sábado, 11 de abril de 2026

Con sencillez de corazón

CON SENCILLEZ DE CORAZÓN


La nueva vida, que brota de la resurrección de Jesucristo, debería hacerse palpable, o al menos notoria, en lugar de pasar inadvertida entre el ruido de los bombardeos. En ningún caso puede pasar desapercibida la gran noticia de que verdaderamente ha resucitado. Nos hemos acostumbrado los cristianos a no armar jaleo, a la discreción, a la modestia para no causar demasiadas molestias, a que nuestras celebraciones pasen exclusivamente dentro de los templos, o como mucho en alguna que otra procesión, siempre en fechas señaladas y contando con la autorización de la autoridad competente. Es verdad que en el pasado había que esconderse, porque afirmar que el que había muerto en la cruz estaba vivo, acarreaba unas drásticas consecuencias. Sin embargo, ahí estaban dando un valiente testimonio que con frecuencia les costaba la propia vida. Aunque hoy en día en muchos sitios sigue habiendo una persecución de cristianos, en nuestro entorno no suele ir más allá de ser mal mirados y tachados si acaso o de ilusos, soñadores o carcas recalcitrantes. En cualquier caso, esto no puede impedir que mostremos en nuestros rostros la alegría pascual que nos desborda. Pues si hemos muerto con Cristo, y afirmamos que Él ha resucitado, todos nosotros debemos resucitar con Él. Que se digan: "Mirad, estos que se denominan cristianos, viven con un optimismo que no sabemos de dónde les vendrá."

Cierto es que si uno levanta la cabeza y contempla lo que está aconteciendo, se le deberían bajar seriamente los ánimos y la esperanza: cerrazón, oscuridad, hostilidades, corrupción, egoísmo feroz y falta de humanidad. Pero aunque no pinte bien, aunque el panorama no sea demasiado halagüeño, sí que se están dando indicios, a los que bien podríamos denominar con José Luis Martín Descalzo como motivos para la alegría y para la esperanza. Cristo ha resucitado y está resucitando, ¿acaso no lo percibís? Hay mucha gente ya está buscando algo más, mucha gente, ya desengañada del mundo exclusivamente material que nos tratan de vender; numerosas personas que retoman esa inquietud espiritual tan propia de los seres humanos. Parece que hay personas que están despertando, a pesar de los esfuerzos de algunos poderosos manipuladores por lograr una alienación completa, atajando cualquier inquietud o curiosidad en los seres pensantes.

En la primera lectura de este segundo domingo de Pascua podemos ver a los primeros discípulos empezando a configurar con la sencillez de corazón las primeras comunidades cristianas. Capaces de romper con el sistema imperante tan sólo sustentados en la experiencia de la resurrección. Nada ni nadie han podido acabar desde entonces con aquello que empezó siendo sólo un débil movimiento religioso que se iniciaba y que parecía condenado a un rotundo fracaso; pero continuó y sigue continuando, transformando la historia, porque no era cosa sólo de hombres, sino también de Dios, y el mundo precisaba entonces -e igualmente precisa hoy- la orientación del revolucionario mensaje de Jesús. Ningún otro libera tanto a los seres humanos y los capacita para desplegar las mayores expectativas. Ya ni la muerte ni el mal nos limitan, porque el Nazareno vive y nos surte de su Vida.

Insensatamente la ciencia anda promoviendo unas mejoras, e incluso la superación de lo específico de la identidad de la naturaleza humana, puesto que parten de una comprensión rotundamente negativa de nuestra condición. Estas posturas son conocidas como transhumanismo y posthumanismo. Pero desde la experiencia pascual ya queda extraordinariamente ampliada la visón de lo que somos: auténticos hijos de Dios muy amados y llamados a participar de una vida plena, aquí y en la vida eterna. No puede haber perspectiva mejor ni más optimista, ya que, por el origen y por la transformación pascual, llevamos el don de la vida divina. Desarrollemos, pues, la condición del hombre en toda su potencialidad y apoyémosla reconociendo su dignidad, en lugar tratar de anularla con procedimientos tecnológicos y tecnocráticos.

Con sencillez de corazón descubrieron a Jesucristo absolutamente vivo y presente en sus vidas, en sus afanes diarios, y por ello creyeron, no en un fantasma, sino en el mismo Jesús resucitado, que tal y como les había prometido resucitaría y estaría con ellos hasta el final de los tiempos. Y es que la fe ya en sí es un pasar de la muerte a la vida, del desencanto al entusiasmo, de no ver salida al ver todas las posibilidades que andaban ahí ocultas. Y es que la fe requiere un nuevo mirar que llega a descubrir aquello que, además de los sentidos y de la razón, requiere poner el corazón y el alma. Creer es una apuesta a lo grande y que transforma la vida.

En evangelio aparece plasmado ese cambio radical operado en Santo Tomás: de no creer en lo que no ve ni puede tocar, a poder tocar y ver porque se cree. Y para ello se precisa esa sencillez de corazón para fiarse de las cosas admirables de Dios, ese Dios que no impone, sino que nos invita a reiventarnos por la fe y el aliento transformador de Jesús. Entonces va a ser que la segunda creación ya no es la que nos narra el Génesis, sino la que podemos desplegar aprovechando que Jesús ha resucita y nos resucita. Es una segunda creación en cada uno de nosotros y también en el nosotros que perseveraban unidos en la fracción del pan. En esta ocasión la segunda creación cuenta con nuestra libertad para creer y para crear otro yo y otro mundo que todavía casi no podemos ver ni tocar, pero sí hacer posible. Es el Reino de Dios, que empieza cuando creemos y, junto con los hermanos y con Cristo presente en medio de nosotros, vamos a hacer posible.

Sí, es cierto, hace falta tener sencillez de corazón y buena voluntad, capacidad de salir de uno mismo, apertura, ilusión, amor generosidad, implicación y mucho espíritu. Y hay veces que el corazón, con todo los que nos están echando encima, parece que está condenado a meramente ir tirando, pero no es así; es posible la vida con mayúsculas, la vida de veras, la vida que Jesucristo al resucitar nos da en abundancia. Esto es la Pascua, pasar de la muerta a la verdadera Vida, porque ni el mal ni la muerte pueden tener ya la última palabra, sino que el sí, sólo tu sí, marca la diferencia. ¡Sí, Señor, voy con la sencillez de mi corazón para con el resto de mis hermanos acudir a Galilea para lo que Tú nos propongas!

sábado, 4 de abril de 2026

Resucita

RESUCITA


Resucita cada día, cada vez que asoma por el horizonte
el sol que quiebra la noche y la disipa
en abrazo deslumbrante y nos regala
la luz generosa y la esperanza prístina.

Nada pueden ya los miedos
ni los funestos augurios que ocultos acechan y tienden
a cubrirnos de amargo sinsentido con su mortaja.

¡Y es que hoy es nuestra Pascua!

Resucita cada día, siempre haciéndolo nuevo,
en el pan reciente, en el saludo fraterno, y en los afanes cotidianos
a que nos comprometemos por un mundo todavía humano,
todavía posible, realizable y pendiente de ser llevado a cabo.

Resucita Cristo también con el que no se deja vencer
tampoco esta vez por la inercia de la traición continuada,
de la mera apariencia y de la pantomima embaucadora;
resucita el que aún afirma las ganas de ser
más cristalino, real y auténtico,
fiel a su original condición.

Resucita con aquel, que sin salir indemne de lo ya pasado,
prosigue con la mirada del corazón indómita,
dispuesto a amar con inocente ternura,
transformando las heridas en abundante bálsamo sanador, 
en comprensión compasiva y fiel confianza,
para que el amor haga posible
la potencia del ahora insondable.

¡Y es que hoy es nuestra Pascua!

Resucita con fuerza firme el Resucitado
y quedan oficialmente inaugurados los sueños nunca perdidos,
y el ser humano de nuevo se encuentra libre
para quebrar el carril férreo del algoritmo reductor;
regresan entonces los pájaros con sus cantos,
y la palabra recobra su sentido nítido:
avanzar aún hacia conquistas irrenunciables.

Resucita aquel que no cede al mal cruel y destructivo,
al egoísmo ciego, al abrupto individualismo depredador,
ni al olvido del vínculo con el rostro hermoso del hermano.

Resucita y hace que caigan los muros
del hielo feroz que nos apresaban el corazón de pesadumbre,
despuntando el inocente milagro de la primavera en el espíritu.  

Resucita cada día -bendito sea el Señor bueno-,
y con Él se reestablecen nuestras fuerza para volver a apostar
por lo que el amor redignifica,
por lo que en verdad merece la pena desvivirse,
por lo que descubre el corazón, sabio y atento.

¡Y es que hoy es nuestra Pascua!

Resucita en la mirada atenta, sincera, bondadosa,
capaz de callar, aceptar, comprender
y decir una palabra sincera de aliento fraterno.
Y es que ahora en las distancias cortas nos jugamos
el dulce triunfo de lo pequeño,
de valor inmenso para el que nos ha glorificado en sus llagas.

Resucita cada día -y si quieres tú con Él-
a un protagonismo de tu propia existencia no vivida en vano,
no malgastada, no frustrada en una muerte anticipada, 
sino para dar vida plena en la afirmación
de un encuentro recíproco, unitivo,
dentro de la comunidad que cree y celebra
la inmensidad del don de la Vida
que el Cristo nos regala.

