sábado, 7 de febrero de 2026

En el lado correcto

EN EL LADO CORRECTO

De manera consciente o no, en la vida nos vamos posicionando hacia un lado u otro de la balanza. A ser posible, al menos deberíamos saber dónde nos encontramos ubicados, por si es ese el lado en el que queremos estar, o, por contra, cambiarnos al que consideremos el correcto. Conviene por ello saber en qué territorio nos encontramos, para poder decidir hacia dónde seguir avanzando, o por dónde retroceder, en el caso de advertir que andamos extraviados. Se hace verdaderamente preocupante no saber ni en dónde se ubica uno, porque entonces se estará perdido por completo.

Es frecuente también que defendamos unas ideas como si estuviésemos instalados en una orilla, pero a la hora de la verdad actuemos de una manera totalmente opuesta. Eso pondría en evidencia nuestra falta de congruencia: creemos estar en una determinada posición, pero nuestras acciones y decisiones lo desmienten, porque ocupamos una muy distinta sin ni siquiera haberlo advertido. Muchas veces llevamos puestas las orejeras del propio interés o de la ideología, con las que nos impedimos a nosotros mismos contemplar otros posibles espacios, salvo aquel en el que nos encontramos férreamente establecidos, es decir, en nuestra zona de no atrevernos a nada, no arriesgarse, e impedir todo crecimiento, apertura y transformación. En fin, sumidos en una auténtica parálisis existencial.

El otro día nos contó una profesora de nuestro centro un cuento de esos que si uno quiere aprovecharlo, da para plantearse cuestiones de hondo calado. Decía que para hacer consciente a su hija sobre cómo le afectaban las cosas y prepararla para la vida, un padre le hizo poner tres cazos con agua a hervir. En el primero colocó una zanahoria, en el segundo un huevo, y en el tercero un puñadito de granos de café. La zanahoria sometida al agua en ebullición se ablandó; el huevo se endureció; pero los granos de café generaron un café aromático y delicioso. Por lo que, dependiendo de dónde se encuentre cada cada uno, se reaccionará de manera diferente. Los dos primeros entendieron que no era para nada su lugar el agua caliente al que estaban siendo sometidos, que estaban se encontraban en medio hostil. La zanahoria se dejó ganar cambiando su dureza en lo contrario, mientras que el huevo pretendió vencer su fragilidad solidificándose. Sólo los granos de café encontraron que el agua hirviendo sí podía ser un lugar idóneo para sacar de sí aquello que guardaban, pues el calor del agua era su aliado.

Cuántas veces nosotros no sabemos estar en el lado adecuado. Cuántas veces el lugar no parece ser el mejor para nosotros. Si admitimos que estando ahí poco vamos a dar de sí, porque no estamos donde podemos desplegar en gran medida lo que verdaderamente somos, reaccionaremos como la zanahoria o como el huevo, pero no como los granos de café. Sin embargo, aún sabiendo que toda dificultad encierra oportunidades para la transformación -lo que no implica que la ausencia de dificultades también las tiene-, la comodidad nos impide en ocasiones aprovecharlas. Y es que estar en el lado correcto no suele suponer que este se convierta en el más fácil y confortable, sino que exige valor, decisión y normalmente complicaciones.

Una vez más, semana a semana y domingo a domingo, la liturgia nos orienta y alienta. ¿Dónde te sitúas? ¿Buscas destacar y sólo llevar una existencia comodona y privilegiada? ¿O el ser cristiano te mueve a ocupar el lugar en el que no te puedes vender para colocarte en una posición destacada? Hay que revisar las coordenadas a la luz de la conciencia y de las lecturas de este V domingo de tiempo ordinario. El profeta Isaías nos indica el lugar correcto para ser vida abierta a los demás: comparte, hospeda, no te desentiendas. No debes ocultarte como Adán o Caín tras la transgresión cometida, sino afirmar sin miedo "Aquí estoy", en el lugar donde acierto a buscar y cumplir tu voluntad. Esa es la luz que brilla cuando el hombre ama y hace el bien a sus hermanos.

No ocupemos por más tiempo el territorio de las sombras, los engaños, manipulaciones, traiciones y excusas. Tratemos de ocupar el puesto del que está dispuesto a servir, el humilde, el compasivo. Porque hemos de ser la sal y la luz de la tierra, y hemos de propiciar que este mundo deje de ser un mundo hostil e inhumano. Comprometámonos en lo poco, pero necesario, que esté en nuestras manos. Así este mundo brillará como solo puede brillar la tierra cuando esta es semejante al Reino de Dios. Hay que situarse ya y en el lado más conveniente para todos, ese en el que Dios te pide que habites siendo sal que da sabor y luz que logra que la belleza salga a relucir.

Desde muy joven, San Juan XXIII se propuso a sí mismo un decálogo para propiciar estar en ese lado correcto y no malograr su existencia. Escribió el famoso Decálogo de la serenidad. Si lo ponemos en práctica también nosotros podremos situarnos en el mismo lugar que él, el Papa Bueno, que coincide de pleno con el mismo lugar de Jesucristo. Si al joven Roncalli le sirvieron, también a nosotros puedan servirnos.

