Blog de la Pastoral del Colegio Santa Mª de la Providencia
sábado, 25 de abril de 2026
Remontar la corriente
sábado, 18 de abril de 2026
Promesa cumplida
PROMESA CUMPLIDA
Lo normal sería poder fiarse de la palabra dada. Según parece, antes era costumbre ampliamente extendida cumplir con lo que se decía, porque la palabra comprometía y había que mantenerla o perder todo el prestigio. Tanto es así que para llegar a un trato no se precisaba contrato alguno, con el acuerdo verbal bastaba y sobraba. Al que después no se atenía a lo fijado se le reclamaba aquello de "Donde dije digo, digo Diego". El figura que no se atenía a lo que había dicho, perdía el respeto del resto y no sabía ya dónde meterse, pues se echaba tan mala fama encima, que tal vez no lograría quitársela jamás y perdía toda la credibilidad. Hoy, sin duda, con esto de la evolución y el progreso, hemos debido mejorar mucho, puesto ya no es preciso mantener lo que se dice, está del todo obsoleto: nada compromete. Hoy se puede afirmar cualquier cosa y mañana, con toda la cara dura del mundo, se puede negar haberlo dicho. Total no pasa nada, pues el que trata de engañar a toda costa mediante la artimaña de que su supuesta sinceridad, se va a imponer sobre tu escasa y obtusa memoria. Él es el listo, el resto unos incautos.
Y así nos va, pues con la entrada de lleno en el terreno yermo de la desconfianza, abrimos la veda para la mentira descarada. Se niega la mayor, lo evidente, puesto que nadie asumirá su responsabilidad, y asunto zanjado. Todo vale, con tal siempre no se pueda demostrar quién no cumplió con lo prometido. Si ni los unos ni los otros ya no vamos a intentar responde ni mantener los acuerdos, aunque estos sea de mínimos, salta por los aires toda posibilidad de entendimiento, de convivencia, de diálogo, y nos encontraremos entonces, por propio mérito, en las puertas de la barbarie, porque las posibilidades para la civilización terminarán por agostarse. Habremos acabado con ella. El hombre contra el hombre estará servido.
Pero que no cunda el pánico, puesto que ni todo el mundo se ha pasado ya al lado oscuro ni está por hacerlo. Así pues, a pesar de esos que se caracterizan por un comportamiento tan indecoroso, no van a ser capaces de destruir a una comunidad, que sí es capaz de aguantar el tipo y cumplir con sus compromisos. No salen en los medios de comunicación, pero andan entre nosotros, tienen nombre, apellidos y domicilio; pasean por nuestras calles y no tergiversan de buenas a primeras lo que dijeron. Son sencillamente personas de las que uno se puede fiar, y nos consta por experiencia su nobleza y ausencia de doblez; estos sí que mantienen y mantendrán su palabra.
En el Antiguo Testamento leemos una serie de promesas en forma de alianza que Dios establece con los hombre. Esa promesa mesiánica Dios la cumple, y lo hace de manera imprevista en su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador. No eran ni fanfarronadas, ni meros delirios de los hombres ahítos de la vastedad del cielo y del desierto, sino que eran profecías de las que sí merecía la pena fiarse. Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, bien claro lo afirma. Poco margen de duda queda, en el que murió en la cruz es posible reconocer al Salvador, porque no sólo pasó por la vida haciendo el bien a todos, anunciando la irrupción del Reino de Dios y su justicia, es que además ha resucitado para resucitarnos también. No han podido con Él ni los temores de los poderosos y sus tramas, ni la crueldad extrema de los que se ensañaron con Él, ni tampoco las múltiples traiciones de sus amigos, porque la fuerza del que no abandona, el Padre, en quien se sostenía, estaba cumpliendo la promesa dada. Por ello, los que reconocen el cumplimiento de las promesas de Dios en Jesucristo se convierten y cambian radicalmente su manera de orientarse en la vida. Han descubierto que la palabra dada por Dios y renovada en Jesús no defrauda.