¡Y es que hoy no podemos callar,
porque es nuestra Pascua!

sábado, 28 de marzo de 2026

Entrar para salir

ENTRAR PARA SALIR


Parece que ya no se acostumbra poner aquel famoso cartel que nos recordaba que antes de entrar había que dejar salir. Debe ser que como todos tenemos muy bien asumidas ya las normas básicas de cortesía, resulta del todo innecesario. Tampoco es preciso explicar que para poder salir es necesario haber tenido que estar dentro, haber entrado previamente, sólo entonces se dispone de la posibilidad de abandonar el lugar en el que se estaba.

De igual modo, aprender implica también dejar atrás poco a poco la ignorancia, para optar por la adquisición de un conocimiento liberador y progresivo. Sin embargo, algunos creen saber más de lo que en realidad saben, aunque sólo atesoren saberes meramente preconcebidos, y, salvo que se encuentren con algún Sócrates que les hagan caer en la cuenta de la inconsistencia de su inexistente sabiduría, ahí se plantan, sin ejercitarse en la duda ni en el sano ejercicio de cuestionarse lo más mínimo. Serían aquellos que no saben siquiera que no saben nada. No esperemos de estos ignorantes recalcitrantes que lean ni que pregunten nunca, no sea que se desestabilicen y vayan a entrar en terreno peligroso.

Llegados a este punto, no creo yo que a nadie se le escape que en este fin de semana se cambia la hora, por lo que empezamos la primavera con una hora que nos es escamoteada de nuestro descanso. Pero además también este domingo es el Domingo de Ramos, y con él celebramos la entrada triunfante de Jesús en la ciudad santa de Jerusalén. Es reconocido y acogido por muchos como el profeta que había de venir, el mesías, el esperado. Él entra humildemente en la gran ciudad, sabiendo lo que le espera. Nosotros a su vez hacemos la entrada a la Semana Santa, para vivir con Jesucristo esa entrega a la voluntad del Padre y a la incomprensión y crueldad de los que su cerrazón de corazón les impidió reconocerle. Y es que los seguros en su propia preconcepción, esos poco receptivos a entrar en lo que desconocen, han de anular al que viene de Dios y a Dios vuelve.

En esta pasión de Jesús cada uno de nosotros podrá descubrir aspectos distintos de los sentimientos de  Aquel que va a ser llevado como cordero al matadero. Entra en Jerusalén y es aclamado por el pueblo, pero va a cambiar pronto su suerte, están ya esperándole para acabar con el que se ha dicho Hijo de Dios, porque lo era y lo venía demostrando con signos y acciones salvíficas. Pero a los poderosos, bien instalados en sus privilegios, no se ha de molestar o contrastar, lo que ellos piensen ha de hacerse, pese a quién pese, con tal de mantenerse ellos aferrados al poder. No hay ética ni moral que les ponga freno, estás dispuestos a llevarse por medio a los que fuera, y a tapar la verdad que les suele delatar a toda costa.

Con frecuencia, ayer, hoy y siempre, queremos que Dios se amolde a nuestras expectativas, aún cuando debería ser justamente al contrario. Los saduceos, herodianos y fariseos, siempre tendentes a enfrentarse entre ellos en continuas mezquinas traiciones, traman juntos esta vez un plan para llevar al patíbulo a la víctima inocente, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Cristo va a dar la vida por todos los pecadores, también por los mismos que le condenan a muerte. El Dios de la misericordia hecho hombre, no va a hallar ni una leve muestra de misericordia.

Cristo haces su entrada triunfante y ya está todo preparado para su condena. Acude a la trampa, no la elude, sabe de quién se ha fiado, el Padre que no defrauda. ¡Qué rápido van a cambiar de opinión los que le querían proclamar Rey! ¡Qué fácil les resulta escamotear la verdad a los que gobernaban, y manipular las emociones de la gente sencilla! Los que ayer le aclamaban van a estar prestos a creer a los acusadores y gritar: "crucifícalo". Se trataba de gente que en realidad no han llegado a reconocer a quién tienen delante, que físicamente entran con Él en Jerusalén, pero no han dejado que Cristo entre en sus vidas.

Nosotros hoy, tal como ayer podemos asemejarnos a algunas de las personas que aparecen en las narraciones de la pasión del Señor. Podemos ser como Pilatos y lavarnos las manos, no queremos saber nada de lo que vuelve a acontecer, queremos permanecer al margen y la Semana Santa es sólo un tiempo vacacional más, sin sentido ninguno, o si acaso el que cada uno le dé. Dios muere crucificado, pero la realidad del dolor nos espanta, nos complica la vida y procedemos muy decorosamente a alejarnos para que no nos manche. Pero podemos parecernos a los que le acompañan y se vuelven compungidos sabiendo que hemos matado a un hombre justo. Hoy la muerte de una persona justa no suele consternar ya a muchos, pues en la cultura del descarte las numerosas víctimas están a la orden del día.

Pero, por contra, podemos entrar con Jesucristo y participar en su pasión, muerte y resurrección. Él que entrega su vida lo hace también por cada uno de nosotros. Por el bautismo nos hemos unido a Jesús muerto y resucitado, somos parte suya, participamos de su vida, por ello podemos aprovechar de nuevo esta Santa Semana para unirnos aún más íntimamente a Él. Como el Cireneo tratar de aliviarle la cruz que lleva a cuestas; como la Verónica, que su santo rostro se quede impregnado en nuestro alma, o con María y San Juan permanecer al pie de la cruz.

Siéntate a la mesa a la cena con el Señor. comparte su pan y su vino, pues es su propio cuerpo y su sangre, derramada por nosotros. Procura no ser de los que le traicionan, de los que le venden ante la mínima decepción. Aprende a que sólo sirviendo y lavándonos los pies los unos a los otros es como se ama de verdad. Por mucho sueño y cansancio que tengas, trata de velar con Él en el Huerto de los Olivos. Cante o no cante el gallo, no lo niegues más; y si puedes, a primerísima hora, antes de que despierte la aurora, con la Magdalena corre al sepulcro, a presenciar que no está allí, sino que nosotros ahora somos ese cuerpo de Cristo llamado a resucitar este mundo sepultado.

Si entras y te adentras de veras en su pasión, saldrás transformado. Serás uno de sus discípulos, uno de sus amigos, y su misión será ya tu misión. No morirás para siempre, porque habrás muerto al pecado y a la muerte que conlleva, y recibirás vida nueva, la suya, la que Él te regala.

sábado, 21 de marzo de 2026

El amor más fuerte que la muerte

 EL AMOR MÁS QUE LA MUERTE


Si hay un tema recurrente en la literatura universal, este bien podría ser el de la victoria del amor sobre la muerte. Los seres humamos vivimos y aprendemos a vivir siendo amados y a ir vinculándonos con otras personas también amándolas. La felicidad -tantas veces buscada por todos- parece lograrse sólo con esa meta del amar y sentirnos amados. Un amor fiel que cuida y nos acompaña a lo largo de la vida nos da plenitud y sentido. Sin embargo, a lo largo de la vida hemos también de aprender también a despedirnos, pues ese amor esencial de y hacia los demás que nos colma y nos hace sentir vivos, no puede mantenerse para siempre, como efectivamente quisiéramos. La muerte irrumpe y destroza esa estabilidad que nos resulta indispensable para seguir viviendo. Cada vida posee un inicio y un fin, al menos biológicamente hablando, y esto, por duro que sea hay que asumirlo y aceptarlo.

Dicen que hay muchas experiencias llamadas cercanas a la muerte, donde algunos pacientes clínicamente muertos, misteriosamente regresan a la vida. Como si fuese pronto para partir, como si aún tuviesen que continuar viviendo a partir de esa experiencia que después tratan de expresar como luminosa. De alguna manera, además, la vida implica necesariamente un morir, una renovación celular continua y un paso del tiempo que de modo natural nos acerca al final, como si se tratara de un libro, que cada palabra, cada renglón, cada página, nos permite ir dejando atrás otras muchas y nos va conduciendo a la página en que la lectura concluye nuestra lectura.

El pensador y divulgador Eduard Punset solía recordar que la pregunta no era sólo si había vida después de la muerte, sino que había que preguntarse también si hay vida antes de la muerte. Y es que entre unas cosas y otras, lo más importante se nos puede estar pasando sin que ni siquiera nos enteremos. Se trata de vivir conscientemente una vida humana, pues si sólo prestamos atención a lo urgente, a la actividad incesante que apremia por doquier, estaremos sobreviviendo como podemos, se nos quedarán cortas las veinticuatro horas del día, y estaremos seriamente ansiosos por tratar de abarcar lo inabarcable, pero no nos estaremos más que de hacer, pero no de ser. Y la vida, sin duda está para serla, desarrollarla, desplegarla y compartirla con los demás, sea o no sea primavera. La vida es proyecto no mera eficacia.

Y si así andamos muchos, otros hay aún peor: sin saberlo se han esclavizado a sus smarphones, andan subyugados a la poderosa pantalla de las distracciones banales, mirando y mirando sin pausa aquello que ni son ni van a ser, sin advertirse que bien podrían ocuparse de su propia libertad. Y es que la paradoja es que se creen poderosamente libres, cuando han renunciado a todo por el ejercicio de hiperatención obnubilante que les posee. Sí, si prestas atención verás en derredor muertos vivientes, sin rumbo ni más meta que conseguir contenidos y emociones fáciles, esa es su tarea despersonalizadora, ese es su soma y su perdición. Creen ser felices, sólo porque no saben en qué consiste eso de la libertad y de la felicidad. ¡Ay, si abrieran los ojos y descubrieran un horizonte inmerso que se abre más allá de lo digital!