1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver los problemas de mi vida todos de una vez.

2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé criticar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.


3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también.

4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos..

5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.

8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9.- Sólo por hoy creeré firmemente -aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena Providencia de Dios se ocupa de mí, como si nadie más existiera en el mundo.

10.- Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

¡Ánimo, que es tiempo propicio para llevar a la práctica este Decálogo, aunque sólo sea por hoy!

sábado, 31 de enero de 2026

Lo más menudo

LO MÁS MENUDO



No gustan las cosas grandes, enormes, espectaculares. Lo que llama la atención no suele ser lo discreto, la letra pequeña, sino por el contrario es aquello que resalta por sus grandes dimensiones. Parece que las grandes ciudades compitan en elevar altísimos edificios, rascacielos, como en la antigüedad los poderosos competían por la grandeza de sus palacios y mausoleos, hoy pasto del polvo. Y es que el ego, en lugar de admitir con naturalidad la pequeñez de su alcance, prefiere fijarse en una enormidad ficticia. Si mostramos un mapa a escala de la Vía Láctea, podremos considerar lo inmensamente discreto que resulta nuestro planeta, y dentro de él, y compartiendo existencia con otros ocho mil millones de semejantes, está cada uno de nosotros. ¿De verdad que nuestra particular grandeza es tan reconocible? ¿No será más bien producto de una soberbia sobredimensionada?

A muchos también les gusta compararse con los otros: mi coche es mayor que el tuyo, mi cartera está más repleta que la tuya, el diamante de mi anillo es un verdadero pedrusco, mi casa tiene más metros que la del resto, o como este bíceps no hay otro. Y hasta se creen que con eso han alcanzado algo sumamente meritorio. Pues que se lo sigan creyendo si con ello encuentran contento, pero tal vez en la vida se trate más de amar a los demás que a uno mismo, entenderlos, cuidarlos, compartir lo que se es, que meramente de hacer alarde y presumir. Más ser para los demás y no tanto tener, acaparar, dominar y poseer.

Qué bueno descubrir que aún hay personas con la suficiente sensibilidad para no dejarse impresionar por lo desorbitado, lo suntuoso, sino por aquello que no llama la atención, que se nos pasa desapercibido, por lo que no trata de destacar: un rayito de sol, en lugar de un sol cegador; una brisa antes que un vendaval impetuoso, una pequeña flor silvestre les es preferible a un ramo de flores carísimo y exclusivo; un simple gesto sentido vale más que todo un protocolo ostentoso y hueco. Sí, aún queda gente sensible que sabe apreciar lo bueno. Por mucho que se impongan las tendencias, ellos no pierden el buen gusto. No hace falta mucho, sólo mantener un poquito de sentido y sensibilidad. Eso ayuda a percibir el gran valor de cada cosa, por ínfima que sea la consideración que recibe.

A Dios -que grande debe ser bastante más que todos nosotros-, no le importan tanto nuestras supuestas grandezas como nuestras pequeñeces. Parece ser que se pirria por lo humilde y sencillo. Tal vez sea porque sólo los humildes dejan espacio para que el otro también pueda ser, y por tanto, para que Él tenga su sitio entre ellos. De ahí que para abrirle la puerta a la fe sea necesario reconocer la pequeñez de uno y el amor grandioso de Dios por los sencillos. No es nada sencillo de conseguir si no vencemos nuestro sólido orgullo.

Justamente los humildes del mundo son los que Dios escoge para destacar la grandeza de la gracia y ser gloriado en ellos. Es este un verdadero misterio, que nos descubre mucho de este Dios apasionado por lo frágil, por los más pobres y excluidos. Jesús nos enseña a apreciar el gran valor de las pocas monedas que puede echar aquella viuda en las ofrendas del templo; era todo lo que ella tenía, no como otros, que donaban sólo parte de lo que les sobraba. Así es este Dios que se hace pequeño con los pequeños allí en Belén. Los justos son los que escogen ser tal y como al Señor le agrada, sin engaño, sin engolamiento y sin aparentar aquello que no son. La pequeñez es bella y Dios la abraza.

Pues este domingo IV de tiempo ordinario las lecturas nos recuerdan esa preferencia del Señor por "el resto de Israel", aquellos que no se dejan llevar por la atracción de las riquezas y el lujo, por la ostentación y la avaricia, sino los que se mantienen en llevar una vida sobria en fidelidad al amor de Dios. Esos que a los ojos del mundo y de la sociedad son marcados como los fracasados, pues no salen en las revistas de celebrities ni las publicaciones sobre las mayores fortunas del mundo, son los que triunfan para Aquel que juzga justamente. Unos logran el fiasco del éxito terrenal, otros, en contra de lo que cabría pensar, los abnegados, sacrificados, austeros, son los que han acertado con el triunfo eterno.