Que bueno sería, que seguros en el cumplimiento de la Palabra que se encarna y salva, que se nos abrieran los ojos a una realidad nueva y resucitada. Iban dos inmersos en su decepción, pues los sueños que se habían atrevido a trazar parecía que de un recio golpazo se les habían venido abajo. El Maestro, por el que habían apostado, había acabado como un auténtico perdedor. Sin embargo, ahí estaba con ellos, haciéndose el encontradizo con ellos y de esta forma poder abrirles el entendimiento e iluminarles la realidad que no llegaban a descubrir.
Y es que a menudo vivimos sumidos en una lógica humana eminentemente básica, valida para nuestros afanes, pero inservible por completo para las cosas de Dios, para las cosas del espíritu. Hay que resucitar con el resucitado para empezar a descubrir todo lo que está ahí, más íntimo a nosotros que nosotros mismos, más intrínseco a la realidad en que nos movemos y existimos, para llegar a percibir esa presencia diáfana y misteriosa de Jesucristo resucitado y resucitante entre nosotros. Con sólo creer ya le estás dando permiso a Dios para que empiece a operar esa transformación silenciosa en ti, que es producto de esa nueva vida que Él nos otorga. Él dio la vuelta y del fin hizo el gran comienzo. También nosotros podemos hacer realidad lo que su Pascua supone.
Que en este tiempo pascual recorramos el camino de regreso a Emaús, como aquellos dos discípulos de los que nos habla hoy el Evangelio. Él se nos va a aproximar y va a propiciar un encuentro que nos va a marcar. Cristo es el Dios con nosotros, verdadero encuentro, dispuesto a salir al camino de toda oveja perdida. Detectemos los signos que nos avisan que la verdad de Dios está ahí proponiéndonos ese reconocimiento del definitivo cumplimiento de la promesa de su amor, para que le descubrirle en la fracción compartida del pan y regresemos prestos también nosotros al encuentro con nuestros hermanos. Entonces ya sí podremos ser testigos veraces, hombres de palabra, que hablan desde la experiencia de Dios, que es absolutamente de fiar, porque siempre está cumpliendo su promesa salvífica.
sábado, 11 de abril de 2026
Con sencillez de corazón
CON SENCILLEZ DE CORAZÓN
La nueva vida, que brota de la resurrección de Jesucristo, debería hacerse palpable, o al menos notoria, en lugar de pasar inadvertida entre el ruido de los bombardeos. En ningún caso puede pasar desapercibida la gran noticia de que verdaderamente ha resucitado. Nos hemos acostumbrado los cristianos a no armar jaleo, a la discreción, a la modestia para no causar demasiadas molestias, a que nuestras celebraciones pasen exclusivamente dentro de los templos, o como mucho en alguna que otra procesión, siempre en fechas señaladas y contando con la autorización de la autoridad competente. Es verdad que en el pasado había que esconderse, porque afirmar que el que había muerto en la cruz estaba vivo, acarreaba unas drásticas consecuencias. Sin embargo, ahí estaban dando un valiente testimonio que con frecuencia les costaba la propia vida. Aunque hoy en día en muchos sitios sigue habiendo una persecución de cristianos, en nuestro entorno no suele ir más allá de ser mal mirados y tachados si acaso o de ilusos, soñadores o carcas recalcitrantes. En cualquier caso, esto no puede impedir que mostremos en nuestros rostros la alegría pascual que nos desborda. Pues si hemos muerto con Cristo, y afirmamos que Él ha resucitado, todos nosotros debemos resucitar con Él. Que se digan: "Mirad, estos que se denominan cristianos, viven con un optimismo que no sabemos de dónde les vendrá."
Cierto es que si uno levanta la cabeza y contempla lo que está aconteciendo, se le deberían bajar seriamente los ánimos y la esperanza: cerrazón, oscuridad, hostilidades, corrupción, egoísmo feroz y falta de humanidad. Pero aunque no pinte bien, aunque el panorama no sea demasiado halagüeño, sí que se están dando indicios, a los que bien podríamos denominar con José Luis Martín Descalzo como motivos para la alegría y para la esperanza. Cristo ha resucitado y está resucitando, ¿acaso no lo percibís? Hay mucha gente ya está buscando algo más, mucha gente, ya desengañada del mundo exclusivamente material que nos tratan de vender; numerosas personas que retoman esa inquietud espiritual tan propia de los seres humanos. Parece que hay personas que están despertando, a pesar de los esfuerzos de algunos poderosos manipuladores por lograr una alienación completa, atajando cualquier inquietud o curiosidad en los seres pensantes.