Y es que en este V domingo de Cuaresma se nos habla de que estamos vivos y hemos de vivir de veras. Que tenemos que disponernos a romper con las ataduras de una mortaja que aún no toca. Que Dios es un Dios de vivos, que nos regala su Espíritu vivificador. Que estamos hechos para la vida, una vida realizada en el amor y que es mucho más fuerte y poderosa que la muerte. Dios es eterno y al asumir nuestra condición mortal, nos capacita para vivir sin límite. Ya no acabará la vida con la muerte, sino que la vida continúa precisamente en el amor de Dios. Aceptemos esa inhabitación del Espíritu liberador que sana y aviva. Habrá sin duda una vida nueva antes y después de la muerte, porque sí, el amor es y será siempre más fuerte que la muerte.

Lo escuchamos en la profecía de Ezequiel, en el salmo 129 y en la carta de San Pablo a los Romanos: hemos de pasar ya de la muerte a la vida. Es posible dejar las obras de la muerte y empezar a ser de una manera nueva y plena, vivos porque Dios nos vive dentro y nos hace ver todas las cosas y personas de manera nueva. Es seguro que esta Cuaresma nos lleva hasta Jerusalén, allí Jesús hará su entrada triunfal, pero ese reconocimiento traerá sus consecuencias, van a traicionarlo, a abandonarlo y a condenarlo a morir en el suplicio. Pilatos dirá de Él que he aquí el hombre, ese Dios y hombre verdadero que no se reservará nada de sí, porque el amor en Él es de tal manera que superará la muerte. Con su muerte nos da la vida a todos, el Resucitado nos resucita a los que con Él hemos optado por unirnos a su amor.

En el evangelio vemos a Jesús con Marta y María, las hermanas de Lázaro, su amigo. Jesús se conmueve ante su muerte, descorre la lápida de la muerte, le llama, y aunque ya llevaba varios días bajo el dominio de la muerte, de devuelve a la vida, porque el amor es mucho más fuerte que cualquier limitación. Jesús es la Resurrección y la Vida, quien cree en Él y le ama, no morirá para siempre, sino que en ese mismo amor estará ya vivo para siempre. ¿Crees esto? ¿Estás dispuesto a vivir de veras?

sábado, 14 de marzo de 2026

En un abrir los ojos

EN UN ABRIR LOS OJOS


Un privilegio extraordinario, una maravilla enorme, la capacidad de poder ver. Aquellas personas privadas del sentido de la vista aprenden a vivir con esa limitación y afinan la percepción con otros sentidos. Pero los que sí disponemos de la capacidad de ver, deberíamos mirar y admirar esta realidad luminosa que se nos ofrece a través de los ojos. Aunque ciertamente da pena que cada vez vayamos reduciendo el uso de tales órganos para solo contemplar ese mundillo virtual que las pantallas nos ofrecen. ¿No será mejor alzar los ojos de la pantalla para atender a las personas, a los parajes, al cielo, al arbolado que se desvive en esta primavera? ¿Qué hemos hecho con nuestra sana curiosidad y dónde se nos ha quedado la sensibilidad?

Al igual que los salmistas se refieren a las efigies de los dioses, que tienen ojos pero no ven, tienen oídos pero no oyen, tal vez a nosotros también nos esté pasando algo parecido, pues cada vez vemos menos por estos ojazos que tenemos, y cada vez escuchamos menos y peor con estas orejas enganchadas permanentemente a unos potente auriculares que nos ensordecen voluntariamente. Y sí, admitámoslo: este tipo de sorderas y cegueras elegidas, que nos impiden apreciar la realidad tal cual es, no proceden sino de un uso torpe de nuestra libertad, una libertad no liberada, que no se atreve a vivir conscientemente como seres humanos, porque preferimos renunciar a ella.

Esas cegueras y sorderas son precisamente las que Jesucristo puede liberar, puesto que está siempre dispuesto a ello si nosotros así lo deseamos, aunque a menudo son también estas las que motivan que no reconozcamos a Aquel que viene a encontrarse con nosotros y nos alejemos. Ese camino de encuentro con Él es la Cuaresma, el tiempo para lograr quitarnos de tanto lastre que nos hemos ido echando a las espaldas. Pero Él, a través de su palabra nos facilita el medio en que podemos abrir los ojos y reconocer al Dios que nos invita a su amor. Cristo sí que nos quiere ver a nosotros. Aunque estemos lejos o ciegos o sordos o perdidos o escondidos, nos ve bien cercanos, no nos rechaza ni se escandaliza, sino que nos acepta incondicionalmente.

Es por eso que a este cuarto domingo de Cuaresma se le denomina "Laetare". Hemos de alegrarnos porque la Cuaresma no es un itinerario tortuoso a evitar, sino una vía de descubrimiento y liberación que nos propone la Iglesia para reconocer y amar a Jesús, nuestro Salvador. Es un tiempo para abrir los ojos a la gran verdad de lo que somos y podemos ser. Si vamos avanzando en la transformación cuaresmal, en esa limpieza requerida para apreciar el don de Dios, podremos efectivamente sentir el júbilo de ir realizando un buen trabajo cuaresmal, un crecimiento interior.

Cuando Samuel va a la casa de Jesé siguiendo las mociones del Espíritu, en el hijo más pequeño. que ni siquiera constaba, el último de todos ellos, justo en ese el profeta identifica al que el Señor sabe ver, no como miramos los hombres, por la mera apariencia exterior, por una primera impresión superficial, sino como nos ve Él, por nuestra capacidad de amar y hacer el bien. Dejémonos también nosotros mirar así, como miran los que aman, sin miedo ni vergüenza, con aprecio, y aprendamos a abrir los ojos, los ojos del espíritu, para mirar como Dios nos mira. David, el más joven, es el que es elegido para protagonizar esa aventura de libertad y amistad con Dios.

Que al igual que Jesús abre los ojos al cielo de nacimiento en el evangelio de hoy, dejémonos abrir también nosotros los ojos por Él. Dejaremos atrás el mundo feroz de la oscuridad para empezar a ser hijos de la luz, hacedores de bien y verdad, artífices y servidores alegres del Reino. Frente a la necedad intransigente de los fariseos, que ni siquiera se alegran por el bien recibido de la vista en el ciego, pues se oponen a Jesús, que sana y salva a los hombres porque lo hace incluso en sábado. Resulta que son ellos los auténticos ciegos para distinguir las acciones de Dios, la luz del mundo presente y actuante. Sin embargo, el ciego no sólo recupera la vista, también, además, se le abren los ojos de la fe para contemplar al Hijo del hombre delante de sí. Ve y se deja ver por el Mesías.

Pues si nosotros vamos abriendo los ojos como nos pide la transformación cuaresmal, también podremos situarnos junto a Él, acompañarle hasta Jerusalén; ver y vivir intensamente estos días que se acercan de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Veremos de una manera radicalmente nueva a toda criatura, de forma semejante a como la ve el mismo Resucitado. Somos su pueblo, el nacido de la pascua, y ya no podemos ver un mundo abocado a la disputa permanente, a la polarización, al conflicto fratricida y al absurdo, sino que vemos con esos ojos en que siempre triunfarán la misericordia y el amor de nuestro Padre.

sábado, 7 de marzo de 2026

Más claro que el agua

MÁS CLARO QUE EL AGUA


De las grandes dificultades que el desierto ofrece a los que han de subsistir allí, una de las más importantes es la ausencia de recursos hídricos. No somos del todo conscientes, pero el acceso al agua no es un problema menor para muchos seres humanos, y al igual que otros recursos energéticos, explican las tensiones geopolíticas en que estamos inmersos. El agua es esencial, vital, necesaria. En pleno itinerario cuaresmal hemos pasado primero por desierto, después por el monte Tabor, y ahora nos toca llegar hasta el brocal del pozo por la escasez de agua, por la sed y el cansancio del camino. Y es que este recorrido por los símbolos sí importa, porque nos están hablando de realidades dotadas de un gran significado.

Estamos bastante mal acostumbrados a no valorar demasiado lo que usamos habitualmente; tanto es así que en no pocas ocasiones malgastamos el agua, y eso cuando no nos da por contaminarla sin recato alguno. Sabemos que el agua es vida, y la calidad del agua es vital, tanto para nosotros como para el resto de seres vivos con el compartimos el mismo planeta. Dicen, además, que para mantener estos agentes de IA que tanto proliferan, no sólo se requiere un torrente desorbitado de energía eléctrica y de soportes de almacenamiento de datos, también gran cantidad de agua para refrigerar el calentamiento globalizado de tanta tecnología como requerimos. Hoy más que nunca precisamos agua, y no sólo para hacer abluciones o circuitos termales, también para que las máquinas piensen y trabajen por nosotros. Entre unos y otros vamos a terminar bebiéndonos los recursos acumulados. Al menos este año va siendo lluvioso, y por tanto no tenemos que andar todavía intranquilos.

Por supuesto, todos hacemos un uso externo del agua, para la higiene e hidratación necesarias del cuerpo; pero si hace unos días Jesús le recordaba a Satanás que no sólo de pan vive el hombre, hoy nos permitimos añadir que tampoco sólo de agua ha de beber el hombre, pues que hay un hambre y una sed que no se apagan ni con pan ni agua. ¿Qué clase de hambre y de honda sed es la que nos puede demandar el ser entero? ¿No serán hambre y sed de verdad, de sentido, de plenitud humana, de Dios y de fraternidad?