Las Bienaventuranzas nos dan con toda radicalidad el mensaje esencial del Evangelio. Jesucristo no ha venido a buscar situarse en este mundo, sino a enseñarnos el camino de la entrega sin reservas de la vida a Dios y a los hermanos. Porque solo el que entrega su vida por Él, la salvará. No hay medias tintas, no caben posturas tibias: o optas por realizar el evangelio o por construirte un zulo confortable de bienestar privado; o fijas tu felicidad en la autosatisfacción individualista o te arriesgas a ser aún humano. Que cada uno decida.

Los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos, los que el mundo excluye, insulta, persigue y calumnia, todos ellos y algunos cuantos más (los que escuchan con atención, los que no mienten ni manipulan, los que abrazan, los comprensivos, los generosos, los que ayudan, los que buscan la verdad...) ya están anunciando y realizando el triunfo de Jesús, el que se abaja y humilla sin parangón. Todo aquel que se ensalza será humillado, y el que se humilla, reconoce su pequeñez, es el que será ensalzado. Es necesario pasar por la puerta estrecha, hacerse servidor, para ser tenido como digno del Reino de los cielos.

El Reino de Dios, por tanto, ya es y será para siempre, Cristo nos lo hace posible. No se trata solo de esperar a la vida futura que se nos abre tras la muerte para alcanzar el consuelo, también en esta vida terrena aquellos que el mundo humilla, las víctimas, pueden descubrirse muy amados por el Dador de Vida. San Francisco en su periodo final, muy enfermo y despreciado por los suyos, escribió el cántico a las criaturas, porque, sumamente agradecido y exultante, reconocía la omnipresencia del amor de Dios en todo lo creado. A ese estado no llegan los satisfechos y pagados de sí mismo, pero sí los menudos, los bienaventurados. Ojalá tu nombre y el mío estén en la lista de este resto que sigue al Salvador. Si es así, si somos de los bienaventurados, nuestro gozo no tendrá término.

sábado, 24 de enero de 2026

El remedio milagroso

EL REMEDIO MILAGROSO


Está fuera de duda que hay que cuidarse. El cuidado de uno mismo es previo al cuidado de los demás, porque si el cuidador no está bien, no va a poder ejercer las tareas necesarias para cuidar a los demás de la mejor manera. Primero ha de cuidarse uno para cuidar con el debido cuidado a los que más lo precisan. Es cierto que hoy el que más o el que menos lleva una carga enorme de asuntos pendientes, responsabilidades varias, y problemas de todo tipo, y lo que terminamos por descuidar el necesario autocuidado. Es un error, porque tarde o temprano terminará pasándonos factura aquello a lo que no atendimos: el necesario descanso, la desconexión y momentos de plenitud personal.

Aunque esa es la tónica general, también se debe considerar que de todo hay en la viña del Señor, y que, por tanto, vamos a encontrarnos con individuos de cuidado, que sólo se ocupan de ellos mismos, de que no les falte de nada, de no preocuparse por más que por sí mismos, que allá se apañen como puedan los demás, porque consideran que ellos no están por la labor de echar una mano a nadie. Gracias a Dios a dichos sujetos se les termina conociendo pronto, por lo que es posible dejarlos a su aire sin esperar mucho de ellos. Son individuos egoístas, de los que si no cambian, poco se puede esperar. Ojalá lleguen a ser un poquito felices en ese regodeo del yo absolutizado, pero seguramente no es el camino más recomendable para serlo.

Pero volviendo a la necesidad del sano autocuidado, más o menos ya sabemos bien lo que deberíamos hacer para atender a nuestra forma física, psíquica y espiritual; otra cosa muy distinta es que podamos o queramos realizarlo. Así pues, vemos los gimnasios nunca tan solicitados, restaurantes de comida saludable, dietas anunciadas como pseudo milagrosas, superalimentos, fibra, preparados antioxidandes, ácidos hialurónicos, baños termales, terapias elitistas y otros miles de productos aptos para saturar las extraordinarias demandas del mercado del bienestar. Y es que esto de la salud está muy de moda. Otra cosa es que con ello logremos aquello que deseábamos, esto es, sentirnos bien. Lo digo porque cuanto más decimos cuidarnos, también más hemos de tirar de ansiolíticos y antidepresivos. Ha de ser que porque el verdadero autocuidado pasa más por un cambio integral de vida que por seguir los consejos tan en boga.

Por otro lado, leeemos el informe Foessa, publicado recientemente, en el que se nos advierte que la sociedad española está alarmantemente desestructurada y que la pobreza y la exclusión social ha crecido exponencialmente. Por lo que cabe deducir que en esto de ser la sociedad de los cuidados estamos mucho más lejos de lo que cabría pensar. Si Larra en el XIX decía que escribir en España es llorar, hoy podríamos decir que para muchos españolitos vivir en España es llorar y luchar por sobrevivir en unas condiciones pésimas. O sea, que ni nos autocuidamos bien ni tampoco cuidamos bien a los demás, y así estamos como estamos y vamos como vamos, malamente. Habrá que elegir entre hacer algo o tratar de seguir como si no pasara nada, aunque esté pasando. ¿Nos quedamos sentados esperando que los de siempre no nos resuelvan nada o empezamos a tomar nosotros las riendas de los cuidados? 