En la primera lectura de este segundo domingo de Pascua podemos ver a los primeros discípulos empezando a configurar con la sencillez de corazón las primeras comunidades cristianas. Capaces de romper con el sistema imperante tan sólo sustentados en la experiencia de la resurrección. Nada ni nadie han podido acabar desde entonces con aquello que empezó siendo sólo un débil movimiento religioso que se iniciaba y que parecía condenado a un rotundo fracaso; pero continuó y sigue continuando, transformando la historia, porque no era cosa sólo de hombres, sino también de Dios, y el mundo precisaba entonces -e igualmente precisa hoy- la orientación del revolucionario mensaje de Jesús. Ningún otro libera tanto a los seres humanos y los capacita para desplegar las mayores expectativas. Ya ni la muerte ni el mal nos limitan, porque el Nazareno vive y nos surte de su Vida.
Insensatamente la ciencia anda promoviendo unas mejoras, e incluso la superación de lo específico de la identidad de la naturaleza humana, puesto que parten de una comprensión rotundamente negativa de nuestra condición. Estas posturas son conocidas como transhumanismo y posthumanismo. Pero desde la experiencia pascual ya queda extraordinariamente ampliada la visón de lo que somos: auténticos hijos de Dios muy amados y llamados a participar de una vida plena, aquí y en la vida eterna. No puede haber perspectiva mejor ni más optimista, ya que, por el origen y por la transformación pascual, llevamos el don de la vida divina. Desarrollemos, pues, la condición del hombre en toda su potencialidad y apoyémosla reconociendo su dignidad, en lugar tratar de anularla con procedimientos tecnológicos y tecnocráticos.
Con sencillez de corazón descubrieron a Jesucristo absolutamente vivo y presente en sus vidas, en sus afanes diarios, y por ello creyeron, no en un fantasma, sino en el mismo Jesús resucitado, que tal y como les había prometido resucitaría y estaría con ellos hasta el final de los tiempos. Y es que la fe ya en sí es un pasar de la muerte a la vida, del desencanto al entusiasmo, de no ver salida al ver todas las posibilidades que andaban ahí ocultas. Y es que la fe requiere un nuevo mirar que llega a descubrir aquello que, además de los sentidos y de la razón, requiere poner el corazón y el alma. Creer es una apuesta a lo grande y que transforma la vida.
En evangelio aparece plasmado ese cambio radical operado en Santo Tomás: de no creer en lo que no ve ni puede tocar, a poder tocar y ver porque se cree. Y para ello se precisa esa sencillez de corazón para fiarse de las cosas admirables de Dios, ese Dios que no impone, sino que nos invita a reiventarnos por la fe y el aliento transformador de Jesús. Entonces va a ser que la segunda creación ya no es la que nos narra el Génesis, sino la que podemos desplegar aprovechando que Jesús ha resucita y nos resucita. Es una segunda creación en cada uno de nosotros y también en el nosotros que perseveraban unidos en la fracción del pan. En esta ocasión la segunda creación cuenta con nuestra libertad para creer y para crear otro yo y otro mundo que todavía casi no podemos ver ni tocar, pero sí hacer posible. Es el Reino de Dios, que empieza cuando creemos y, junto con los hermanos y con Cristo presente en medio de nosotros, vamos a hacer posible.