Jesús, cansado, se sienta a descansar al mediodía junto al pozo de Sicar, y llega una samaritana a sacar agua del pozo. Él tiene sed y le pide que le dé agua, saltándose así la prohibición que había para dirigirle la palabra a una mujer de Samaría. Y en el diálogo que se establece aparece una sed más profunda que la samaritana tiene en lo más íntimo de su ser. Es un agua viva que sí que puede hacer brotar Jesús dentro, de manera similar a como Moisés había hecho que manara agua de la roca en Massá y Meribá. Si escuchas a Jesús y crees en Él, descubrirás que en lo más hondo del pozo que uno es y lleva dentro, brota la luz de su presencia que ilumina y disipa la tiniebla. Ahora sí que podrás ver lo que dentro guardas, quedará manifiesto, podrás superar los miedos y gozar de esas corrientes claras, cristalinas que mansas transcurren en ti, porque Él hará que brote un surtidos hasta la vida eterna.

Puedes optar por no atreverte a conocerte, por no acercarte al territorio donde te puedes encontrar con Jesús, huir de su palabra y de esa luz que te permitirá reconocerte y admitir tu verdad entera; pero si lo haces malograrás tu Cuaresma. Habrás de seguir yendo a buscar a otros pozos que no sacian la sed más radical, la que no admite engaños. Renunciarás así a ese caudal de gracia disponible para aquellos que reconocen su voz y le siguen. Esa agua te transformará y tanto tu rostro como el rostro buscado de Dios se irán volviendo más claros que el agua: te reconocerás en Él como en el reflejo vivo que forma en su superficie las aguas tranquilas. 

Al igual que la samaritana se dejó descubrir por ese desconocido que le pidió a ella agua, pero que le ofreció un agua de certidumbre y gozo sin parangón, nosotros hemos de acudir a esa fuente que la Iglesia nos ofrece. Es tiempo de transformarnos en verdaderos adoradores en espíritu y verdad, tal y como prefiere el Padre, con libertad, con sinceridad, con entrega, a la manera del Hijo y de los santos, los verdaderos adoradores.

Ese agua, del que no debemos privarnos, es el amor desbordante de Dios; es el agua mediante el cual nos vinculamos por el bautismo a Cristo y su Iglesia; es el agua del perdón de los pecados, porque la misericordia de Dios no tiene límites; es el agua de la nueva vida por el Espíritu, en la que quedan superadas las distancias y las diferencias, porque en el otro reconocemos un hermano; es el agua que acrecienta la esperanza y capacita para amar al estilo de nuestro Salvador. tNo hay agua igual, y mana libre para ti, para que encuentres y realices tu libertad.

sábado, 28 de febrero de 2026

Adentrarse en el laberinto

ADENTRARSE EN EL LABERINTO


Buena gana de calentarse la cabeza, de complicarse, de meterse en camisas de once varas. Bastantes complicaciones ya tenemos, como para que con motivo de la Cuaresma además se nos invite a dejar las comodidades en las que nos hemos instalado, para internarnos en otro lío del que no sabemos si nos llevará a algún sitio, y ni siquiera si esa supuesta salida es adonde queríamos llegar. Lo habitual suele ser quedarnos en la trinchera, tal y como estamos e ir campeando el temporal según vaya viniendo; es decir limitarnos a una pasividad temerosa. ¿Pero acaso la vida es sólo eso o en algún momento habrá que atreverse a algo por lo demás necesario? Sea como sea, hay un poderoso impedimento que nos tiene paralizados a la mayor parte de los mortales, y por ello terminamos conformándonos con unos mínimos vitales que no nos satisfacen. Somos más, aspiramos a más, pero nos quedamos en mucho menos.

Ahora bien, el camino cuaresmal, si es que estamos dispuestos a afrontarlo, nos va a llevar a un atolladero, a todo un laberinto existencial del que no sabemos a ciencia cierta si sabremos resolverlo. ¡Ay de aquellos que nunca jamás se atrevan a cruzar por ese laberinto o desierto que portamos dentro de nosotros! ¿Cómo plantearnos nuestra propia identidad sin buscar en nuestro propio interior laberíntico? Puede que eso que creemos ser, y que nos suele venir dado desde parámetros externos a nosotros, no sea más que un disfraz coercitivo que nos impide mostrar nuestro verdadero rostro. Habrá que escapar de identidades incompletas o incluso faltas que hemos ido asumiendo.

Al menos en Cuaresma toca tratar de ponerse en verdad ante nosotros y ante Dios, sin engaños, sin tapujos y sin excusas. Y ello requiere ponerse en marcha, atreverse, adentrarse en ese exilio voluntario de inadaptación y comenzar a lanzarse preguntas de largo alcance. De igual manera que un árbol no puede llegar a alcanzar todo su desarrollo si no crece hacia adentro en la tierra, en lo secreto, y allí encontrar el fundamente en que sostenerse, cada uno de nosotros no podrá desarrollar su potencial si a la vez no indaga en lo profundo y echa raíces potentes que le permitan sostenerse con firmeza. Claro que les va a costar trabajo a las raíces abrirse paso en la oscuridad de la tierra, pero es esa la manera de poder afianzarse para después extender tronco y ramas con poderío y gracia.

Abrán, que presta atención a la voz de Dios por encima de otras voces y ruidos, emprende su viaje dejando atrás aquello que era y poseía buscando lo que no sabía, lo que en verdad debía ser. Tras esa partida y el recorrido en post de lo intuido ya será Abrahán. En este tiempo de Cuaresma también hemos de aventurarnos nosotros en esa búsqueda que nos conduzca a la proximidad con lo que Dios nos tiene preparado. Si no acudimos al encuentro con el Dios más íntimo a nosotros que nosotros mismos, no aprovecharemos ese itinerario que se nos ofrece. El laberinto primero te llevará adentro, al secreto, y de allí saldrás transformado, con una certeza que brotará de la experiencia, y habrás echado raíces que te nutrirán y sostendrán.

Durante ese viaje interior no vas a estar solo sino guiado por Aquel que te llama. Él te aguarda y te acompaña, Él cuida de ti y te sostiene, Él es la brújula que te orienta para cruzar el desierto o el laberinto sin posibilidad de extraviarte. Amárrate bien al timón que te mantendrá en el rumbo correcto. Cuentas con la fuerza de su misericordia y los vientos son favorables. Sal de tu tierra, emprende tu viaje.

Si sigues, y Él te lo permite, podrás también ascender con Cristo al monte Tabor. Vas a participar en algo insólito. Allí, en lo secreto, te va a ser mostrado lo que permanece y permanecerá oculto: la verdadera naturaleza de Jesús, enteramente hombre y Dios, ese, el Hijo amado en el que se complace el Padre y que hemos de escucharlo para tener verdadera Vida y verdaderas raíces. Es el monte de la transfiguración, el que asciende allí, como si se hubiera sumergido de lleno en el misterio de Dios, bajará del monte también transfigurado. Ya no serás el mismo que subiste, tal y como el que ha sido capaz de encontrar la salida del laberinto, en sí llevará también la zarza ardiendo, esa llama que abrasa pero no se consume; esa que otorga Dios a los que aprenden a transfigurarse en la llama del amor.

Si superamos comodidades, reparos, perezas, miedos y bloqueos y nos atreveremos a adentrarnos en el laberinto, aunque haya pruebas y soledad, también habrá hallazgo y verdad. Si activamos nuestra libertad personal fundamental, la que tiene sed de Dios, aprovecharemos esta Cuaresma también para transformarnos con Él. Vamos hacia Jerusalén con Jesús. Ha de ser un camino de desprendimiento y liberación, una purificación. Vamos a la entrega del Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Podemos ascender con Él, podemos ser sus seguidores, o por contra quedarnos al margen, como si lo que aconteció, acontece y acontecerá no fuera con nosotros.

Es necesario superar lo que todavía no se es, atravesar la oscuridad del sinsentido, para descubrir a Aquél que se nos transfigura, el que es luz del mundo y puede ser la luz en la que reconocer el rostro del Dios humanado, del rostro del hermano y de también de tu propio rostro humano. A su luz, a la luz posible por la oración. Caminemos, pues, hacia la claridad, aunque sea incierto aún el camino.

sábado, 21 de febrero de 2026

Darle la vuelta al calcetín

 DARLE LA VUELTA AL CALCETÍN


Con frecuencia no nos damos cuenta de que las cosas son susceptibles de modificación, incluso de poder darle por completo la vuelta. Es comprensible que nos adaptemos a lo que hay, pero esta acomodación no debe evitar el deseo de mejora, porque si no estaríamos condenados a someternos a una realidad que se nos impone de modo tiránico. Es por eso que cualquier persona con un alto nivel de esfuerzo y superación, no se rinde fácilmente, aunque la situación con la que tenga que campear no tenga demasiados visos de llegar a una solución satisfactoria. Al menos lo intenta.

Un partido de tenis se puede remontar aún cuando todo parezca avocado a la inminente derrota. Que se lo digan, si no, a nuestro grandísimo campeón Rafa Nadal, pues como hubiese la más mínima posibilidad de remontar, ahí iba a estar, pegando fuerte y nunca viéndose como perdedor. Y es que hay que ser capaz de ver las inmensas posibilidades que quedan inadvertidas incluso donde todos dan ya la batalla por perdida. El mismo Albert Einstein decía que "En medio de la dificultad se encuentra la oportunidad. No trates de ser una persona de éxito, trata de ser una persona de valor. El éxito es efímero, pero el valor deja huella. Lo que realmente define a alguien no es cuánto logra, sino cómo contribuye al mundo. La creatividad, la curiosidad y la capacidad de cuestionarlo todo son las herramientas que transforman los problemas en posibilidades". Así que el que es capaz de intentarlo es el que puede llegar a ser capaz de darle la vuelta al calcetín del problema, de la pregunta o del atolladero, y encontrar finalmente un camino por el que avanzar.