En el tercer domingo de tiempo ordinario, domingo de la Palabra de Dios, se nos propone hacer un hueco en nosotros, personal y comunitariamente, para que esta, palabra viva, Espíritu y vida, sea acogida y nos habite. Acojamos a Cristo y seamos acogidos por Él, renovados y transformados por su amor. Él nos sana y nos salva. Hagamos experiencia de Dios. Tal vez este sí sea el remedio milagroso para una existencia agradecida. Sin renunciar ni a la alimentación adecuada, ni al ejercicio, ni a unos hábitos saludables, que siempre ayudan, el cuidado no debe descuidar el hondón del alma. Quizás sólo desde ahí obtendremos el remedio que opere en nosotros el milagro, ya que no nosotros, sino sólo Dios con nosotros es el que puede realizar todo milagro. 

El lema de nuestros colegios para este curso es transforma. Empecemos ya a transformarnos, a cuidarnos nosotros mismos, a cuidarnos los unos a los otros, a dejar cuidarnos y a cuidar de aquellos a los que casi nadie cuida. Pongamos el evangelio en el centro de nuestras vidas, de nuestro ser y de nuestro hacer, y las cosas empezarán a transformarse, porque efectivamente el evangelio es germen de transformación para una sociedad más humana y fraterna.

Si escuchamos la invitación que nos lanza Jesús al comienzo de su predicación, si nos convertimos y empezamos ese itinerario de seguimiento y transformación, la propuesta de la segunda lectura terminará por cumplirse "...que no haya división entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir...". Sí, porque donde está presente el Resucitado no puede haber discordias, sino amor. Este, el amor de Dios con el que podemos sintonizar, es el verdadero remedio milagroso que cura todos nuestros males. Desengañémonos, no hay otro, por mucho que lo publiciten o esté de moda. 

Este domingo celebramos además el cierre de la semana por la unidad de los cristianos. Nosotros mismos debemos testimoniar nuestra capacidad de superar rupturas, de testimoniar el poder del perdón y la reconciliación para comenzar de nuevo a caminar juntos y unidos, es posible y necesario. Para que el mundo crea hemos de empezar por ser creíbles.
   
De igual modo en la semana que se presenta, en nuestro colegio vamos a celebrar la semana de la paz. ¿Cómo podemos poner coto a esta situación de enfrentamiento continuo entre personas y países? ¿Hemos de reducir la paz a un absurdo deseo imposible de realizar? No. Sí que hay remedio para entendernos y poder convivir en paz y concordia. Es el mismo remedio: "amaos los unos a otros como yo os he amado". Justamente el Dios hecho hombre es el que nos enseña y capacita para ser verdaderamente hombres, hombres de buena voluntad adiestrados para el encuentro y la paz.

sábado, 17 de enero de 2026

Verificado

VERIFICADO


Resulta lamentable, verdaderamente lamentable, pero hemos terminado por acostumbrarnos a que nos den gato por liebre. En nuestra tradición cultural tenemos bien representada la figura del pícaro; aquel personaje que sobrevive mediante el ejercicio aprendido y bien ejercido del engaño. De aquellos sujetos reales y literarios hemos pasado después a los timadores, que de igual modo embaucaban al primero que pueden para ganarse la vida a su costa, sin tener que trabajar demasiado. Y es que de siempre ha habido estafadores que del engaño han hecho su modus vivendi; pero lo de ahora parece que supera todas nuestras expectativas, ya que hemos caído en la edad de oro de las fake news, de la mentira organizada y generalizada. Corren malos tiempos para la honradez, que pasa incluso por ser algo risible. Cada cual trata de tomar el pelo al que se deje y si hace falta hasta a engañarse a uno mismo. Y es que entre unos y otros hemos terminado por escamotear a la verdad su honorable y merecido sitio.

Te llega una información, y antes de darla por bueno sin más, conviene tener cautela, ya que con la IA lo que no es ni ha sido puede llegar a parecer más real que lo que realmente lo es. Ya no te puedes fiar de lo que ves ni oyes ni lees, debes molestarte en ponerlo preventivamente en cuestión y contrastarlo antes de darlo por bueno. Si antaño se decía que hombre prudente vale por dos, bien podríamos añadir hoy que toda prudencia es poca para transitar con certeza en este laberinto virtual y proceloso. No se trata de ser un incauto ni de proceder siempre con desconfianza, sino más bien de ser taimado y avispado, para evitar ser tomado por incauto.

Conviene, pues, prestar mucha atención a todo, pues solo estando atentos logramos distinguir el grano de la paja, el bulo de la información verídica, y poder estar así, al menos, bien informados para saber a qué atenernos. Porque no es descartable que aunque nos hayan avisado por activa y por pasiva, como solemos ir tan a lo nuestro y sumidos en la distracción de turno, se nos pase por alto aquello que debíamos haber captado y advertido a tiempo. Quizás el conocidísimo carpe diem tenga que ver más con esa atención provechosa, que con el mero disfrute vano y fútil. Andémonos con pies de plomo para no creernos lo falso tanto como para detectar lo seguro, aclarado y confirmado. Porque tanto lo primero como lo segundo nos conducirá directos al error y al fallo de pleno. 