Sí, es cierto, hace falta tener sencillez de corazón y buena voluntad, capacidad de salir de uno mismo, apertura, ilusión, amor generosidad, implicación y mucho espíritu. Y hay veces que el corazón, con todo los que nos están echando encima, parece que está condenado a meramente ir tirando, pero no es así; es posible la vida con mayúsculas, la vida de veras, la vida que Jesucristo al resucitar nos da en abundancia. Esto es la Pascua, pasar de la muerta a la verdadera Vida, porque ni el mal ni la muerte pueden tener ya la última palabra, sino que el sí, sólo tu sí, marca la diferencia. ¡Sí, Señor, voy con la sencillez de mi corazón para con el resto de mis hermanos acudir a Galilea para lo que Tú nos propongas!
sábado, 4 de abril de 2026
Resucita
RESUCITA
el sol que quiebra la noche y la disipa
en abrazo deslumbrante y nos regala
Nada pueden ya los miedos
¡Y es que hoy es nuestra Pascua!
en el pan reciente, en el saludo fraterno, y en los afanes cotidianos
a que nos comprometemos por un mundo todavía humano,
tampoco esta vez por la inercia de la traición continuada,
resucita el que aún afirma las ganas de ser
prosigue con la mirada del corazón indómita,
dispuesto a amar con inocente ternura,
transformando las heridas en abundante bálsamo sanador,
en comprensión compasiva y fiel confianza,
para que el amor haga posible
y el ser humano de nuevo se encuentra libre
regresan entonces los pájaros con sus cantos,
Resucita aquel que no cede al mal cruel y destructivo,
al egoísmo ciego, al abrupto individualismo depredador,
ni al olvido del vínculo con el rostro hermoso del hermano.
Resucita y hace que caigan los muros
despuntando el inocente milagro de la primavera en el espíritu.
y con Él se reestablecen nuestras fuerza para volver a apostar
por lo que el amor redignifica,
por lo que en verdad merece la pena desvivirse,
por lo que descubre el corazón, sabio y atento.
¡Y es que hoy es nuestra Pascua!
Resucita cada día -y si quieres tú con Él-
a un protagonismo de tu propia existencia no vivida en vano,
sino para dar vida plena en la afirmación
dentro de la comunidad que cree y celebra
¡Y es que hoy no podemos callar,
sábado, 28 de marzo de 2026
Entrar para salir
ENTRAR PARA SALIR
sábado, 21 de marzo de 2026
El amor más fuerte que la muerte
EL AMOR MÁS QUE LA MUERTE
Si hay un tema recurrente en la literatura universal, este bien podría ser el de la victoria del amor sobre la muerte. Los seres humamos vivimos y aprendemos a vivir siendo amados y a ir vinculándonos con otras personas también amándolas. La felicidad -tantas veces buscada por todos- parece lograrse sólo con esa meta del amar y sentirnos amados. Un amor fiel que cuida y nos acompaña a lo largo de la vida nos da plenitud y sentido. Sin embargo, a lo largo de la vida hemos también de aprender también a despedirnos, pues ese amor esencial de y hacia los demás que nos colma y nos hace sentir vivos, no puede mantenerse para siempre, como efectivamente quisiéramos. La muerte irrumpe y destroza esa estabilidad que nos resulta indispensable para seguir viviendo. Cada vida posee un inicio y un fin, al menos biológicamente hablando, y esto, por duro que sea hay que asumirlo y aceptarlo.
Dicen que hay muchas experiencias llamadas cercanas a la muerte, donde algunos pacientes clínicamente muertos, misteriosamente regresan a la vida. Como si fuese pronto para partir, como si aún tuviesen que continuar viviendo a partir de esa experiencia que después tratan de expresar como luminosa. De alguna manera, además, la vida implica necesariamente un morir, una renovación celular continua y un paso del tiempo que de modo natural nos acerca al final, como si se tratara de un libro, que cada palabra, cada renglón, cada página, nos permite ir dejando atrás otras muchas y nos va conduciendo a la página en que la lectura concluye nuestra lectura.
El pensador y divulgador Eduard Punset solía recordar que la pregunta no era sólo si había vida después de la muerte, sino que había que preguntarse también si hay vida antes de la muerte. Y es que entre unas cosas y otras, lo más importante se nos puede estar pasando sin que ni siquiera nos enteremos. Se trata de vivir conscientemente una vida humana, pues si sólo prestamos atención a lo urgente, a la actividad incesante que apremia por doquier, estaremos sobreviviendo como podemos, se nos quedarán cortas las veinticuatro horas del día, y estaremos seriamente ansiosos por tratar de abarcar lo inabarcable, pero no nos estaremos más que de hacer, pero no de ser. Y la vida, sin duda está para serla, desarrollarla, desplegarla y compartirla con los demás, sea o no sea primavera. La vida es proyecto no mera eficacia.