Tenemos en nuestro idioma diferentes expresiones para indicar lo que supone la capacidad de transformar completamente una situación: "giro inesperado" "darle la vuelta a la tortilla" o "darle la vuelta al calcetín". Cada una de estas frases hechas tiene su particularidad: la primera parece no aludir al agente que realiza la acción; la segunda tiene el sentido de completar una acción; mientras que la tercera expresaría una capacidad de resolver drástica y sencillamente una situación complicada. "Ponerlo todo patas arriba" no implica que se resuelva, pero sí que se trata de alterar con todo aquello que no debía estar más como estaba. A veces hay que atreverse a tomar esas decisiones que desbloquean y permiten comenzar de otra manera o al menos encontrar una salida.

Y metidos ya el el tiempo litúrgico fuerte de la Cuaresma, toca exponerse a aquello que incluso tratamos insistentemente de evitar plantearnos. No queda otra, en Cuaresma no es que nos pongamos de serio riguroso, es que nos ponemos a tratar de coger al toro por los cuernos, en lugar de seguir escapando de nosotros mismos y de aquellas pseudo verdades útiles para andar por casa.

Empezando por el Génesis -que siempre será buen comienzo-, vemos a Adán y Eva haciendo y un uso cuestionable de su libertad paradisiaca, y saltándose a la torera el mandato divino. No debía ser para nuestros primeros padres suficientemente apetecible el múltiple bien y la concordia inicial, y, tal vez debido a la propia condición humana, terminaron por hacer lo único que no debían hacer. Pero como muy bien nos indica San Pablo en la carta a los Romanos, es el mismo Jesucristo el que viene al mundo a darle por completo la vuelta al calcetín de la situación creada por nuestros famosos antecesores. Sin embargo Cristo sí obedece, reestablece y perfecciona la unión entre el Creador y sus criaturas.

Y en el evangelio de este primer domingo de Cuaresma vemos a Jesús internarse en el desierto para encontrarse allí, superando las pruebas de las tentaciones, con la verdad irrebatible de su condición de mesías y salvador. Y es que sin desierto ni prueba no sale a relucir la verdadera identidad oculta de lo que cada uno es. Es ahí, en el meollo del problema, en donde anda suelta y oculta la solución que debemos encontrar. No es que sea una aguja en un pajar, sino que en el desolado desierto cuaresmal, se trataría más de hallar una luz fundamental en medio de un vasto dominio de arenas fulminadas por un sol arrasador. Para rescatar al hombre y devolverlo a su verdadera condición original, debía el mismo Dios hacerse hombre, para que todos pudiéramos volver a ser humanos retomando la vinculación con el Dios del que nunca debimos desgajarnos. Jesús, por tanto, enfrentándose a la necesidad y al tentador, es como nos gana para sí y nos libera.

No nos engañemos, llevando una vida superficial y comodona, y perfectamente instalada en lo banal, el calcetín de nuestra propia existencia está y estará del revés. Hay que atreverse, exponerse, dar la cara e incluso la batalla. Seamos libres para asumir riesgos, para pensar, sentir y discernir por nosotros mismos. Vamos, que el tiempo cuaresmal ha empezado y el desierto está también dentro de uno esperándonos. Él venció y nosotros con Él vamos a vencer también. Alejémonos ya de los espejismos de la irrealidad e internémonos ya en la prueba. Trata de convertirte en alguien que se sabe también espiritual. Tú y tus más profundas verdades están en juego. Ahí, en el laberinto de lo que no es ni satisface estará la solución que tanto anhelas. ¿Te atreves? Tal vez del desierto logres sacar un verdadero Edén, o al menos la satisfacción de conocer tu identidad real, pero para ello habrás de darle necesariamente la vuelta al calcetín.

sábado, 14 de febrero de 2026

Acertar de pleno

ACERTAR DE PLENO


Basta con un poquito de maña y práctica para comenzar a adiestrarse en el tiro con arco. Si además se cuenta con un buen monitor y se persevera, lo lógico es ir progresando y afinar poco a poco la puntería. Tal vez podríamos aventurarnos a establecer similitudes entre esto del tiro al arco y una vida que tensa, que se esfuerza y apunta un objetivo lejano, pero preciso. Cada intento supone arriesgarse: bien se puede fallar, bien se puede acertar. Así, por ello, en la vida deberíamos también tratar de ir adquiriendo cierta pericia en el noble arte vivir; pero las evidencias muestran que no siempre se tiene esa disposición para la adquisición de conocimientos, destrezas, habilidades y competencias necesarias para acertar de lleno con una biografía que produzca satisfacción, propia y ajena, que obtenga la calificación máxima.

¿Qué nos impide al menos tratar de conseguir vivir con cierto mérito y de manera honesta? Basta prestar atención a aquellos que optaron por la vía fácil frente a los que su existencia ha consistido en todo un ejemplo de superación. Fueron afinando la puntería, para acabar acertando de pleno. ¿Por qué entonces nos obcecamos tantas veces en emular a los que mal empiezan y peor aún acaban? ¿Es que no estamos ya suficientemente advertidos de vidas extraviadas? De necedad habría que calificar la elección de aquellos que habiendo sido advertidos persisten en vivir como insensatos. Poco piensan por sí mismos, se dejan llevar sin control ni dominio propio, son pasto del capricho o del viento que sopla an cada momento. No logran hacerse con las riendas de su vida, y por ello no llegan a buen término.

Y es que afortunadamente no partimos de la nada, sino que podemos aprovechar el tesoro que nos han legado los maestros que en el mundo han sido, para establecer el suelo nutricio adecuado en el que arraigarnos. Contamos con su experiencia, con su rico bagaje, con un saber verdaderamente aprovechable. Hubo y hay hombres sabios de los que se puede aprender mucho. Desde ahí que haya que tratar de descubrir lo valioso de sus enseñanzas para afinar el tino de nuestras decisiones. Hagamos, por tanto, el esfuerzo es escuchar y escrutar la sabiduría recibida, para que desde ella podamos aprender el camino recto que conduce al acierto. No es lamentable errar, pero, sin embargo, sí que lo será si fallamos por descuido o desinterés, echando en saco roto lo mejor del mensaje que nos ha hecho llegar la tradición sapiencial.

Las lecturas de este VI domingo de tiempo ordinario, previo ya a la inminente Cuaresma, nos avisan que no nos queda otra que optar, hacer uso de nuestra libertad, para amar de manera abierta y sincera o limitarnos a un amor egocéntrico, pacato y cerrado. Si quieres vivir a la manera que Dios te propone, valora y agradece, en lugar de exigir y quejarte; reconcíliate con el hermano, piensa, siente y actúa conforme a los mandatos del Señor, creador del hombre y del universo, y no atentes contra su voluntad. Procura que tu comportamiento sea intachable, por mucho que los reclamos para no hacerlo sean numerosos. Cada uno ha de ser responsable de lo que hace y de lo que deja de hacer, aún teniendo la posibilidad de haberlo realizado. Ahí está el acierto o el fallo, y también el secreto que nos capacita para lograr la plenitud, porque no es sino amando como se llega a ella.

Los seres humanos, hoy como ayer y como siempre, con toda urgencia, hemos de superar una condición humana reductora, que no desarrolla todo su potencial. Hemos sido hechos para Dios, y como dice San Agustín, nuestro corazón no está satisfecho hasta que no descansa en Él. Si quieres seguir tu propia ley al margen de la de Dios, para utilizar al resto de semejantes según tu interés: sólo cosecharás dolor e insatisfacción. Por contra, si accedes, acoges y amas como Él nos enseña, puedes considerarte sabio, pues sigues al que es la Sabiduría.

Aprovecha esta vida, no la desperdicies ni malogres; intenta acertar de pleno. Dentro de ti, allá donde la conciencia se hace oír, allí el Señor te habla a lo más íntimo. Si escuchas esa voz y actúas en consecuencia, tu acierto será pleno, y no tendrás duda de ello. Además, para los que aciertan hay un premio eterno, sin que la Agencia Tributaria pueda mermártelo, porque hay que dar al César lo que es del César, pero a Dios lo que de verdad cuenta, lo que verdaderamente está en juego.

Vive para lo grande, no te quedes en el engaño del gozo inmediato ni de las posesiones materiales, pues el mundo suele publicitar una manera fraudulenta de conducirte, no buscando tu bien sino otros intereses inconfesables. Descubre, pues, la grandeza de la vida vivida desde el espíritu. Recompón tu perspectiva con sabiduría y acierto: escucha, conecta, transforma, pues Dios se ha hecho carne real y todo está lleno de su gloria para los que saben descubrirlo y admirarlo. Goza de Dios y de los hermanos y de la vida vivida con acierto. No lo lamentarás. Aprovecha que viene la Cuaresma para depurar lo que en verdad merece la pena.

sábado, 7 de febrero de 2026

En el lado correcto

EN EL LADO CORRECTO

De manera consciente o no, en la vida nos vamos posicionando hacia un lado u otro de la balanza. A ser posible, al menos deberíamos saber dónde nos encontramos ubicados, por si es ese el lado en el que queremos estar, o, por contra, cambiarnos al que consideremos el correcto. Conviene por ello saber en qué territorio nos encontramos, para poder decidir hacia dónde seguir avanzando, o por dónde retroceder, en el caso de advertir que andamos extraviados. Se hace verdaderamente preocupante no saber ni en dónde se ubica uno, porque entonces se estará perdido por completo.