En este sentido, las lecturas de este segundo domingo de tiempo ordinario, pasados ya el Adviento y la Navidad, nos sirven de ejemplo acerca de la tozudez recalcitrante de los humanos, empeñados en no admitir por bueno lo que está suficientemente anunciado, probado, contrastado y verificado, a la vez que andamos prestos a caer en el primer anzuelo que nos presenten de modo facilón y seductor. Y tanto el mercado como los manipuladores lo saben y lo aprovechan para hacer su agosto. Reconozcamos que se lo permitimos.

En la primera lectura el profeta Isaías claramente anuncia e identifica al Hijo, a ese que hemos celebrado su nacimiento recientemente, Jesús, "el siervo de Yaveh"  y "Luz de las naciones". En precioso el salmo 39 además, el salmista se asemeja al mismo Cristo, que se expresa reconociéndose en esa identidad de siervo, que es para hacer la voluntad del Padre, en total disponibilidad y sin reservas. ¡Qué privilegio para todo creyente orar con las mismas palabras que oró Jesús expresando esa entrega libre a la voluntad del Padre! Poder hacer así nuestros sus mismos sentimientos y participar de la misma vocación de Jesucristo. Incluso podemos llegar a afirmar que Él sigue rezando a través de nuestro ser.

En la segunda lectura, tomada ya del Nuevo Testamento, San Pablo, se dirige a la comunidad de Corinto, reconociéndoles asimismo como los que sí han dado crédito al anuncio del evangelio; han validado a Jesús y se han unido a Él de tal manera que ya forman parte de su cuerpo, que es la Iglesia. Los creyentes en el Resucitado recibimos, por la fe y el bautismo, una nueva identidad y tratamos de vivir acorde a ella, invocándole y tratando de realizar ese modo de vida en sintonía con el amor a Dios y al prójimo. No es tarea fácil, pero ahí andamos, tratando de acertar a lograrlo en la medida que podamos. Para ello contamos con la ayuda de la gracia de Dios y de los hermanos.

Y en el evangelio es San Juan Bautista el que nos lo identifica sin lugar a dudas: "Este es de quién dije", es el que os anunciaba, es el que esperábamos y nos estábamos preparando para recibirle. No deberíamos precisar de más testimonios que nos sirvieran para reconocer la identidad del Salvador. Contamos con las profecías, los salmos que nos hablan de Él, los Evangelios, las cartas de los apóstoles, los magos de Oriente que también saben reconocerle y hasta el testimonio del Bautista, que reconoce la acción del Espíritu sobre Jesús. Son testimonios múltiples y conformes, dignos de credibilidad. Sin lugar a dudas Él es.

Tan solo nos falta dar un paso más para reconocer de manera absolutamente segura que Jesús de Nazaret es el que dice ser y el que dicen que es: verificarlo por uno mismo, acercarse a Él y dejarse transformar por su presencia. Entonces, si haces experiencia personal de Cristo, también tú serás de los que confirman que en Él tenemos al Dios con Nosotros, al Cordero de Dios que asume nuestra condición y perdona nuestros pecados, porque nos abre una etapa nueva, un comienzo personal y comunitario más esperanzador. No te dejes engañar, mira a ver si lo que hasta ahora has visto y oído tiene visos de se la gran verdad sobre la que seguir construyendo todas las demás. 

sábado, 10 de enero de 2026

Pasar por ello

PASAR POR ELLO


El agua es un elemento imprescindible para la vida. Tanto sobre la superficie de la Tierra, como bajo ella o en la atmosfera, nos encontramos el agua en sus diferentes estados. Recientemente, en diversos lugares de la península nos ha caído del cielo, además del nacimiento del Niño, el regalo de la nieve. Ojalá se cumpla también esta vez el conocido refrán que afirma aquello "año de nieves, año de bienes". No han sido nevadas excesivamente copiosas, pero las ganas de ventura y bienes (aunque no sean materiales) que nos traen los copos sí que son grandes: una nueva vida mejor para todos, un nuevo comienzo esperanzador.

También el agua es el elemento de mayor presencia en nuestro propio organismo; de ahí la necesidad de hidratarse de manera adecuada. Necesitamos el agua dentro y fuera de nuestro cuerpo, aunque solo sea para la higiene personal, pero también para disfrutar del agua en playas, ríos, lagos y piscinas. El resto de seres vivos también, al igual que nosotros, precisan del agua, no digamos de aquellos que han elegido como su medio vital. Tanto es así que biológicamente la vida primera se originó en el agua, en su seno. Pues espiritualmente el agua aún es el elemento que nos proporciona esa posibilidad de vida en abundancia.