Y si así andamos muchos, otros hay aún peor: sin saberlo se han esclavizado a sus smarphones, andan subyugados a la poderosa pantalla de las distracciones banales, mirando y mirando sin pausa aquello que ni son ni van a ser, sin advertirse que bien podrían ocuparse de su propia libertad. Y es que la paradoja es que se creen poderosamente libres, cuando han renunciado a todo por el ejercicio de hiperatención obnubilante que les posee. Sí, si prestas atención verás en derredor muertos vivientes, sin rumbo ni más meta que conseguir contenidos y emociones fáciles, esa es su tarea despersonalizadora, ese es su soma y su perdición. Creen ser felices, sólo porque no saben en qué consiste eso de la libertad y de la felicidad. ¡Ay, si abrieran los ojos y descubrieran un horizonte inmerso que se abre más allá de lo digital!
Y es que en este V domingo de Cuaresma se nos habla de que estamos vivos y hemos de vivir de veras. Que tenemos que disponernos a romper con las ataduras de una mortaja que aún no toca. Que Dios es un Dios de vivos, que nos regala su Espíritu vivificador. Que estamos hechos para la vida, una vida realizada en el amor y que es mucho más fuerte y poderosa que la muerte. Dios es eterno y al asumir nuestra condición mortal, nos capacita para vivir sin límite. Ya no acabará la vida con la muerte, sino que la vida continúa precisamente en el amor de Dios. Aceptemos esa inhabitación del Espíritu liberador que sana y aviva. Habrá sin duda una vida nueva antes y después de la muerte, porque sí, el amor es y será siempre más fuerte que la muerte.
Lo escuchamos en la profecía de Ezequiel, en el salmo 129 y en la carta de San Pablo a los Romanos: hemos de pasar ya de la muerte a la vida. Es posible dejar las obras de la muerte y empezar a ser de una manera nueva y plena, vivos porque Dios nos vive dentro y nos hace ver todas las cosas y personas de manera nueva. Es seguro que esta Cuaresma nos lleva hasta Jerusalén, allí Jesús hará su entrada triunfal, pero ese reconocimiento traerá sus consecuencias, van a traicionarlo, a abandonarlo y a condenarlo a morir en el suplicio. Pilatos dirá de Él que he aquí el hombre, ese Dios y hombre verdadero que no se reservará nada de sí, porque el amor en Él es de tal manera que superará la muerte. Con su muerte nos da la vida a todos, el Resucitado nos resucita a los que con Él hemos optado por unirnos a su amor.
En el evangelio vemos a Jesús con Marta y María, las hermanas de Lázaro, su amigo. Jesús se conmueve ante su muerte, descorre la lápida de la muerte, le llama, y aunque ya llevaba varios días bajo el dominio de la muerte, de devuelve a la vida, porque el amor es mucho más fuerte que cualquier limitación. Jesús es la Resurrección y la Vida, quien cree en Él y le ama, no morirá para siempre, sino que en ese mismo amor estará ya vivo para siempre. ¿Crees esto? ¿Estás dispuesto a vivir de veras?
sábado, 14 de marzo de 2026
En un abrir los ojos
EN UN ABRIR LOS OJOS
Un privilegio extraordinario, una maravilla enorme, la capacidad de poder ver. Aquellas personas privadas del sentido de la vista aprenden a vivir con esa limitación y afinan la percepción con otros sentidos. Pero los que sí disponemos de la capacidad de ver, deberíamos mirar y admirar esta realidad luminosa que se nos ofrece a través de los ojos. Aunque ciertamente da pena que cada vez vayamos reduciendo el uso de tales órganos para solo contemplar ese mundillo virtual que las pantallas nos ofrecen. ¿No será mejor alzar los ojos de la pantalla para atender a las personas, a los parajes, al cielo, al arbolado que se desvive en esta primavera? ¿Qué hemos hecho con nuestra sana curiosidad y dónde se nos ha quedado la sensibilidad?