Es frecuente también que defendamos unas ideas como si estuviésemos instalados en una orilla, pero a la hora de la verdad actuemos de una manera totalmente opuesta. Eso pondría en evidencia nuestra falta de congruencia: creemos estar en una determinada posición, pero nuestras acciones y decisiones lo desmienten, porque ocupamos una muy distinta sin ni siquiera haberlo advertido. Muchas veces llevamos puestas las orejeras del propio interés o de la ideología, con las que nos impedimos a nosotros mismos contemplar otros posibles espacios, salvo aquel en el que nos encontramos férreamente establecidos, es decir, en nuestra zona de no atrevernos a nada, no arriesgarse, e impedir todo crecimiento, apertura y transformación. En fin, sumidos en una auténtica parálisis existencial.

El otro día nos contó una profesora de nuestro centro un cuento de esos que si uno quiere aprovecharlo, da para plantearse cuestiones de hondo calado. Decía que para hacer consciente a su hija sobre cómo le afectaban las cosas y prepararla para la vida, un padre le hizo poner tres cazos con agua a hervir. En el primero colocó una zanahoria, en el segundo un huevo, y en el tercero un puñadito de granos de café. La zanahoria sometida al agua en ebullición se ablandó; el huevo se endureció; pero los granos de café generaron un café aromático y delicioso. Por lo que, dependiendo de dónde se encuentre cada cada uno, se reaccionará de manera diferente. Los dos primeros entendieron que no era para nada su lugar el agua caliente al que estaban siendo sometidos, que estaban se encontraban en medio hostil. La zanahoria se dejó ganar cambiando su dureza en lo contrario, mientras que el huevo pretendió vencer su fragilidad solidificándose. Sólo los granos de café encontraron que el agua hirviendo sí podía ser un lugar idóneo para sacar de sí aquello que guardaban, pues el calor del agua era su aliado.

Cuántas veces nosotros no sabemos estar en el lado adecuado. Cuántas veces el lugar no parece ser el mejor para nosotros. Si admitimos que estando ahí poco vamos a dar de sí, porque no estamos donde podemos desplegar en gran medida lo que verdaderamente somos, reaccionaremos como la zanahoria o como el huevo, pero no como los granos de café. Sin embargo, aún sabiendo que toda dificultad encierra oportunidades para la transformación -lo que no implica que la ausencia de dificultades también las tiene-, la comodidad nos impide en ocasiones aprovecharlas. Y es que estar en el lado correcto no suele suponer que este se convierta en el más fácil y confortable, sino que exige valor, decisión y normalmente complicaciones.

Una vez más, semana a semana y domingo a domingo, la liturgia nos orienta y alienta. ¿Dónde te sitúas? ¿Buscas destacar y sólo llevar una existencia comodona y privilegiada? ¿O el ser cristiano te mueve a ocupar el lugar en el que no te puedes vender para colocarte en una posición destacada? Hay que revisar las coordenadas a la luz de la conciencia y de las lecturas de este V domingo de tiempo ordinario. El profeta Isaías nos indica el lugar correcto para ser vida abierta a los demás: comparte, hospeda, no te desentiendas. No debes ocultarte como Adán o Caín tras la transgresión cometida, sino afirmar sin miedo "Aquí estoy", en el lugar donde acierto a buscar y cumplir tu voluntad. Esa es la luz que brilla cuando el hombre ama y hace el bien a sus hermanos.

No ocupemos por más tiempo el territorio de las sombras, los engaños, manipulaciones, traiciones y excusas. Tratemos de ocupar el puesto del que está dispuesto a servir, el humilde, el compasivo. Porque hemos de ser la sal y la luz de la tierra, y hemos de propiciar que este mundo deje de ser un mundo hostil e inhumano. Comprometámonos en lo poco, pero necesario, que esté en nuestras manos. Así este mundo brillará como solo puede brillar la tierra cuando esta es semejante al Reino de Dios. Hay que situarse ya y en el lado más conveniente para todos, ese en el que Dios te pide que habites siendo sal que da sabor y luz que logra que la belleza salga a relucir.

Desde muy joven, San Juan XXIII se propuso a sí mismo un decálogo para propiciar estar en ese lado correcto y no malograr su existencia. Escribió el famoso Decálogo de la serenidad. Si lo ponemos en práctica también nosotros podremos situarnos en el mismo lugar que él, el Papa Bueno, que coincide de pleno con el mismo lugar de Jesucristo. Si al joven Roncalli le sirvieron, también a nosotros puedan servirnos.

1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver los problemas de mi vida todos de una vez.

2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé criticar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.


3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también.

4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos..

5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.

8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9.- Sólo por hoy creeré firmemente -aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena Providencia de Dios se ocupa de mí, como si nadie más existiera en el mundo.

10.- Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

¡Ánimo, que es tiempo propicio para llevar a la práctica este Decálogo, aunque sólo sea por hoy!

sábado, 31 de enero de 2026

Lo más menudo

LO MÁS MENUDO



No gustan las cosas grandes, enormes, espectaculares. Lo que llama la atención no suele ser lo discreto, la letra pequeña, sino por el contrario es aquello que resalta por sus grandes dimensiones. Parece que las grandes ciudades compitan en elevar altísimos edificios, rascacielos, como en la antigüedad los poderosos competían por la grandeza de sus palacios y mausoleos, hoy pasto del polvo. Y es que el ego, en lugar de admitir con naturalidad la pequeñez de su alcance, prefiere fijarse en una enormidad ficticia. Si mostramos un mapa a escala de la Vía Láctea, podremos considerar lo inmensamente discreto que resulta nuestro planeta, y dentro de él, y compartiendo existencia con otros ocho mil millones de semejantes, está cada uno de nosotros. ¿De verdad que nuestra particular grandeza es tan reconocible? ¿No será más bien producto de una soberbia sobredimensionada?

A muchos también les gusta compararse con los otros: mi coche es mayor que el tuyo, mi cartera está más repleta que la tuya, el diamante de mi anillo es un verdadero pedrusco, mi casa tiene más metros que la del resto, o como este bíceps no hay otro. Y hasta se creen que con eso han alcanzado algo sumamente meritorio. Pues que se lo sigan creyendo si con ello encuentran contento, pero tal vez en la vida se trate más de amar a los demás que a uno mismo, entenderlos, cuidarlos, compartir lo que se es, que meramente de hacer alarde y presumir. Más ser para los demás y no tanto tener, acaparar, dominar y poseer.

Qué bueno descubrir que aún hay personas con la suficiente sensibilidad para no dejarse impresionar por lo desorbitado, lo suntuoso, sino por aquello que no llama la atención, que se nos pasa desapercibido, por lo que no trata de destacar: un rayito de sol, en lugar de un sol cegador; una brisa antes que un vendaval impetuoso, una pequeña flor silvestre les es preferible a un ramo de flores carísimo y exclusivo; un simple gesto sentido vale más que todo un protocolo ostentoso y hueco. Sí, aún queda gente sensible que sabe apreciar lo bueno. Por mucho que se impongan las tendencias, ellos no pierden el buen gusto. No hace falta mucho, sólo mantener un poquito de sentido y sensibilidad. Eso ayuda a percibir el gran valor de cada cosa, por ínfima que sea la consideración que recibe.

A Dios -que grande debe ser bastante más que todos nosotros-, no le importan tanto nuestras supuestas grandezas como nuestras pequeñeces. Parece ser que se pirria por lo humilde y sencillo. Tal vez sea porque sólo los humildes dejan espacio para que el otro también pueda ser, y por tanto, para que Él tenga su sitio entre ellos. De ahí que para abrirle la puerta a la fe sea necesario reconocer la pequeñez de uno y el amor grandioso de Dios por los sencillos. No es nada sencillo de conseguir si no vencemos nuestro sólido orgullo.

Justamente los humildes del mundo son los que Dios escoge para destacar la grandeza de la gracia y ser gloriado en ellos. Es este un verdadero misterio, que nos descubre mucho de este Dios apasionado por lo frágil, por los más pobres y excluidos. Jesús nos enseña a apreciar el gran valor de las pocas monedas que puede echar aquella viuda en las ofrendas del templo; era todo lo que ella tenía, no como otros, que donaban sólo parte de lo que les sobraba. Así es este Dios que se hace pequeño con los pequeños allí en Belén. Los justos son los que escogen ser tal y como al Señor le agrada, sin engaño, sin engolamiento y sin aparentar aquello que no son. La pequeñez es bella y Dios la abraza.

Pues este domingo IV de tiempo ordinario las lecturas nos recuerdan esa preferencia del Señor por "el resto de Israel", aquellos que no se dejan llevar por la atracción de las riquezas y el lujo, por la ostentación y la avaricia, sino los que se mantienen en llevar una vida sobria en fidelidad al amor de Dios. Esos que a los ojos del mundo y de la sociedad son marcados como los fracasados, pues no salen en las revistas de celebrities ni las publicaciones sobre las mayores fortunas del mundo, son los que triunfan para Aquel que juzga justamente. Unos logran el fiasco del éxito terrenal, otros, en contra de lo que cabría pensar, los abnegados, sacrificados, austeros, son los que han acertado con el triunfo eterno.

Las Bienaventuranzas nos dan con toda radicalidad el mensaje esencial del Evangelio. Jesucristo no ha venido a buscar situarse en este mundo, sino a enseñarnos el camino de la entrega sin reservas de la vida a Dios y a los hermanos. Porque solo el que entrega su vida por Él, la salvará. No hay medias tintas, no caben posturas tibias: o optas por realizar el evangelio o por construirte un zulo confortable de bienestar privado; o fijas tu felicidad en la autosatisfacción individualista o te arriesgas a ser aún humano. Que cada uno decida.