Aún así, el agua, fuente de vida, en ocasiones terribles puede convertirse también en causa de muerte, de desastre natural. Por lo que aquella afirmación de que todo con moderación es lo idóneo, parece que se ajusta a la conveniencia. Por ello, las civilizaciones y culturas se han servido del agua con prudencia y acierto. Los poblados se establecían en lugares de abundancia de agua para humanos, bestias y cultivos. De hecho, tradicionalmente se conducía el agua para asegurar el abastecimiento e incluso para deshacerse de residuos, estableciendo un circuito de entrada y otro de salida mediante canalizaciones. Se construían diques, presas, canalizaciones y se evitaba construir en cauces secos, pues el agua tiene establecido de manera natural sus zonas de paso. Hay que saber beneficiarse de las bondades del agua tanto como respetarla y prevenir los desastres producidos por las trombas y crecidas.

Este domingo, con el que concluimos el tiempo litúrgico de la Navidad, es el domingo llamado del Bautismo del Señor. Pasar a través del agua implica un final y un comienzo. a empezar pero ya en una etapa nueva, con nuevos objetivo, nuevas formas y disposiciones, pues al pasar por el agua del bautismo ha de iniciarse una nueva de ser, es decir, se produce antes y un después. Jesucristo al pasar también por el bautismo de Juan en el Jordán va a dar comienzo su vida pública, dejando atrás la vida doméstica como carpintero anónimo en Nazaret.

Es un gesto enormemente significativo que Jesús, siendo Dios, además de asumir nuestra condición humana plenamente, también quisiese participar del bautismo de Juan, que era un bautismo de conversión, para que así su inmersión en la naturaleza humana fuese aún mayor, y para establecer al mismo tiempo mediante el sacramento del bautismo la puerta de acceso nuestro a su ser. Por el sacramento del bautismo nos incorporamos a Jesucristo y a su Iglesia de manera íntima y definitiva. Efectivamente se establece un antes y un después esencial y existencial en los bautizados, que ya no deberían vivir meramente referidos a sí mismos, instalados en un mundo de intereses mezquinos y materialistas, sino para llevar a cabo el amor a Dios y al prójimo como el modo de impulsar el Reino. La misma revolución de la ternura, o la cultura del encuentro -empleando la terminología del papa Francisco- es la tarea emancipadora de los bautizados, esto es, construir un mundo más humano, más justo, reconciliado y fraterno. ¿No es este el que las personas de buena voluntad ansiamos? 

También es comprensible el reparo del Bautista, que preparaba a sus coetáneos mediante un bautismo de conversión para que así pudieran sumarse al plan emancipador de Dios, que nos regala a su Hijo para hacernos a todos también hijos en el Hijo. El Bautista sabe de su pequeñez ante Jesús, es más bien él mismo, que se reconoce también indigno de atarle la correa de su sandalia, el que ha de ser bautizado por Jesús; pero justamente Aquel a quien va a bautizar es el que le confiere esa dignidad que le capacita para poder bautizar al Salvador, a quien anuncia, reconoce e incluso llega a bautizar. Es el Espíritu el que va propiciando que las cosas que Dios quiere vayan aconteciendo. En esta escena del bautismo del Señor, asistimos a una auténtica teofanía del Dios trinitario: juntos se nos manifiestan el Espíritu que desciende sobre el Hijo y la voz del Padre que nos expresa y revela al Hijo amado. Por ello es este el tema representado en múltiples iconos, porque estamos ante un gran misterio por el que podemos dar gracias a Dios.

No tiene nada que ver hablar de modo exclusivamente teórico a cuando se habla desde la experiencia. El Dios con nosotros que hemos celebrado en este tiempo de Navidad, asume nuestra condición y la experimenta, pasa por ella, por las aguas del bautismo. Nosotros hemos de ser conscientes de nuestra condición de bautizados. Experimentar no solo el agua, sino la gracia y consagración que confiere el sacramento. Por el agua del bautismo estamos unidos ya a Jesucristo, injertados en Él, y por tanto, participamos de su propia muerte y resurrección. Somos y formamos parte del cuerpo de Cristo que es su Iglesia, y también su misión es nuestra misión: vivir el evangelio, amar a Dios, al prójimo, y para ello traer la paz y la justicia a este mundo.

Muchos son los que coincidiendo con esta celebración del bautismo del Señor, son también recibidos en la Iglesia al ser bautizados, tanto niños como adultos. El resto, los que llevamos ya tiempo bautizados, hemos de renovar la identidad y dignidad que recibimos con el sacramento. Que en este año nuevo además empecemos a realizar más fiel y responsablemente la condición de bautizados y seamos con mayor autenticidad miembros vivos y comprometidos de su Iglesia, fermento de nueva humanidad.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