Al igual que los salmistas se refieren a las efigies de los dioses, que tienen ojos pero no ven, tienen oídos pero no oyen, tal vez a nosotros también nos esté pasando algo parecido, pues cada vez vemos menos por estos ojazos que tenemos, y cada vez escuchamos menos y peor con estas orejas enganchadas permanentemente a unos potente auriculares que nos ensordecen voluntariamente. Y sí, admitámoslo: este tipo de sorderas y cegueras elegidas, que nos impiden apreciar la realidad tal cual es, no proceden sino de un uso torpe de nuestra libertad, una libertad no liberada, que no se atreve a vivir conscientemente como seres humanos, porque preferimos renunciar a ella.
Esas cegueras y sorderas son precisamente las que Jesucristo puede liberar, puesto que está siempre dispuesto a ello si nosotros así lo deseamos, aunque a menudo son también estas las que motivan que no reconozcamos a Aquel que viene a encontrarse con nosotros y nos alejemos. Ese camino de encuentro con Él es la Cuaresma, el tiempo para lograr quitarnos de tanto lastre que nos hemos ido echando a las espaldas. Pero Él, a través de su palabra nos facilita el medio en que podemos abrir los ojos y reconocer al Dios que nos invita a su amor. Cristo sí que nos quiere ver a nosotros. Aunque estemos lejos o ciegos o sordos o perdidos o escondidos, nos ve bien cercanos, no nos rechaza ni se escandaliza, sino que nos acepta incondicionalmente.
Es por eso que a este cuarto domingo de Cuaresma se le denomina "Laetare". Hemos de alegrarnos porque la Cuaresma no es un itinerario tortuoso a evitar, sino una vía de descubrimiento y liberación que nos propone la Iglesia para reconocer y amar a Jesús, nuestro Salvador. Es un tiempo para abrir los ojos a la gran verdad de lo que somos y podemos ser. Si vamos avanzando en la transformación cuaresmal, en esa limpieza requerida para apreciar el don de Dios, podremos efectivamente sentir el júbilo de ir realizando un buen trabajo cuaresmal, un crecimiento interior.
Cuando Samuel va a la casa de Jesé siguiendo las mociones del Espíritu, en el hijo más pequeño. que ni siquiera constaba, el último de todos ellos, justo en ese el profeta identifica al que el Señor sabe ver, no como miramos los hombres, por la mera apariencia exterior, por una primera impresión superficial, sino como nos ve Él, por nuestra capacidad de amar y hacer el bien. Dejémonos también nosotros mirar así, como miran los que aman, sin miedo ni vergüenza, con aprecio, y aprendamos a abrir los ojos, los ojos del espíritu, para mirar como Dios nos mira. David, el más joven, es el que es elegido para protagonizar esa aventura de libertad y amistad con Dios.
Que al igual que Jesús abre los ojos al cielo de nacimiento en el evangelio de hoy, dejémonos abrir también nosotros los ojos por Él. Dejaremos atrás el mundo feroz de la oscuridad para empezar a ser hijos de la luz, hacedores de bien y verdad, artífices y servidores alegres del Reino. Frente a la necedad intransigente de los fariseos, que ni siquiera se alegran por el bien recibido de la vista en el ciego, pues se oponen a Jesús, que sana y salva a los hombres porque lo hace incluso en sábado. Resulta que son ellos los auténticos ciegos para distinguir las acciones de Dios, la luz del mundo presente y actuante. Sin embargo, el ciego no sólo recupera la vista, también, además, se le abren los ojos de la fe para contemplar al Hijo del hombre delante de sí. Ve y se deja ver por el Mesías.
Pues si nosotros vamos abriendo los ojos como nos pide la transformación cuaresmal, también podremos situarnos junto a Él, acompañarle hasta Jerusalén; ver y vivir intensamente estos días que se acercan de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Veremos de una manera radicalmente nueva a toda criatura, de forma semejante a como la ve el mismo Resucitado. Somos su pueblo, el nacido de la pascua, y ya no podemos ver un mundo abocado a la disputa permanente, a la polarización, al conflicto fratricida y al absurdo, sino que vemos con esos ojos en que siempre triunfarán la misericordia y el amor de nuestro Padre.






