allí, en lo secreto, te va a ser mostrado lo que permanece y permanecerá oculto: la verdadera naturaleza de Jesús, enteramente hombre y Dios, ese, el Hijo amado en el que se complace el Padre y que hemos de escucharlo para tener verdadera Vida y verdaderas raíces. Es el monte de la transfiguración, el que asciende allí, como si se hubiera sumergido de lleno en el misterio de Dios, bajará del monte también transfigurado. Ya no serás el mismo que subiste, tal y como el que ha sido capaz de encontrar la salida del laberinto, en sí llevará también la zarza ardiendo, esa llama que abrasa pero no se consume; esa que otorga Dios a los que aprenden a transfigurarse en la llama del amor.

Si superamos comodidades, reparos, perezas, miedos y bloqueos y nos atreveremos a adentrarnos en el laberinto, aunque haya pruebas y soledad, también habrá hallazgo y verdad. Si activamos nuestra libertad personal fundamental, la que tiene sed de Dios, aprovecharemos esta Cuaresma también para transformarnos con Él. Vamos hacia Jerusalén con Jesús. Ha de ser un camino de desprendimiento y liberación, una purificación. Vamos a la entrega del Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Podemos ascender con Él, podemos ser sus seguidores, o por contra quedarnos al margen, como si lo que aconteció, acontece y acontecerá no fuera con nosotros.

Es necesario superar lo que todavía no se es, atravesar la oscuridad del sinsentido, para descubrir a Aquél que se nos transfigura, el que es luz del mundo y puede ser la luz en la que reconocer el rostro del Dios humanado, del rostro del hermano y de también de tu propio rostro humano. A su luz, a la luz posible por la oración. Caminemos, pues, hacia la claridad, aunque sea incierto aún el camino.