En esta noche

EN ESTA NOCHE


Ahí estamos, suspendidas en la inmensidad de un firmamento inalterable por los siglos de los siglos. O mejor, más que suspendidas, estamos sostenidas, porque el movimiento celeste responde a una extremadamente bella voluntad creadora, gracias a ella ahí permanecemos poblando el cosmos. Desde la tierra sólo algunos especialistas nos escrutan con unas grandísimas lentes y tratan de llevar la cuenta de nuestras dimensiones y de la distancia que nos separan a unas de otras y de ellos mismos. Estudian los inmensos movimientos celestes, sin parar mientes siquiera en la gran maravilla que contemplan. Aunque los niños sí se quedan sobrecogidos ante nosotras, muchos otros humanos adultos se consideran demasiado importantes para detenerse un momento ante el espectáculo sublime del firmamento estrellado. Algunos de ellos tienen un ego tan inflamado que no saben que el universo es más amplio que ellos mismos. Lo mismo les da, porque en realidad es su ignorancia la que es desproporcionada. Sin embargo, nosotras ahí estamos fuentes luminosas entregadas a nuestra labor paciente, independientemente de que alguno de estos engolados humanos se digne a alzar la mirada al cielo. Pero el que mira, se sabe habitado por un enorme misterio.

Por contra, a nosotras, calladas y relucientes, sí nos apasiona observar día y noche lo que los hombres hacen, aunque no sepan que desde arriba no se nos pasa nada por alto. Bien es cierto que nosotras no podemos hablar. Es una gran limitación, porque aunque las palabras andan por dentro como minerales vivos, no logran ser liberadas más que como sordo brillo estelar. Pero en verdad con las palabras también se puede emitir hacia fuera parte de la luz que se tiene dentro, y a la vez, hacerse recepción de las palabras provenientes de otros para alimentar el fuego a que cada una de nosotras se nos entrega. Mas hoy no voy a permanecer muda, ya que he decidido soltar lo que recuerdo de aquella noche sagrada, de la que todas las demás noches son mera reminiscencia, y por ello precisamente todas las noches siguen siendo todavía extraordinariamente cautivadoras.

Vais a perdonarme si me equivoco, pues por falta de costumbre en el ejercicio de la escritura, no estoy segura de lo que digo, pero es posible que toda la vastedad inmensa del universo estuviese preparándose para aquella ocasión. La tierra dejó de ser un mero planeta más para convertirse en el lugar central que toda la infinitud del cosmos abrazaba con sumo cuidado. Y todo encontró entonces su lugar preciso y precioso. Los humanos algo fuera de lo normal debieron notar, pues desde entonces y para siempre comenzaron a datar de nuevo la historia. Se hizo un presente absoluto, como si el tiempo se volviera eterno por unos instantes. Y es que, digámoslo así, como esa noche ninguna. Cada estrella, cada astro, cada cometa, todo seguía en su movimiento entrelazando una perfección aún más acusada. El silencio era música y la música profundísimo silencio en que se mostraba la noche para acompañar a esa jovencita que estaba de parto, junto a su esposo, en el tosco cobijo que daba el portal convertido en establo a la pobre luz de una humilde hoguera. Era noche cerrada, pero todas nosotras con una intensidad nunca vista, ahí estábamos, alumbrando con la mayor dicha generosa de que éramos capaces. Nuestro artífice, el que nos dio la hechura y consistencia, ahí estaba naciendo como un ser humano más.

Aunque lo cuento como recuerdo al trasladarme a aquella noche, las palabras me dificultan contar los hechos con fidelidad, porque en realidad nunca ha dejado de estar nítidamente presente en mi ser de ahora, de ayer, de siempre. Esa noche, que los humanos llaman Nochebuena yo aprendí a brillar de verdad, sin orgullo ninguno, pues si Dios se nos había vuelto criatura, entonces la grandeza está en ser lo que uno es, pero en la pequeñez, la humildad, la sencillez y la verdad. Si la luz había nacido, nosotras debíamos aprender a lucir así para llevar la luz más sincera a cuantos la necesitan. Creo que como todo cobró vida, yo descubrí que además de callar y brillar, puedo expresarme en palabras. 
    
A la par que el Señor había descendido, nos hubiese gustado descender con Él, inundar de luz al Salvador, pero no era en absoluto necesario, con su luz bastaba, y nosotras desde nuestros respectivos lugares tan solo éramos fiel reflejo de su gloria. Sé que no vais a creerme, pero creo que desde esa noche lloro de intensa emoción, y así, al amanecer, está el suelo perlado de rocío. Aquella noche descubrí que podía también llorar, pues dentro de mí llevo parte del amor que en la tierra había nacido.

Fueron muchos pastores a presenciar lo mismo que nosotras estábamos presenciando. Nunca ya podrían olvidarlo, ahí delante de sus ojos estaba el Eterno de carne y hueso, capaz de ser adorado, ignorado u odiado; amado, cuidado y seguido u odiado, dependiendo del corazón de cada uno. Si se sabe elegir lo mejor, como nosotras. se podrá resplandecer, porque se habrá encontrado aquello que más se anhela.