Los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos, los que el mundo excluye, insulta, persigue y calumnia, todos ellos y algunos cuantos más (los que escuchan con atención, los que no mienten ni manipulan, los que abrazan, los comprensivos, los generosos, los que ayudan, los que buscan la verdad...) ya están anunciando y realizando el triunfo de Jesús, el que se abaja y humilla sin parangón. Todo aquel que se ensalza será humillado, y el que se humilla, reconoce su pequeñez, es el que será ensalzado. Es necesario pasar por la puerta estrecha, hacerse servidor, para ser tenido como digno del Reino de los cielos.

El Reino de Dios, por tanto, ya es y será para siempre, Cristo nos lo hace posible. No se trata solo de esperar a la vida futura que se nos abre tras la muerte para alcanzar el consuelo, también en esta vida terrena aquellos que el mundo humilla, las víctimas, pueden descubrirse muy amados por el Dador de Vida. San Francisco en su periodo final, muy enfermo y despreciado por los suyos, escribió el cántico a las criaturas, porque, sumamente agradecido y exultante, reconocía la omnipresencia del amor de Dios en todo lo creado. A ese estado no llegan los satisfechos y pagados de sí mismo, pero sí los menudos, los bienaventurados. Ojalá tu nombre y el mío estén en la lista de este resto que sigue al Salvador. Si es así, si somos de los bienaventurados, nuestro gozo no tendrá término.

sábado, 24 de enero de 2026

El remedio milagroso

EL REMEDIO MILAGROSO


Está fuera de duda que hay que cuidarse. El cuidado de uno mismo es previo al cuidado de los demás, porque si el cuidador no está bien, no va a poder ejercer las tareas necesarias para cuidar a los demás de la mejor manera. Primero ha de cuidarse uno para cuidar con el debido cuidado a los que más lo precisan. Es cierto que hoy el que más o el que menos lleva una carga enorme de asuntos pendientes, responsabilidades varias, y problemas de todo tipo, y lo que terminamos por descuidar el necesario autocuidado. Es un error, porque tarde o temprano terminará pasándonos factura aquello a lo que no atendimos: el necesario descanso, la desconexión y momentos de plenitud personal.

Aunque esa es la tónica general, también se debe considerar que de todo hay en la viña del Señor, y que, por tanto, vamos a encontrarnos con individuos de cuidado, que sólo se ocupan de ellos mismos, de que no les falte de nada, de no preocuparse por más que por sí mismos, que allá se apañen como puedan los demás, porque consideran que ellos no están por la labor de echar una mano a nadie. Gracias a Dios a dichos sujetos se les termina conociendo pronto, por lo que es posible dejarlos a su aire sin esperar mucho de ellos. Son individuos egoístas, de los que si no cambian, poco se puede esperar. Ojalá lleguen a ser un poquito felices en ese regodeo del yo absolutizado, pero seguramente no es el camino más recomendable para serlo.

Pero volviendo a la necesidad del sano autocuidado, más o menos ya sabemos bien lo que deberíamos hacer para atender a nuestra forma física, psíquica y espiritual; otra cosa muy distinta es que podamos o queramos realizarlo. Así pues, vemos los gimnasios nunca tan solicitados, restaurantes de comida saludable, dietas anunciadas como pseudo milagrosas, superalimentos, fibra, preparados antioxidandes, ácidos hialurónicos, baños termales, terapias elitistas y otros miles de productos aptos para saturar las extraordinarias demandas del mercado del bienestar. Y es que esto de la salud está muy de moda. Otra cosa es que con ello logremos aquello que deseábamos, esto es, sentirnos bien. Lo digo porque cuanto más decimos cuidarnos, también más hemos de tirar de ansiolíticos y antidepresivos. Ha de ser que porque el verdadero autocuidado pasa más por un cambio integral de vida que por seguir los consejos tan en boga.

Por otro lado, leeemos el informe Foessa, publicado recientemente, en el que se nos advierte que la sociedad española está alarmantemente desestructurada y que la pobreza y la exclusión social ha crecido exponencialmente. Por lo que cabe deducir que en esto de ser la sociedad de los cuidados estamos mucho más lejos de lo que cabría pensar. Si Larra en el XIX decía que escribir en España es llorar, hoy podríamos decir que para muchos españolitos vivir en España es llorar y luchar por sobrevivir en unas condiciones pésimas. O sea, que ni nos autocuidamos bien ni tampoco cuidamos bien a los demás, y así estamos como estamos y vamos como vamos, malamente. Habrá que elegir entre hacer algo o tratar de seguir como si no pasara nada, aunque esté pasando. ¿Nos quedamos sentados esperando que los de siempre no nos resuelvan nada o empezamos a tomar nosotros las riendas de los cuidados? 

En el tercer domingo de tiempo ordinario, domingo de la Palabra de Dios, se nos propone hacer un hueco en nosotros, personal y comunitariamente, para que esta, palabra viva, Espíritu y vida, sea acogida y nos habite. Acojamos a Cristo y seamos acogidos por Él, renovados y transformados por su amor. Él nos sana y nos salva. Hagamos experiencia de Dios. Tal vez este sí sea el remedio milagroso para una existencia agradecida. Sin renunciar ni a la alimentación adecuada, ni al ejercicio, ni a unos hábitos saludables, que siempre ayudan, el cuidado no debe descuidar el hondón del alma. Quizás sólo desde ahí obtendremos el remedio que opere en nosotros el milagro, ya que no nosotros, sino sólo Dios con nosotros es el que puede realizar todo milagro. 

El lema de nuestros colegios para este curso es transforma. Empecemos ya a transformarnos, a cuidarnos nosotros mismos, a cuidarnos los unos a los otros, a dejar cuidarnos y a cuidar de aquellos a los que casi nadie cuida. Pongamos el evangelio en el centro de nuestras vidas, de nuestro ser y de nuestro hacer, y las cosas empezarán a transformarse, porque efectivamente el evangelio es germen de transformación para una sociedad más humana y fraterna.

Si escuchamos la invitación que nos lanza Jesús al comienzo de su predicación, si nos convertimos y empezamos ese itinerario de seguimiento y transformación, la propuesta de la segunda lectura terminará por cumplirse "...que no haya división entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir...". Sí, porque donde está presente el Resucitado no puede haber discordias, sino amor. Este, el amor de Dios con el que podemos sintonizar, es el verdadero remedio milagroso que cura todos nuestros males. Desengañémonos, no hay otro, por mucho que lo publiciten o esté de moda. 

Este domingo celebramos además el cierre de la semana por la unidad de los cristianos. Nosotros mismos debemos testimoniar nuestra capacidad de superar rupturas, de testimoniar el poder del perdón y la reconciliación para comenzar de nuevo a caminar juntos y unidos, es posible y necesario. Para que el mundo crea hemos de empezar por ser creíbles.
   
De igual modo en la semana que se presenta, en nuestro colegio vamos a celebrar la semana de la paz. ¿Cómo podemos poner coto a esta situación de enfrentamiento continuo entre personas y países? ¿Hemos de reducir la paz a un absurdo deseo imposible de realizar? No. Sí que hay remedio para entendernos y poder convivir en paz y concordia. Es el mismo remedio: "amaos los unos a otros como yo os he amado". Justamente el Dios hecho hombre es el que nos enseña y capacita para ser verdaderamente hombres, hombres de buena voluntad adiestrados para el encuentro y la paz.

sábado, 17 de enero de 2026

Verificado

VERIFICADO


Resulta lamentable, verdaderamente lamentable, pero hemos terminado por acostumbrarnos a que nos den gato por liebre. En nuestra tradición cultural tenemos bien representada la figura del pícaro; aquel personaje que sobrevive mediante el ejercicio aprendido y bien ejercido del engaño. De aquellos sujetos reales y literarios hemos pasado después a los timadores, que de igual modo embaucaban al primero que pueden para ganarse la vida a su costa, sin tener que trabajar demasiado. Y es que de siempre ha habido estafadores que del engaño han hecho su modus vivendi; pero lo de ahora parece que supera todas nuestras expectativas, ya que hemos caído en la edad de oro de las fake news, de la mentira organizada y generalizada. Corren malos tiempos para la honradez, que pasa incluso por ser algo risible. Cada cual trata de tomar el pelo al que se deje y si hace falta hasta a engañarse a uno mismo. Y es que entre unos y otros hemos terminado por escamotear a la verdad su honorable y merecido sitio.

Te llega una información, y antes de darla por bueno sin más, conviene tener cautela, ya que con la IA lo que no es ni ha sido puede llegar a parecer más real que lo que realmente lo es. Ya no te puedes fiar de lo que ves ni oyes ni lees, debes molestarte en ponerlo preventivamente en cuestión y contrastarlo antes de darlo por bueno. Si antaño se decía que hombre prudente vale por dos, bien podríamos añadir hoy que toda prudencia es poca para transitar con certeza en este laberinto virtual y proceloso. No se trata de ser un incauto ni de proceder siempre con desconfianza, sino más bien de ser taimado y avispado, para evitar ser tomado por incauto.

Conviene, pues, prestar mucha atención a todo, pues solo estando atentos logramos distinguir el grano de la paja, el bulo de la información verídica, y poder estar así, al menos, bien informados para saber a qué atenernos. Porque no es descartable que aunque nos hayan avisado por activa y por pasiva, como solemos ir tan a lo nuestro y sumidos en la distracción de turno, se nos pase por alto aquello que debíamos haber captado y advertido a tiempo. Quizás el conocidísimo carpe diem tenga que ver más con esa atención provechosa, que con el mero disfrute vano y fútil. Andémonos con pies de plomo para no creernos lo falso tanto como para detectar lo seguro, aclarado y confirmado. Porque tanto lo primero como lo segundo nos conducirá directos al error y al fallo de pleno. 