Y ya me callo, porque te recuerdo que todo esto que has leído no ha podido ser por que las estrellas no hablamos ni escribimos ni lloramos. Mejor olvídalo, y cuando mires al cielo solo recuerda que así, en una noche serena y estrellada como la que estés viendo, con un cielo extraordinario como el que contemplas, Dios escribió la más bella página de la historia de salvación haciéndonos a todos hermanos. Y yo estaba allí para contártelo, no con palabras, con el brillo candoroso que desde entonces arde en mi interior. Y si te dignas a mirarme cualquier noche, aunque no sepas identificarme, yo te estaré anunciando con esplendor que Dios está siempre naciendo.

sábado, 20 de diciembre de 2025

El Gordo

EL GORDO


Llega el gordo. Todos hemos corrido a hacernos con algún décimo y andamos por ahí pendientes de que salga el gordo y engorde de paso nuestras maltrechas economías. Es una tradición que sigue manteniéndose incluso por los que no son muy partidarios de conservar las tradiciones; y es que a mayor venta de números, mayor beneficio para las arcas comunes. Todos jugamos, unos a otros nos compartimos algún número, pero el que tiene el premio asegurado es el que inventó el sorteo: Apuestas y Loterías del Estado al menos se queda con el 30% de lo recaudado. Por tanto, que siga y siga girando el bombo y haya suerte.

Pero con el genuino sorteo de Navidad el que viene y el que toca seguro es el Niño Dios. Ese por el que celebramos estas fiestas, el que viene seguro y toca también seguro es el que parece estar ausente entre tanta algarabía con la que la sociedad se adorna en estos días. Parece un contrasentido, pero no lo es; estamos tan metidos en lo que debe ser la Navidad, que su verdadero sentido se nos queda traspapelado. El gran regalo del cielo nos toca a todos, y no el reintegro ni la pedrea, sino el gordo de lleno: nos nace el Salvador, el Dios con nosotros. ¡Como para no celebrarlo!

Nos cuenta el profeta Isaías que el rey Ajaz no quería saber ni siquiera el signo de la llegada del mesías, no le debía interesar gran cosa, bastante tenía con preocuparse de sí mismo, pero Dios sí le da ese signo que no pedía: nacerá un niño hijo de la luz de una virgen y su nombre será Emmanuel. A ese número si quieres puedes jugar, a ver si a su debido tiempo, cuando llegue el sorteo, te toca el gran premio, el más esperado.

Por ello, tanto el salmo como la segunda lectura de este cuarto domingo de Adviento, con la Navidad a la vuelta de la esquina, son indican el modo en que podemos disponernos para recoger ese gran premio gordo que nos va a caer. Tenemos la gran suerte de estar llamados a recibir esa extraordinaria recompensa por la obediencia de la fe, si reconoceremos al Rey de la Gloria que va a entrar en nuestra historia y en la historia colectiva, así se transformarán tu vida y la de los otros en historia de salvación.

En el Evangelio este domingo vemos como acoge San José primero al ángel que se le aparece en sueños, para después aceptar y cuidar a María con la certeza de que el niño que trae su esposa en su seno es Hijo de Dios y viene del Espíritu Santo. Hay que ser un ser humano extraordinario para tener esa apertura para escuchar el lenguaje de Dios, los mensajes que nos traen los ángeles. No todos somos capaces de tener esa disposición para las maravillas del Señor. Ahí está el boleto de la lotería premiado y sacarle todo el partido posible. A la grandeza y generosidad de Dios, que nos trae a su propio Hijo hecho hombre, se corresponde la grandeza y generosidad del humilde José. Entonces, cuando confluyen ambas entregas mutuas, la de Dios y la del hombre, todo es posible. La Navidad es ese tiempo de encuentro.

Ya no queda nada para el sorteo de Navidad, y poco más para que en nosotros celebremos la llegada del Hijo de María y José. Es ese recién nacido que podéis ver envuelto entre pañales y acostado en un pesebre. Es el Dios humilde que acoge nuestra misma condición y se hace mortal. Que esta Navidad seamos como José, como María, como los pastores, y acojamos con esa ilusión los proyectos de Dios para cada uno de nosotros. Será una noche auténtica y maravillosa, en la que luce Él y las estrellas, no nosotros, que quedaremos sobrecogidos ante la belleza del Todopoderoso que se nos hace frágil y pequeño.

El nacimiento de Jesucristo nos enseña que hemos de nacer nosotros a Dios, aprender a amar, amarnos y dejarnos amar. Esta Navidad es una gran oportunidad, un premio extraordinario. El gordo es seguro si nos volvemos sencillos, sin que siquiera lo pregonen los telediarios. No es cuestión de azar ni de suerte, más bien de disponibilidad. Si Dios se abaja del cielo, también nosotros nos podemos apear de nuestros hábitos e inercias, para descubrir en lo oculto lo verdadero; pero para ello habrá que marchar hasta aquella aldea insignificante llamada Belén, hasta allí si quieres te guiará la luz que brilla en lo hondo de los hombres que buscan la voluntad de Dios. Si quieres estás premiado. Nos llega el gordo del amor mayor.

EL COLEGIO SANTA MARÍA DE LA PROVIDENCIA

OS DESEA  A TODAS LAS FAMILIAS

UNA MUY FELIZ NAVIDAD