En este sentido, las lecturas de este segundo domingo de tiempo ordinario, pasados ya el Adviento y la Navidad, nos sirven de ejemplo acerca de la tozudez recalcitrante de los humanos, empeñados en no admitir por bueno lo que está suficientemente anunciado, probado, contrastado y verificado, a la vez que andamos prestos a caer en el primer anzuelo que nos presenten de modo facilón y seductor. Y tanto el mercado como los manipuladores lo saben y lo aprovechan para hacer su agosto. Reconozcamos que se lo permitimos.

En la primera lectura el profeta Isaías claramente anuncia e identifica al Hijo, a ese que hemos celebrado su nacimiento recientemente, Jesús, "el siervo de Yaveh"  y "Luz de las naciones". En precioso el salmo 39 además, el salmista se asemeja al mismo Cristo, que se expresa reconociéndose en esa identidad de siervo, que es para hacer la voluntad del Padre, en total disponibilidad y sin reservas. ¡Qué privilegio para todo creyente orar con las mismas palabras que oró Jesús expresando esa entrega libre a la voluntad del Padre! Poder hacer así nuestros sus mismos sentimientos y participar de la misma vocación de Jesucristo. Incluso podemos llegar a afirmar que Él sigue rezando a través de nuestro ser.

En la segunda lectura, tomada ya del Nuevo Testamento, San Pablo, se dirige a la comunidad de Corinto, reconociéndoles asimismo como los que sí han dado crédito al anuncio del evangelio; han validado a Jesús y se han unido a Él de tal manera que ya forman parte de su cuerpo, que es la Iglesia. Los creyentes en el Resucitado recibimos, por la fe y el bautismo, una nueva identidad y tratamos de vivir acorde a ella, invocándole y tratando de realizar ese modo de vida en sintonía con el amor a Dios y al prójimo. No es tarea fácil, pero ahí andamos, tratando de acertar a lograrlo en la medida que podamos. Para ello contamos con la ayuda de la gracia de Dios y de los hermanos.

Y en el evangelio es San Juan Bautista el que nos lo identifica sin lugar a dudas: "Este es de quién dije", es el que os anunciaba, es el que esperábamos y nos estábamos preparando para recibirle. No deberíamos precisar de más testimonios que nos sirvieran para reconocer la identidad del Salvador. Contamos con las profecías, los salmos que nos hablan de Él, los Evangelios, las cartas de los apóstoles, los magos de Oriente que también saben reconocerle y hasta el testimonio del Bautista, que reconoce la acción del Espíritu sobre Jesús. Son testimonios múltiples y conformes, dignos de credibilidad. Sin lugar a dudas Él es.

Tan solo nos falta dar un paso más para reconocer de manera absolutamente segura que Jesús de Nazaret es el que dice ser y el que dicen que es: verificarlo por uno mismo, acercarse a Él y dejarse transformar por su presencia. Entonces, si haces experiencia personal de Cristo, también tú serás de los que confirman que en Él tenemos al Dios con Nosotros, al Cordero de Dios que asume nuestra condición y perdona nuestros pecados, porque nos abre una etapa nueva, un comienzo personal y comunitario más esperanzador. No te dejes engañar, mira a ver si lo que hasta ahora has visto y oído tiene visos de se la gran verdad sobre la que seguir construyendo todas las demás. 

sábado, 10 de enero de 2026

Pasar por ello

PASAR POR ELLO


El agua es un elemento imprescindible para la vida. Tanto sobre la superficie de la Tierra, como bajo ella o en la atmosfera, nos encontramos el agua en sus diferentes estados. Recientemente, en diversos lugares de la península nos ha caído del cielo, además del nacimiento del Niño, el regalo de la nieve. Ojalá se cumpla también esta vez el conocido refrán que afirma aquello "año de nieves, año de bienes". No han sido nevadas excesivamente copiosas, pero las ganas de ventura y bienes (aunque no sean materiales) que nos traen los copos sí que son grandes: una nueva vida mejor para todos, un nuevo comienzo esperanzador.

También el agua es el elemento de mayor presencia en nuestro propio organismo; de ahí la necesidad de hidratarse de manera adecuada. Necesitamos el agua dentro y fuera de nuestro cuerpo, aunque solo sea para la higiene personal, pero también para disfrutar del agua en playas, ríos, lagos y piscinas. El resto de seres vivos también, al igual que nosotros, precisan del agua, no digamos de aquellos que han elegido como su medio vital. Tanto es así que biológicamente la vida primera se originó en el agua, en su seno. Pues espiritualmente el agua aún es el elemento que nos proporciona esa posibilidad de vida en abundancia.

Aún así, el agua, fuente de vida, en ocasiones terribles puede convertirse también en causa de muerte, de desastre natural. Por lo que aquella afirmación de que todo con moderación es lo idóneo, parece que se ajusta a la conveniencia. Por ello, las civilizaciones y culturas se han servido del agua con prudencia y acierto. Los poblados se establecían en lugares de abundancia de agua para humanos, bestias y cultivos. De hecho, tradicionalmente se conducía el agua para asegurar el abastecimiento e incluso para deshacerse de residuos, estableciendo un circuito de entrada y otro de salida mediante canalizaciones. Se construían diques, presas, canalizaciones y se evitaba construir en cauces secos, pues el agua tiene establecido de manera natural sus zonas de paso. Hay que saber beneficiarse de las bondades del agua tanto como respetarla y prevenir los desastres producidos por las trombas y crecidas.

Este domingo, con el que concluimos el tiempo litúrgico de la Navidad, es el domingo llamado del Bautismo del Señor. Pasar a través del agua implica un final y un comienzo. a empezar pero ya en una etapa nueva, con nuevos objetivo, nuevas formas y disposiciones, pues al pasar por el agua del bautismo ha de iniciarse una nueva de ser, es decir, se produce antes y un después. Jesucristo al pasar también por el bautismo de Juan en el Jordán va a dar comienzo su vida pública, dejando atrás la vida doméstica como carpintero anónimo en Nazaret.

Es un gesto enormemente significativo que Jesús, siendo Dios, además de asumir nuestra condición humana plenamente, también quisiese participar del bautismo de Juan, que era un bautismo de conversión, para que así su inmersión en la naturaleza humana fuese aún mayor, y para establecer al mismo tiempo mediante el sacramento del bautismo la puerta de acceso nuestro a su ser. Por el sacramento del bautismo nos incorporamos a Jesucristo y a su Iglesia de manera íntima y definitiva. Efectivamente se establece un antes y un después esencial y existencial en los bautizados, que ya no deberían vivir meramente referidos a sí mismos, instalados en un mundo de intereses mezquinos y materialistas, sino para llevar a cabo el amor a Dios y al prójimo como el modo de impulsar el Reino. La misma revolución de la ternura, o la cultura del encuentro -empleando la terminología del papa Francisco- es la tarea emancipadora de los bautizados, esto es, construir un mundo más humano, más justo, reconciliado y fraterno. ¿No es este el que las personas de buena voluntad ansiamos? 

También es comprensible el reparo del Bautista, que preparaba a sus coetáneos mediante un bautismo de conversión para que así pudieran sumarse al plan emancipador de Dios, que nos regala a su Hijo para hacernos a todos también hijos en el Hijo. El Bautista sabe de su pequeñez ante Jesús, es más bien él mismo, que se reconoce también indigno de atarle la correa de su sandalia, el que ha de ser bautizado por Jesús; pero justamente Aquel a quien va a bautizar es el que le confiere esa dignidad que le capacita para poder bautizar al Salvador, a quien anuncia, reconoce e incluso llega a bautizar. Es el Espíritu el que va propiciando que las cosas que Dios quiere vayan aconteciendo. En esta escena del bautismo del Señor, asistimos a una auténtica teofanía del Dios trinitario: juntos se nos manifiestan el Espíritu que desciende sobre el Hijo y la voz del Padre que nos expresa y revela al Hijo amado. Por ello es este el tema representado en múltiples iconos, porque estamos ante un gran misterio por el que podemos dar gracias a Dios.

No tiene nada que ver hablar de modo exclusivamente teórico a cuando se habla desde la experiencia. El Dios con nosotros que hemos celebrado en este tiempo de Navidad, asume nuestra condición y la experimenta, pasa por ella, por las aguas del bautismo. Nosotros hemos de ser conscientes de nuestra condición de bautizados. Experimentar no solo el agua, sino la gracia y consagración que confiere el sacramento. Por el agua del bautismo estamos unidos ya a Jesucristo, injertados en Él, y por tanto, participamos de su propia muerte y resurrección. Somos y formamos parte del cuerpo de Cristo que es su Iglesia, y también su misión es nuestra misión: vivir el evangelio, amar a Dios, al prójimo, y para ello traer la paz y la justicia a este mundo.

Muchos son los que coincidiendo con esta celebración del bautismo del Señor, son también recibidos en la Iglesia al ser bautizados, tanto niños como adultos. El resto, los que llevamos ya tiempo bautizados, hemos de renovar la identidad y dignidad que recibimos con el sacramento. Que en este año nuevo además empecemos a realizar más fiel y responsablemente la condición de bautizados y seamos con mayor autenticidad miembros vivos y comprometidos de su Iglesia, fermento de nueva humanidad.